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Via Revista Movimento

El panorama político en Cataluña ha fluctuado profundamente en las últimas semanas. En medio del recrudecimiento de la pandemia, las calles de Barcelona y de las principales ciudades han vivido una apatía electoral y una posterior radicalización de las protestas contra la detención del rapero Pablo Hasél.

Los últimos años han estado marcados por una fuerte movilización de la sociedad catalana, siendo el plebiscito del 1 de octubre de 2017 el punto álgido de la lucha por la independencia. Como parte de este proceso, la reacción del Gobierno central -ahora formado por la coalición del tradicional PSOE con Unidos Podemos- no ha sido menos: una oleada de persecuciones, detenciones y juicios contra 2850 dirigentes y activistas que defienden la independencia.

El domingo (14/2) se celebraron elecciones generales en Cataluña, en un contexto de conflicto con el gobierno central del Estado español. El telón de fondo de la convocatoria de nuevas elecciones fue una operación del Gobierno de Madrid para aprovechar la ofensiva mediática en torno al ex ministro de Sanidad Salvador Illia, ahora candidato por los socialistas, e imponer una mayoría no alineada con los soberanistas.

Las elecciones estuvieron marcadas por la arbitrariedad del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña -incluso en contra de la posición del gobierno de la Generalitat y de los epidemiólogos, que no recomendaron marcar la papeleta. El resultado fue una de las mayores abstenciones de la historia, con una participación del 25%, inferior a la de las anteriores elecciones de 2017.

La apatía electoral dio paso a la ira social en las semanas siguientes. La detención de Pablo Hasél el 16 de febrero, irrumpiendo en la universidad de Lleida, «encendió» no sólo a Cataluña, sino al Estado español. El «delito» del rapero: cantar en versos críticas al Rey y a la policía. En la última quincena de febrero se produjeron manifestaciones casi a diario, con miles de personas saliendo a la calle en manifestaciones radicalizadas a favor de la libertad de Hasél.

Las elecciones reforzaron el campo independentista

En estas elecciones atípicas, hubo un evidente fortalecimiento de las expresiones políticas vinculadas a la lucha por la independencia de Cataluña. Tanto en número de diputados (74 de 135, incluyendo a Izquierda Republicana de Cataluña – ERC, Juntos por Cataluña, JxCat y la CUP) como en número absoluto de votos, el independentismo obtuvo una mayoría electoral sin precedentes. Por supuesto, sigue siendo una mayoría electoral por un estrecho margen, pero en una condición única para promover nuevos caminos de cara al nuevo mapa político. El PSC fue el partido más votado, al contar con los mismos 33 diputados que ERC, pero no formar parte de la fórmula de gobierno, que debe conformarse con los 74 de la mayoría soberanista.

Las dos coordenadas a las que apuntan los populares catalanes, la nacional-demócrata y la social, se inclinan hacia la izquierda en las encuestas. Con la división del soberanismo de centro-derecha más tradicional, ERC se convirtió en el partido líder del campo independentista, atrayendo a su polo a la izquierda radical nucleada en la CUP. En el terreno «social», el estancamiento de la fórmula de los «Comunes», con Unidos Podemos y la coalición de Colau, muestra una rápida experiencia con el partido de Iglesias, convertido en socio minoritario en el gobierno central del PSOE.

La mutación del electorado español se ha traducido en una aplastante derrota de la derecha histórica: los votos de Ciudadanos han ido a parar al PSC y a VOX. En una migración sin precedentes, la bancada que suma derecha y extrema derecha, con PP y C’s por un lado y VOX por otro, cae de 40 a sólo 20 diputados.

La pandemia no pudo paralizar la lucha por la independencia, a pesar de las apuestas de Madrid de que un perfil más «conservador» llevaría a un voto ínfimo a los partidos independentistas, lo que supondría un revés a la lucha democrática por la autodeterminación. Sin embargo, el resultado fue el contrario. Incluso en condiciones desfavorables, con miles de presos y proscritos, la resistencia de la lucha democrática es un impulso para los pueblos del mundo en su conjunto, por ejemplo, la lucha de Escocia, que tras el Brexit vuelve a poner en la agenda un nuevo plebiscito por la independencia. Y especialmente en el Estado español, en este camino, la confrontación con el régimen de 1978 sigue vigente y se refuerza.

Vox y la CUP: la polarización cobra fuerza en la calle y en el Parlamento


La expresión de la crisis orgánica del Estado español replica elementos que aparecen en otras realidades nacionales. Uno de ellos -y seguramente el más preocupante- es el ascenso de las fuerzas de extrema derecha. Las elecciones catalanas confirmaron esta tendencia. El partido VOX, abiertamente franquista, entra por primera vez en el Parlamento, con un 7,6% de los votos y 11 diputados. Recientemente, en las elecciones portuguesas, la «novedad» fue el partido de extrema derecha Chega. A pesar de la derrota de Trump en Estados Unidos, los partidos y corrientes semifascistas han ganado fuerza en países donde antes eran marginales. VOX en España es un ejemplo de esta realidad.

La otra faceta de esta polarización fue el crecimiento de la izquierda radical anticapitalista, agrupada en la CUP (Candidatura de Unidad Popular), que defiende un programa de ruptura, combinando la lucha soberanista con una estrategia anticapitalista. Con una base social vinculada a los jóvenes que protagonizaron la rebelión democrática de 2017, la CUP creció, duplicando su representación en el Parlament con nueve diputados y el 7% de los votos.

Como ya se ha dicho, la alianza «Em Comum Podemos» ha mantenido su proyecto estancado, conservando ocho escaños en el Parlamento pero perdiendo apoyos, lo que ha frustrado a una parte de su electorado, que vio la esperanza en la expresión de Iglesias tras el 15-M. La participación acomodada como socio minoritario en el Gobierno central ha generado frustraciones y rupturas, dentro y fuera de Unidos Podemos. La superación de su peso como bancada parlamentaria, por parte de la CUP, es una noticia alentadora, que indica que una parte importante de la juventud está dispuesta a radicalizarse, aún con toda la campaña contra los «antisistemas» promovida por el centro-izquierda y la izquierda moderada.

La semana de enfrentamientos, que salió de las calles y acabó en debates políticos -tanto en la televisión como en el Parlamento- sobre quién quería criminalizar a los activistas o quién exigía la responsabilidad de las fuerzas represivas en el caso Hasél, dividió las aguas. De nuevo la polarización: por un lado, VOX proponiendo mano dura; por otro, la CUP, apoyando valientemente las protestas callejeras.

Una lucha que continuará – la lucha por la libertad de Hasél es parte de la lucha contra el autoritarismo español

Son quince días de continuas protestas contra el encarcelamiento de Hasél. Un movimiento democrático con características de confrontación: contra la policía, el Estado y, sobre todo, el régimen de 1978. Han aparecido elementos que ya existían en levantamientos anteriores, en defensa del resultado del plebiscito, en los llamados CDR (Comités de Defensa de la República). La lucha de los jóvenes demuestra el malestar, agravado por la pandemia.

Las contradicciones esenciales del régimen de 1978 (monarquía, bipartidismo y supuesta unidad nacional) están en cuestión. La dinámica de la lucha democrática encuentra eco en otros procesos que ponen en jaque el actual diseño europeo. De ahí la necesidad de un programa que consiga unir las tareas democráticas con las tareas «sociales» de todo el pueblo.

Una de las lecciones, ante un escenario tan emblemático (irrupción de la extrema derecha y debates sobre la estrategia de la izquierda), debería ser abstenerse de participar en los gobiernos burgueses y en la conciliación de clases. Podemos llega a la puerta de atrás del poder perdiendo cualquier capacidad de ser una alternativa emancipadora, tal y como reclamaban las calles del movimiento de los «indignados». Las buenas noticias de la CUP y el ánimo radicalizado de la juventud en lucha indican un camino a seguir. Debemos solidarizarnos con Hasél y su lucha por la libertad. Se trata de la lucha contra el Estado español y su régimen, que intenta disimular su elemento retrógrado y medieval: el rechazo a la forma básica de la república.

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