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Via IHU On-line

El 7 de febrero se llevó a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Ecuador. Entre los candidatos que se presentaron, tres fueron competitivos. El joven economista Andrés Arauz, de 37 años, representa el Correísmo, una versión ecuatoriana del progresismo latinoamericano. Guillermo Lasso es un ex banquero y político, que representa precisamente eso. La novedad fue la candidatura de Yaku Pérez por el movimiento Pachakutik, organización en la que convergen gran parte de las luchas indígenas del país.

En cuestión de horas, se escrutaron la mayoría de las urnas. Con casi un tercio de los votos, Arauz pasó a la segunda vuelta, a pesar de no recibir una votación masiva como el MAS boliviano el año pasado. En la disputa por el segundo lugar, Yaku tenía una ligera ventaja sobre Lasso: con el 99,26% de las urnas escrutadas, tenía el 20,09% de los votos y Lasso, el 19,5%.

Sin embargo, el porcentaje final de los votos tardó casi una semana en contarse. Anunciado en la madrugada de sábado a domingo, el resultado favoreció a Lasso, en un 19,74% frente al 19,39%.

¿Qué está en disputa en esta elección? ¿Por qué el retraso? ¿Cómo entender su resultado?

El progresismo internacional interpretó esta elección como una disputa entre la izquierda (correísmo) y la derecha (Lasso). En este sentido, la candidatura de Pachakutik se identificó comúnmente con un «caballo de Troya» de la derecha [1].

Esta lectura tiene dos problemas fundamentales, que están interconectados.

Primero, hace la vista gorda ante los aspectos antidemocráticos y antipopulares de las administraciones de Rafael Correa (2007-17). Un gobierno que transformó Buen Vivir en un pilar de marketing, mientras aceleraba la exploración de territorios. Como resultado, los conflictos socio ambientales se intensificaron y la respuesta del gobierno combinó difamación y represión. Al mismo tiempo, modernizó el aparato estatal, disciplinado por propósitos partidistas: tanto en Ecuador como en Bolivia (y Venezuela), se comprometió la independencia de las instituciones [2].

Beneficiado por el boom del precio de las commodities, Correa hizo, en el mejor de los casos, “cosas mejores, con el mismo modelo de acumulación”, según sus propias palabras. En el peor de los casos, avanzaba un proyecto de poder centralizado y personalista: una “revolución ciudadana”, sin ciudadanos.

Este cuadro ilumina la ruptura de Correa con su sucesor y ex colega de partido, Lenin Moreno. Es cierto que Moreno se acercó a la oligarquía tradicional para diferenciarse de Correa. Es cierto que, de cara a la crisis del petróleo, apretó el ajuste estructural, que tuvo un basta en las calles en octubre de 2019. Es cierto que Moreno concluyó su mandato con muy poca aprobación. Sin embargo, las disputas judiciales entre Moreno y Correísmo no deben verse a través del lente de la izquierda contra la derecha, sino como diferentes facciones que disputan el poder estatal.

Y el efecto secundario más importante de esta disputa fratricida fue dejar espacio para algo nuevo en la izquierda: una alternativa al progresismo y a la política oligárquica. Ahí radica la singularidad de lo que ocurre en Ecuador, que esconde la ideología del “caballo de Troya”: el nuevo electorado no huele a fascismo, como en Brasil, ni el molde de lo viejo, como en Bolivia.

Es posible criticar aspectos de la candidatura de Yaku Pérez, como lo hicieron dentro del propio Pachakutik, Leonidas Iza y Jaime Vargas. Pero es necesario comprenderlo, en forma y contenido.

Fue una campaña apoyada por la militancia y no por el dinero: quien visite el instagram de Yaku Pérez descubrirá a un candidato que recorrió el país alojándose en la casa de los simpatizantes. De hecho, su compañera informa que cuando quiso ayudarlo con su Instagram al inicio de la campaña, Yaku ni siquiera tenía crédito en su celular.

Como contenido, es una candidatura que defiende la naturaleza, los territorios y el agua. En una palabra, se opone al desarrollismo latinoamericano.

Esta candidatura estuvo a punto de pasar a la segunda vuelta, donde se beneficiaría del rechazo popular al correismo (atestiguado por cualquiera que circule en Ecuador) y sería favorito. En este contexto, el movimiento Pachakutik denuncia el fraude electoral. Su lectura es que el atraso en el conteo se debe a cálculos políticos: el correismo estimaba que Lasso será presa fácil, y negociaron con este sector el resultado de la primera vuelta.

Quien considere absurda esta hipótesis, debe recordar que Correa siempre ha considerado al «izquierdismo», al «ecologismo» y al «indigenismo» como los peores enemigos de su proyecto, según sus propias palabras. Y que los banqueros y los exportadores primarios se han lucraron enormemente de sus gobiernos. También debe tener en cuenta que se han negado las solicitudes de recuento de votos del movimiento Pachakutik a través de canales legales.

El verdadero problema al que se enfrenta la izquierda no es el de difamar la candidatura de Pachakutik. Sino entender por qué en Ecuador se repite una trayectoria, en la que el progresismo en el poder se degrada y corrompe, resultando en una política personalista y autoritaria que la izquierda siempre critica, cuando el Estado no es de ellos.

No idealizo el movimiento Pachakutik o Yaku Perez. Pero para quienes se preocupan por lo que sucede en el planeta, tanto en ecología como en política, está claro que son parte de la solución. El problema es con quienes los difaman y no con quienes los apoyan.

Notas:

[1] Entérate quién es Yaku Pérez: posible candidato en la segunda vuelta en Ecuador que apoyó un golpe contra Dilma y otros en América Latina. Disponible aquí.

[2] Como ejemplo, recordemos las maniobras de Morales para aprobar su cuarta candidatura consecutiva, y de Maduro para impugnar a tres diputados en las elecciones de 2015, privando a la oposición de una mayoría absoluta.

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