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Los resultados de las recientes elecciones locales brasileñas demuestran una importante derrota de la extrema derecha y apuntan un cambio en la coyuntura política del país, colocando Brasil en sintonía con los procesos de resistencia de diversos países del continente. Después de hechos importantes como la victoria del plebiscito por una nueva constitución en Chile, el fracaso electoral de la derecha golpista en Bolivia y la derrota de Trump, el pueblo brasileño también dio su mensaje en las urnas contra el neofascista Bolsonaro y su gobierno neoliberal, racista, misógino y negacionista científico.

Fue la primera elección después de la llegada de Bolsonaro al poder y tuvo como grandes derrotados los candidatos apoyados por el presidente, en un movimiento muy diferente del fenómeno electoral bolsonarista en 2018. De los 13 candidatos a intendente indicados por Bolsonaro por todo el país, 9 fueron derrotados en la elección general, y de las 45 candidaturas a concejal con más destaque entre los bolsonaristas, sólo 10 fueron electos. Ya la derecha tradicional creció de nuevo y ocupó parte del espacio conquistado por los radicales bolsonaristas dos años atrás.

Por otro lado, la izquierda combativa representada por el PSOL conquistó un avance sin precedentes en la historia del partido, con la elección de 88 mandatos a concejal en todo el país – con número significativos de representantes mujeres y de negros – y la llegada al ballotage para la intendencia de dos capitales: São Paulo, la ciudad más grande del país, con el compañero Guilherme Boulos, y Belém, gran ciudad en la región amazónica, con el compañero Edmilson Rodrigues.

Brasil no es una isla

Como internacionalistas, no podemos pensar en las elecciones brasileñas fuera del contexto de lucha que se desenvolvió en América Latina y en Estados Unidos en 2020. En 2019, las protestas que derribaron el gobernador de Puerto Rico y las rebeliones populares contra el neoliberalismo iniciadas en Chile y en Ecuador comenzaron jornadas de lucha que se desarrollaron en el continente americano y se intensificaron en los últimos meses. La increíble revuelta antirracista en Estados Unidos, la resistencia al golpe parlamentar en Bolivia, las marchas de la juventud colombiana y ahora la insurrección del pueblo peruano demuestran que la clase trabajadora en el continente enfrenta un escenario de gran polarización y sigue luchando, lejos de estar derrotada.

Todos estos procesos son significativos y aún están en abierto. La insurrección de la colonia estadounidense en el Caribe colocó a la izquierda de Puerto Rico en una nueva situación que se refleja ahora en la elección del compañero Rafael Bernabe al senado, como también la revuelta ecuatoriana que sigue expresándose en la lucha política del país. En Chile, cuna y posible tumba del neoliberalismo, el pueblo – especialmente la juventud – derribó la constitución de Pinochet y le dio fin a décadas de mercantilización de la vida, buscando nuevos modelos con la próxima constituyente. Y en Bolivia, amplios sectores populares rechazaron el gobierno golpista y asesino de Jeanine Áñez y de los grupos regionalistas abiertamente fascistas, llevando un MAS en proceso de renovación nuevamente al poder.

La insurrección negra por la muerte de George Floyd en EEUU sucedió en este contexto de luchas, golpeando al conservadorismo autoritario internacional que tiene a Donald Trump como modelo principal. La rebelión en el centro del imperio, en la cual las masas derrotaron el aparato represivo estatal, alteró definitivamente la correlación de fuerzas no sólo en “América” (como indican las elecciones legislativas estadounidenses), sino en todo el continente americano. No tenemos ninguna ilusión en Biden, un legítimo representante de la burguesía imperialista, pero la derrota de Trump fue la alteración institucional que más impactó positivamente la lucha de clases latinoamericana, con fuertes reflejos en Brasil.

Y hoy vemos también una insurrección democrática en Perú, muy interesante porque tiene como uno de los ejes la lucha contra la corrupción que, al contrario de Brasil, no fue abandonada por la izquierda ni capturada por la derecha. La inestabilidad política de allá derribó presidentes, desestructuró los partidos políticos tradicionales y abre cada vez más espacio para la acción de los socialistas en la lucha por ocupar más espacios democráticos en un país con una gran tradición de lucha de clases.

Las recientes elecciones brasileñas son un reflejo deformado de este escenario múltiple. Son un reflejo porque demuestran que las mismas tendencias de otros procesos internacionales y son deformadas porque sus resultados ocurrieron sin la presión de las calles que presenciamos en otros países. Por eso podemos ver un elemento de polarización: la izquierda radical avanzando mientras partidos progresistas tradicionales y burocratizados pierden espacio; no obstante, vemos también una tendencia aparente de “normalización” política debido a la ausencia de la influencia de las calles en el proceso electoral, que se expresa en el crecimiento de los partidos de la derecha tradicional y en la deshidratación del bolsonarismo.

La crisis del bolsonarismo

El bolsonarismo aún es una fuerza política robusta y peligrosa en la realidad política brasileña, pero en estos dos años el gobierno Bolsonaro vivó una serie de crisis que demuestran sus limitaciones. Primero porque la composición inicial de su gobierno ya engendraba grandes contradicciones al reunir militares (incluyendo muchos activos), economistas ultra liberales (representados por el ministro de economía Paulo Guedes), políticos corruptos tradicionales y sectores del activismo judiciario representados por Sergio Moro, juez de la Operación Lava Jato y ministro de justicia nombrado por Bolsonaro en el comienzo de su gobierno que dirigió las principales investigaciones sobre casos de corrupción ocurridos en el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT).

Esta composición bolsonarista, aliada a una retórica de violencia contra la izquierda y los movimientos sociales, representó un riesgo real de cierre del régimen en el inicio del gobierno y llevó muchas organizaciones de izquierda al miedo y al impresionismo. Sin embargo, las propias contradicciones internas del condominio de poder de la extrema derecha llevaron a sucesivas crisis enfrentadas por el gobierno Bolsonaro.

Un ejemplo de esas crisis se dio con la cuestión de la corrupción, con la divulgación del “caso Queiroz” en el cual Fabricio Queiroz, un viejo aliado y asesor de Bolsonaro, fue descubierto en un esquema de lavaje de dinero envolviendo a la familia del presidente, específicamente a su hijo Flavio Bolsonaro y a la primera dama Michelle. Queiroz es un ex agente de la policía con comprobadas conexiones con grupos paramilitares en Rio de Janeiro (que ejecutaron a la concejala del PSOL Marielle Franco en 2018) y estuvo fugitivo de la justicia después de la divulgación del escándalo, siendo encontrado en una casa de propiedad del propio abogado de Bolsonaro. En todo el proceso, es visible el esfuerzo de Bolsonaro en la utilización de todas las herramientas institucionales que posee para defender a su propio hijo.

Este escenario hizo insustentable la posición de Sergio Moro, que tiene pretensiones electorales y se colocaba como un “paladín de justicia”, haciendo que renuncie al cargo en abril del 2020 y generando la primer gran ruptura en la base bolsonarista, alejando del gobierno un sector que lo veía como expresión de la lucha anticorrupción y aproximándolo de la derecha tradicional y corrupta tan criticada por el presidente antes de las elecciones. Como símbolo de este cambio, el gobierno tiene hoy como uno de sus principales defensores a Roberto Jefferson, líder simbólico del grupo parlamentar llamado “centrão” (partidos que operan de forma oportunista sin ideología política clara) que fue preso como consecuencia del escándalo de corrupción del “Mensalão” ocurrido en el primer gobierno de Lula.

La profundización de la relación entre Bolsonaro y los partidos de la derecha tradicional debilitó considerablemente su discurso de “outsider” en la medida en que se aproximó de partidos de derecha que estuvieron también en la base de los gobiernos de Lula y Dilma. Su base neoliberal, que esperaba profundas reformas económicas, vio el peso de Paulo Guedes disminuir cada vez más mientras el gobierno se aproximaba de los grupos políticos que tanto criticó antes.

Además de eso, su retórica extremista no fue suficiente para movilizar y organizar una militancia neofascista a su favor, lo que se verificó con el fracaso de la legalización del partido “Alianza por Brasil”, apuesta de Bolsonaro para una organización política propia de la extrema derecha con discursos violentos y rasgos evidentemente neofascistas (su número en la urna de votación sería el 38, inspirado en el calibre del arma de fuego más popular del país). A pesar del enorme peligro representado por las “milicias”, pandillas paramilitares del estado de Rio de Janeiro, formados principalmente por agentes de la policía que actúan con extorsión, contravenciones y tráfico de drogas y tienen gran referencia política en la familia Bolsonaro, es importante notar que no se formaron “bandas fascistas” en la clase media brasileña, como las llamadas “uniones juveniles” en Bolivia o los supremacistas blancos en EEUU.

El negacionismo científico del gobierno también fue una marca negativa frente a importantes sectores de la sociedad. Su negación de la catástrofe ambiental que sufre la Amazonia a través de incendios y deforestación, además de la retórica anticientífica frente a la pandemia del coronavirus e inclusive contra la propia vacuna para esta enfermedad casaron gran conmoción mundial e influenciaron directamente en el desplazamiento de sectores de la derecha que buscan diferenciarse del oscurantismo representado por Bolsonaro.

Divorciado desde 2019 del PSL (Partido Social Liberal), pequeño “partido de alquiler” que usó para llegar al poder, Bolsonaro hoy se encuentra en vías de entrar en algún partido tradicional y se aleja cada vez más de la posición mentirosa de “nuevo” en la política, lo que indica el vaciamiento de su base de apoyo ideológica pero puede resultar también en la construcción de una nueva base política que reorganice la derecha. Bolsonaro continúa siendo un enorme peligro para Brasil, pero está perdiendo cada vez más credibilidad delante del pueblo – principalmente entre las mujeres y la juventud – lo que coloca nuevas tareas a los socialistas brasileños.

La esperanza toma puestos

La gran victoria del PSOL en las elecciones locales levanta una serie de importantes reflexiones. Las innumerables evidencias de que vivimos un escenario de interregno y polarización en América Latina y en los Estados Unidos derribaran las hipótesis impresionistas y paralizantes de la supuesta “onda conservadora” defendida por muchos camaradas y organizaciones de izquierda en Brasil, incluso dentro del PSOL. Al contrario, vemos que la crisis mundial y la propia crisis del imperialismo norte americano radicalizan el escenario político, vaciando los polos moderados de centro derecha y centro izquierda en dirección de alternativas que se presenten contundentes contra el sistema político vigente.

Una situación de polarización política y social no significa necesariamente un equilibrio de fuerzas, y en los últimos años vivimos una polarización en la cual el polo de derecha avanzaba pero también sufría gran resistencia. El ejemplo del “Ele Não!”, jornada de gigantescas manifestaciones contra Bolsonaro antes de las elecciones de 2018 fue uno de los primeros indicadores contundentes de esta resistencia que se firmó, se consolidó en otras manifestaciones como el “Tsunami de la educación” contra los cortes de fondos para universidades públicas en 2019 y ahora presenta sus frutos en las elecciones locales.

Las elecciones locales brasileñas nunca fueron fáciles para la izquierda porque disputamos contra el poder económico de grupos políticos tradicionales e incluso mafias que controlan los servicios públicos básicos como el transporte público, la educación infantil y el atendimiento de salud. El clientelismo e incluso la compra de votos son un problema real en los procesos electorales locales, dificultando bastante la disputa de las Cámaras Municipales.

Sin embargo, nunca fueron electas tantos negros y negras, y la fuerte expresión electoral de la lucha antirracista indica, como también los movimientos de las calles, la importancia estructural de la pauta antirracista en la lucha política. El éxito electoral de representantes de sectores históricamente excluidos de la sociedad y el protagonismo del PSOL como principal herramienta partidaria que da voz a estos representantes indican un cambio cualitativo en el escenario político del país y el avance de un campo democrático y de izquierda en respuesta a los sucesivos absurdos del gobierno Bolsonaro.

Esta situación contrasta con el desempeño de los partidos de la izquierda tradicional, como el Partido de los Trabajadores (PT), que pasó de 256 para 179 victorias en los gobiernos locales, y del Partido Comunista do Brasil (PCdoB), que perdió la mitad de las intendencias que gobernaba. Este proceso de debilitamiento del PT es aún más significativo porque el partido no conquistó ninguna capital en las elecciones generales y disputa el ballotage en sólo una (Recife, capital de Pernambuco), teniendo en São Paulo solamente 8% de los votos y quedando en sexto lugar en la ciudad que ya fue la fortaleza del partido. El PCdoB disputa la intendencia en el ballotage en Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul con gran tradición de voto en la izquierda.

La inédita llegada del PSOL al ballotage en São Paulo con Boulos, así como el resultado de Belém, son victorias significativas que confirman el argumento del cambio cualitativo de la situación vivida en el país. El PSOL se consolida como alternativa de izquierda, consciente de la necesidad de la más amplia unidad de acción contra el fascismo y la extrema derecha pero con un perfil independiente y radical para dar respuestas concretas a las difíciles cuestiones presentadas en un país continental. Esta nueva estatura alcanzada por el partido cambia su caracterización, dejando de ser un “hermano rebelde del PT” para afirmarse cada vez más como polo de una izquierda radical y popular que se afirma contra el sectarismo y el oportunismo.

Un futuro de posibilidades y riesgos

Se abren grandes posibilidades en Brasil en el medio a los riesgos evidentes provocados por el gobierno de extrema derecha y por la profundización de la crisis social y económica que podrá ocurrir a partir de 2021, principalmente con el posible fin del auxilio financiero emergencia distribuido debido a la pandemia del coronavirus. Las consecuencias de la pandemia como falencias y el altísimo precio de los alimentos y el costo de vida en general, son datos que forman un escenario de pobreza e inestabilidad que puede ser tan explosivo como en otros países.

Del mismo modo, el movimiento de Bolsonaro hacia a los partidos tradicionales, abandonando su narrativa de “nueva política” pero manteniendo el apelo de una agenda profundamente conservadora, no significa una derrota del proyecto de la extrema derecha brasileña, sino una reubicación que permita un fortalecimiento de este campo sobre nuevas bases de gobernabilidad. La violencia política tiende a crecer, como ya visto en estas elecciones contra candidaturas de oposición en general y del PSOL en particular en diversos estados (y teniendo el caso de la compañera diputada Taliria Petrone como el más significativo), así como la amplia diseminación de fake news que absurdamente asocian al PSOL a crímenes como pedofilia o tráfico de drogas.

Así como en el conjunto del continente, los socialistas brasileños tienen por adelante un camino arriesgado pero con grandes posibilidades. Las victorias electorales aumentan nuestras responsabilidades, incluso porque posibles desmoralizaciones y fracasos servirán de argumento para los futuros ataques de la extrema derecha.

Cada vez más se torna evidente que la única salida para este escenario debe ser dada de forma internacional, articulando cada vez más las organizaciones y movimientos sociales que se enfrentan en cada país contra las salidas neoliberales y autoritarias. Las profundas conexiones que la realidad establece entre las luchas de los pueblos de América Latina y de Estados Unidos abren un nuevo campo de actuación que exige esta articulación de forma cada vez más profunda. Esta es la tarea de los socialistas del continente americano en este momento.

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