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Via Punto de Vista Internacional


El año pasado, la situación económica, social y política general estuvo sobredeterminada por la pandemia de COVID-19. De alcance mundial, la enfermedad ya ha infectado a 128 millones de personas, con 1,8 millones de muertes en 2020, y más de 2,7 millones de fallecimientos entre el inicio de la enfermedad y finales de marzo de 2021, lo que supone una tasa de mortalidad anual superior a la causada en los últimos 15 años por enfermedades infecciosas anteriores como el VIH (1,7 millones en 2004), la hepatitis B y C (1,3 millones en 2015) o la tuberculosis (1,4 millones en 2019).

La COVID-19 ha tenido un efecto fulminante sobre la salud en todo el mundo, y un efecto paralizante al golpear los motores de la economía mundial, bloqueando tras de sí todos los eslabones de las cadenas de producción. La pandemia agrava la crisis multidimensional del sistema capitalista y abre un momento de imbricación de fenómenos de larga duración que se desarrollaban de forma relativamente autónoma y que, con la pandemia, convergen de forma explosiva: crisis ecológica, crisis del sistema de la deuda, crisis de legitimidad de gran parte de las instituciones gubernamentales, tanto en el Norte como en el Sur global a nivel internacional y estatal, y lucha geopolítica por la hegemonía entre el imperialismo estadounidense y China. Son procesos que se manifiestan e interactúan entre sí, modificando el orden mundial heredado de los años 90 con el fin del bloque de Europa del Este, la implosión de la URSS y la restauración capitalista tanto en esa parte del mundo como en China. Se trata, sin duda, de un momento de bifurcación en la historia y de un tremendo desafío para todos los actores políticos.

  1. El gran reto medioambiental

A pesar de todas las conferencias y acuerdos internacionales de las últimas décadas, los procesos de devastación de las condiciones que hacen posible la vida en el planeta Tierra, la reducción acelerada de la biodiversidad, la dinámica de deforestación, contaminación del aire, el agua y la tierra, la sobrepesca y los monocultivos transgénicos, siguen avanzando a un ritmo acelerado. Queda muy poco tiempo para evitar transformaciones no sólo catastróficas sino irreversibles.

No se han logrado cambios radicales en los patrones de producción y consumo, y se han agravado las profundas desigualdades en el acceso a los bienes comunes del planeta. La carrera de los capitalistas por obtener los máximos beneficios a corto plazo sigue prevaleciendo sobre los intereses de la vida.

Aunque las emisiones de 2020 fueron inferiores a las de 2019, siguen estando muy por encima de lo que los sumideros de carbono (tierra y mar) pueden absorber. Se calcula que alrededor del 45% de las emisiones acaban en la atmósfera. Los límites del Acuerdo de París (1,5°C de aumento de la temperatura) siguen amenazados y no se alcanzarán a principios de la década de 2030 si no se producen cambios profundos en la economía mundial y en el metabolismo de la sociedad humana y del planeta.

III. Capitalismo en transición: plataformas y vigilancia

Además de lo anterior, las transformaciones tecnológicas de nuestra era están imponiendo cambios aún más profundos en la organización de las cadenas de producción y en las relaciones laborales, cada vez más digitales y precarias. Es lo que algunos llaman capitalismo de plataforma o capitalismo de vigilancia.

Básicamente, estas transformaciones están dirigidas, orientadas y controladas por los principales poderes políticos y las principales empresas capitalistas a nivel mundial, fuera del control democrático de los pueblos y generalmente fuera del debate público.

Hay tres áreas de la tecnología que suponen las mayores amenazas para la humanidad en la actualidad: (1) la tecnología militar con una nueva generación de armas nucleares tácticas, que hace más probable su uso, y los drones con capacidad autónoma para decidir cuándo y a quién matar; (2) la ingeniería genética que, a través de la manipulación y apropiación de la vida y la privatización de las semillas, contribuye a una guerra cultural global contra la vida campesina y la alimentación humana. Se trata de una guerra para controlar la producción y la comercialización de alimentos a escala mundial; (3) las tecnologías del capitalismo de vigilancia, que hacen que la distopía de 1984 de Orwell parezca un juego de niños. El uso de estos sistemas de vigilancia se ha acelerado con la pandemia.

La vigilancia digital, a través de los datos de los teléfonos móviles, la geolocalización y el seguimiento de los movimientos, la identificación facial vinculada a los escáneres térmicos, la vigilancia de los barrios mediante drones, la proliferación de empresas privadas de vigilancia, son ya omnipresentes desde el 11 de septiembre de 2001. El rastreo de virus se utiliza como pretexto para generalizar y trivializar los sistemas de vigilancia ponen en cuestión los derechos democráticos.

  1. La transición hegemónica y el conflicto Estados Unidos-China

Estamos en un mundo cada vez más militarizado. Estados Unidos, como potencia imperialista, se enfrenta a una creciente competencia por la hegemonía mundial total, especialmente en el ámbito económico, y señala a China como superpotencia en ascenso que amenaza su supremacía. En consecuencia, adopta posiciones cada vez más agresivas frente a China y Rusia.

Se están dando pasos en esta dirección con relaciones cada vez más tensas, caracterizadas por una intensa competencia tecnológica, una agresiva guerra comercial y una reorientación muy significativa tanto de la doctrina militar del Pentágono como de la guerra contra el terrorismo por parte de las administraciones Bush y Obama, y de las prioridades de los presupuestos militares. Estos reajustes geopolíticos difícilmente pueden hacerse de forma pacífica. La amenaza de un conflicto nuclear reaparece en el horizonte.

Al mismo tiempo, Xi Jinping en China y Putin en Rusia blindan cada vez más sus poderes para erradicar cualquier oposición interna y para consolidar su dominio sobre determinados territorios (Crimea, Hong Kong, Xinjiang Uighur), intentando además ampliar su esfera de influencia militar (Siria para Putin, el Mar de China y Cuerno de África, para Xi Jinping)

La fuerte posición internacional de China se ha visto reforzada por la pandemia a partir de 2020. Es el país que ha relanzado la mayor parte de su sistema productivo y ha mejorado considerablemente sus resultados de exportación. Así, a través de la exportación de bienes, así como de la ayuda material y médica, y recientemente el suministro de vacunas, China está dando un salto cualitativo en su influencia en Asia, América Latina y particularmente en África. En Asia, China intenta contrarrestar la «estrategia Indo-Pacífica» de Trump y las maniobras militares con el lanzamiento del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership) entre China y catorce países asiáticos, y desarrollando la Armada china.

La fragilidad y las contradicciones de la Unión Europea se han visto cruelmente puestas de manifiesto por el brutal golpe de la pandemia de COVID-19 (a principios de febrero se superó la barrera de los 500.000 muertos): la magnitud de la crisis, sobre todo en la periferia Sur, ha hecho saltar por los aires muchas de las prohibiciones consagradas en los Tratados (en lo que respecta a la política del BCE o a las formas de solidaridad), al tiempo que ha puesto en primer plano los conflictos entre los Estados miembros por la cuestión de las competencias (fiscales, sanitarias, etc.) que corresponden a la jurisdicción «comunitaria» o estatal e intergubernamental. Así, el primer año de la pandemia puso de manifiesto la incapacidad de la UE para utilizar sus recursos económicos y financieros para aplicar una política común de protección de su población contra la pandemia. La recompra de 1.850 millones de euros de deuda por parte del BCE en el marco del Programa de Compras de Emergencia para la Pandemia (PPE) y los 750.000 millones de euros de la UE en el marco del instrumento de recuperación temporal «Nueva Generación de la UE» (junto con un aumento de 14.000 millones de euros en el presupuesto de la UE por parte de la Comisión Europea) serán utilizados exclusivamente para apoyar a los bancos y a las grandes empresas en un contexto en el que la recuperación de las exportaciones será débil y el consumo estará muy limitado por el empobrecimiento de las clases trabajadoras. Además, las ayudas de la UE y los préstamos «Next Generation EU» estarán condicionados a que los planes nacionales cumplan con los requisitos neoliberales europeos. Estamos asistiendo a la apertura de una nueva fase en la crisis de legitimidad de la UE, ya que la pandemia plantea la pregunta «¿quién pagará la crisis?» y pone de manifiesto la ineficacia e injusticia de los tratados actuales frente a la urgente necesidad de una unión igualitaria y solidaria entre las poblaciones de Europa y del resto del mundo afectadas por las mismas lacras.

  1. Contradicciones intercapitalistas en torno a un proyecto para el mundo

El proyecto neoliberal era una utopía cosmopolita, una fantasía pero con una promesa de futuro construida sobre el mito de un desafío al estatalismo y al burocratismo para camuflar su destrucción social. Los sectores capitalistas, como la burguesía financiera y Silicon Valley, han sido y son los heraldos de la trilogía de la modernidad liberal: producir, consumir y enriquecerse.

Esta utopía neoliberal ocultaba las transformaciones antisociales y antidemocráticas de la mercantilización mundial, radicalizada y globalizada a partir de los años 90, extendiendo la lógica de la competencia, la privatización y el emprendimiento a todas las esferas de la sociedad. La utopía neoliberal pretendía ocultar el hecho de que la aplicación de las nuevas tecnologías en el marco del capitalismo globalizado tiende a destruir gran parte del mundo del trabajo preexistente, cobrándose miles de millones de víctimas. El hecho de que estas dimensiones negativas hayan sido minimizadas durante décadas en el orden social es precisamente la expresión de la capacidad hegemónica de este proyecto globalizador.

Hemos visto que la ofensiva neoliberal ha inspirado una variedad de iniciativas políticas dispares: Reagan y Thatcher, pero también Clinton, Fernando Henrique Cardoso y Tony Blair, más tarde Bush y Lula, y hoy Pedro Sánchez en España, Angela Merkel en Alemania, Joe Biden en Estados Unidos e incluso Xi Jinping en China. Precisamente porque tiene este horizonte global, el neoliberalismo ha sido capaz, con más fuerza aún que el liberalismo antidemocrático del siglo XIX, de deconstruir la vieja izquierda. Primero la socialdemocracia, tras su traición al internacionalismo al comienzo de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un instrumento de dominación capitalista e imperialista; más tarde los regímenes dictatoriales burocráticos y estalinistas, con la restauración capitalista, perpetuaron formas brutales de coacción y explotación; más recientemente, los regímenes «progresistas» latinoamericanos de principios del siglo XXI se mantuvieron dentro del marco capitalista, profundizando en un modelo de desarrollo basado en las exportaciones, la explotación de los recursos naturales y una política de bajos salarios para seguir siendo competitivos, si bien practicaron una política de «bienestar» que en los primeros años redujo la pobreza.

Sin ser suicidas, varios sectores globalizadores llevan cuatro décadas coqueteando (todavía de forma desigual) con los discursos del desarrollo sostenible o del capitalismo verde, sin estar dispuestos, sin embargo, a cargar con el peso de una transición ecológica efectiva que, como sabemos, requeriría un uso gigantesco del capital y generaría enormes conflictos. Ante la debilidad de las alternativas de izquierda, que hoy deben ser feministas, antirracistas y ecosocialistas para ser eficaces y dinámicas, la crítica de la mundialización ha sido en parte capitalizada por proyectos políticos nacionalistas (o tradicionalistas) conservadores, generalmente xenófobos, racistas y supremacistas, neofascistas o postfascistas. Intentan desviar las frustraciones y revueltas populares contra la degradación social hacia chivos expiatorios, mientras los neoliberales se declaran modernizadores y buscan apoyo en las corrientes feministas, LGBTQ y antirracistas.

Sin embargo, en cuanto las personalidades o fuerzas políticas de izquierda presentan soluciones radicales a la crisis capitalista multidimensional y proponen soluciones concretas en términos de justicia social y promoción de los bienes comunes, vemos que estas soluciones encuentran un eco muy grande entre las clases trabajadoras y los sectores oprimidos, ya sea con Bernie Sanders, Ocasio-Cortez y “the squad” en Estados Unidos en 2019 y principios de 2020, Jeremy Corbyn y el Labour Manifesto en 2017-2018 en Gran Bretaña, Syriza entre 2010 y principios de 2015 en Grecia, Podemos justo después de su creación en 2014 en el Estado español. Tras ello, el problema viene de su falta de coherencia y/o de su giro de adaptación al sistema.

Las alternativas neoliberales revelan cada vez más el carácter antidemocrático asociado a sus ataques sociales radicales. Al mismo tiempo, las alternativas de extrema derecha no tienen de universalistas más que su xenofobia común, particularmente islamofobia. La política del odio en el Siglo XXI ya no adopta simplemente la forma de defensa de un determinad tipo de comunidad amenazada, sino que es también la expresión del miedo ligado a las manifestaciones del darwinismo social y a una voluntad de poder que lleva a la rebelión contra cualquier proyecto universalista. Los nacionalismos conservadores actuales, en su gran variedad de formas, son revueltas contra la globalización, revueltas contra la modernidad. Su carácter cada vez más antiaecológico y misógino es aprovechado por las corrientes globalistas para presentarse como representantes de la lucha de la civilización contra la barbarie, mientras que ellos mismos son actores centrales en la destrucción de las protecciones sociales y ambientales. Por lo tanto, corresponde a las (verdaderas) alternativas anticapitalistas y antisistémicas, en su lucha contra la pandemia y sus crisis entrelazadas, ofrecer una alternativa de cuidado, de derechos, de vida contra estas diversas formas de barbarie.

  1. La derrota de Trump: un gran revés para la extrema derecha

El resultado de las elecciones en Estados Unidos (que sigue siendo el imperialismo hegemónico en Occidente) en el que pesan las distorsiones del sistema electoral norteamericano y los 70 millones de votos de Trump, ha supuesto un serio revés para el proyecto conservador, tradicionalista y fascista de la ultraderecha en todo el mundo. Sin embargo, no elimina la tendencia general del desarrollo de esta ultraderecha.

A pesar de los desafíos impuestos por la pandemia, las elecciones de noviembre en Estados Unidos parecen haber logrado la mayor participación desde 2008. Esta alta participación, fruto de la polarización expresada en el levantamiento antirracista y del activismo demócratico de cientos de miles de personas, dificultó que Trump siguiera cuestionando el resultado y allanó el camino para la nominación de Biden. La derrota de Trump desbarata el impulso del autoritarismo que se extiende por todo el mundo, como en Polonia, Hungría, Turquía, India, Nicaragua, Filipinas, Egipto, Brasil, Birmania…

Trump y el trumpismo (así como Bolsonaro, Modi, Duterte, etcétera) forman parte de una tendencia más amplia por la cuál nuevas formas de autoritarismo y teorías conspiratorias, anticientíficas, antiilustración y milenaristas se extienden por muchos países. Expresan la desconfianza de amplios sectores de la población hacia las instituciones establecidas y son alentadas y manipuladas por las fuerzas de extrema derecha. Si no hay movilizaciones de masas y victorias lideradas por las fuerzas progresistas, estas ideas podrían seguir extendiéndose. Nuestra tarea es tratar de aislar esas corrientes, combatirlas y denunciarlas por todos los medios, porque abren el camino al autoritarismo más extremo.

Está claro que la administración Biden, al igual que la administración Obama (2009-2017), tratará de normalizar las relaciones internacionales, especialmente con Europa, y de contrarrestar el progreso de China aplicando una política para limitar el declive. La derecha, fuertemente movilizada en el seno del Partido Republicano durante estas elecciones, seguirá siendo muy poderosa, mientras que los movimientos sociales deberán reforzar su acción.

VII. Impacto económico, social y político de la pandemia

VII.1 Caída repentina de la actividad.

La pandemia y las medidas adoptadas para afrontarla han desencadenado una profunda depresión en una economía que aún no se había recuperado de la crisis de 2008, incluso con la hegemonía cada vez más clara de las grandes empresas de la información. De forma aparentemente contradictoria, la tremenda regresión económica está produciendo una burbuja financiera, especialmente en Estados Unidos, la UE y Japón. Sin embargo, los beneficios en las bolsas y otros mercados financieros no cambian el hecho de que estamos viviendo la más larga de las ondas largas descendentes de la historia capitalismo mundial. Por ejemplo, la pandemia está causando graves trastornos en las cadenas de valor, lo que ha provocado un descenso de la rentabilidad del capital, excepto en los sectores que se benefician directamente de la pandemia, como tecnologías de la información, el comercio electrónico y las empresas farmacéuticas.

El declive de la actividad económica ha provocado un descenso global del PIB de alrededor del 5% en 2020, la peor cifra desde la Gran Depresión y cinco veces más intensa que la crisis de 2008-2009. La crisis actual tiene además la particularidad de estar sincronizada en todo el mundo, acentuada por el entrelazamiento internacional de las cadenas de valor. Ya no es posible que una región o un país en particular se desacople completamente de la tendencia de las economías centrales. Y este elemento ha contribuido en 2020 a un descenso generalizado de la producción y de los precios de los productos básicos, si bien con diferencias cuantitativas y cualitativas entre continentes y países.

Sólo China mantuvo su crecimiento, aunque a un ritmo mucho menor que en las dos últimas décadas (+2,3%). En cambio, la economía estadounidense se contrajo un 3,5%, la japonesa un 4,8%, la de la zona Euro un 6,8%, la del Reino Unido un 7,8%, la de la India un 8%, la de México un 8,5%, la de Brasil un 4,1%, la de Rusia un 3,1% y la de los «países de renta baja» un 1,2%.

Aunque se espera una cierta recuperación en 2021, Estados Unidos y Europa experimentarán un débil crecimiento en los próximos años, lo que provocará un aumento de la desigualdad y la pobreza. Esto es especialmente cierto ya que la reducción de los márgenes de beneficio llevará a los capitalistas y a los gobiernos a aumentar la presión sobre el empleo y los salarios y a aplicar políticas de austeridad.

VII.2 Aumento de la desigualdad y la pobreza.

La crisis sanitaria y económica provocará la pobreza extrema (menos de 1,9 dólares de ingresos al día) de otros 150 millones de personas de aquí a 2021, según el Banco Mundial (que se sumarán a los 2.800 millones que ya están en la pobreza, es decir, el 36% de la población mundial). De los 2.000 millones de trabajadores del sector informal, el 80% se ha visto gravemente afectado por la pandemia.

Mientras los países más ricos hacen acopio de vacunas para sus poblaciones (y se niegan a flexibilizar las normas que protegen la propiedad intelectual de las empresas farmacéuticas para aquellas vacunas desarrolladas con una enorme financiación pública), muchos países del Sur no tendrán un acceso generalizado a las vacunas hasta 2022, según las estimaciones de la Alianza Popular para las Vacunas.

Así, la pandemia pone de manifiesto con gran violencia las desigualdades en el acceso a los servicios sanitarios, los medicamentos, el agua, los alimentos y la vivienda adecuada. Las poblaciones más afectadas por el virus y la contención total o parcial son las que viven en condiciones más precarias (en zonas donde el acceso a la sanidad pública es escaso o inexistente) y las que suelen arrastrar comorbilidades, mala salud y desnutrición. A menudo son las mismas poblaciones que ya han sufrido pérdidas de empleo y recursos.

En la mayoría de los países, la violencia de la pandemia de COVID-19 es el resultado de años de reducción de la financiación de los sistemas de salud y protección social. En general, la pandemia ha exacerbado la violencia de la sociedad capitalista, la discriminación, la violencia contra las mujeres, la violencia racista, las condiciones de vida precarias, la degradación e inadecuación del transporte y la vivienda, y la inseguridad alimentaria.

VII.3 Crecimiento de la deuda pública y políticas de los bancos centrales

Los principales bancos centrales (Fed, BCE, Banco de Inglaterra, Banco de Japón y Banco de China) reaccionaron de la misma manera. Inyectaron billones de dólares y euros en la economía para sostener el precio de los activos financieros (acciones y bonos públicos y privados) y evitar quiebras y pérdidas masivas para el 1% más rico, en una medida nunca vista en la historia del capitalismo y que supera con creces lo que hicieron después de 2008.

Todos los gobiernos han abandonado temporalmente los objetivos de reducción del déficit presupuestario. Sin embargo, hasta ahora no se han tomado medidas para gravar las rentas y fortunas más altas, ni se ha aplicado ningún impuesto excepcional a las empresas que se han beneficiado de la crisis (Big Pharma, Amazon, Google…).

El enorme aumento de la deuda pública se utilizará en los próximos años para justificar la continuación de las reformas neoliberales de los sistemas de protección social, la legislación laboral, las privatizaciones y los ataques a los servicios públicos. Es imprescindible cuestionar el uso de la deuda pública en beneficio de las grandes empresas y exigir la anulación de la deuda pública ilegítima, empezando por la suspensión de pagos.

VII.4. Pretexto para el autoritarismo estatal.

En 2020, muchos países han visto la aplicación de medidas autoritarias, estados de emergencia, toques de queda, restricciones de viaje, por no hablar de los grandes «avances» en el control de la población a través de las nuevas tecnologías. Decenas de gobiernos han aprovechado al máximo las medidas de emergencia adoptadas con la excusa de la amenaza sanitaria. En particular, la pandemia ha sido una oportunidad para que los más reaccionarios de entre ellos refuercen su control sobre todos los mecanismos institucionales otorgando a los gobiernos y a los presidentes poderes excepcionales, permitiéndoles consolidar aún más las prerrogativas de los poderes legislativo y judicial y, sobre todo, limitar aún más los derechos y libertades civiles.

Estas medidas han coincidido con el mantenimiento de muchos gobiernos autoritarios, en Brasil, India, Filipinas, Polonia, Turquía, Egipto e Israel, entre otros, con todas las diferencias en el grado de avance de la extrema derecha dentro de los regímenes de los distintos países.

En Filipinas, la lucha contra la COVID-19 ha aumentado la presión de la policía y el ejército, con la orden de Duterte de «disparar a matar» a quienes no cumplan con la contención, atacando la libertad de prensa y amenazando con reintroducir la ley marcial. Muchos países han aprovechado el contexto de la pandemia para reforzar un arsenal legislativo que limita los derechos democráticos y las libertades individuales. Al igual que Duterte, Viktor Orban aprovechó la pandemia para aprobar una ley que le daba plenos poderes y volvió a atacar los derechos de la prensa. En Myanmar, el ejército birmano dio un golpe de estado el 1 de febrero de 2021 para reforzar su poder, un «golpe preventivo» ante una situación política que se le había ido de las manos. Ante la extraordinaria resistencia popular, el ejército utilizó armas de fuego indiscriminadamente y asesinó a más de 100 manifestantes en seis semanas.

En Polonia, el gobierno ha tomado el control directo de la principal cadena de noticias. Putin modificó la constitución para poder seguir siendo presidente hasta 2036. En todo el mundo, en decenas de países, se han utilizado leyes de prensa de emergencia para frenar las críticas a la gestión de la pandemia, con cientos de periodistas procesados o encarcelados. Muchos gobiernos supuestamente democráticos han seguido el mismo camino en materia de seguridad, añadiendo nuevas disposiciones antidemocráticas a las adoptadas en nombre de la lucha contra el terrorismo o el narcotráfico.

VIII. Pandemias y cambio climático: hacia nuevas catástrofes sociales

La COVID-19 es una enfermedad zoonótica, como lo fueron otros virus en el pasado. Es de esperar que las mismas causas que provocaron el paso de este virus a los humanos tenga el mismo resultado en los próximos años. Además, los efectos del cambio climático seguirán multiplicándose, con resultados catastróficos para muchas poblaciones.

Entre 1980 y 2000, se destruyeron 100 millones de hectáreas de bosque en América Latina, África y Asia. Los humedales, ya en franca decadencia desde principios del siglo XX, se redujeron en un 35% entre 1970 y 2015, mientras que más de mil millones de personas dependen de ellos para su subsistencia. Estos cambios hacen que las especies de animales salvajes portadoras de patógenos antes aislados del ser humano migren y entren en contacto con las poblaciones rurales, lo que provoca el desarrollo de zoonosis.

Más allá de los daños causados por la deforestación, el cambio climático está alterando nuestro entorno natural por la escasez de agua y los fenómenos meteorológicos extremos y por la alteración de los ecosistemas. Así, favorecerá la aparición de nuevas epidemias, vinculadas al aumento de los movimientos humanos y comerciales y a los cambios en el uso del suelo. Los mosquitos portadores de patógenos se están desplazando a regiones antes templadas. Lo mismo ocurre con las garrapatas que transmiten la enfermedad de Lyme. El 70% del permafrost podría desaparecer en 2100. Además de la liberación masiva de metano, este deshielo permite la reaparición de virus y bacterias procedentes de la materia vegetal y animal previamente enterrada.

Se confirma que, mientras la globalización multiplica los riesgos de catástrofes ecológicas, de zoonosis y su rápida propagación a escala mundial, las condiciones de vida y de vivienda de las clases trabajadoras y las políticas de severos recortes en los presupuestos sociales agravarán los riesgos epidémicos para estas clases y todos los sectores socialmente vulnerables, como los campesinos, los inmigrantes, las poblaciones racializadas y los pueblos indígenas.

Todo esto subraya la necesidad de fortalecer y construir movimientos sociales y movilizaciones de resistencia y defensa de las condiciones de vida de las clases trabajadoras y de las oprimidas, y las luchas contra la injusticia social y la discriminación porque, una vez más, las clases trabajadoras son las primeras víctimas de estas nuevas pandemias.

  1. La resistencia no ha cesado.

El año 2019 ha sido testigo de levantamientos masivos en varias partes del mundo, incluyendo África (Sudán, Argelia y Libia contra regímenes dictatoriales), Oriente Medio (como Líbano, Irak e Irán), América Central y del Sur (Puerto Rico, Honduras, Costa Rica, Panamá, Haití, Ecuador, Chile, Colombia y Bolivia), pero también en países asiáticos como Indonesia y Kazajistán e incluso en la pequeña Malta en Europa. Según el sitio web alternativo Mediapart, ese año hubo movilizaciones en 32 países. En general, fueron explosiones por razones económicas y democráticas («L’atlas planétaire des colères populares», Mediapart.fr, 24/11/2019, Donatien Huet).

Si se añaden las protestas de los movimientos de mujeres en América Latina y Europa y la movilización juvenil globalizada en torno al cambio climático, así como la resistencia democrática en Hong Kong y las luchas sociales en Francia, se tiene probablemente uno de los mayores y más populares períodos de movilizaciones desde 1968. Las movilizaciones ya indicaban el surgimiento de un contrapunto progresista al escenario global posterior a 2016, cuando los proyectos de la derecha comenzaron a multiplicarse y expandirse debido a las victorias del Brexit y de Trump. En 2019, empezaron a surgir poderosos movimientos antineoliberales que combinan luchas democráticas y antiautoritarias, derrotando en ocasiones a regímenes tiránicos.

La pandemia ha impuesto una pausa relativa a esta ola de resistencia. Pero al mismo tiempo, la pandemia ha puesto de manifiesto las desastrosas consecuencias de la globalización capitalista, la deforestación, el desastroso historial de las políticas sociales, los impases de los gobiernos que favorecen el beneficio capitalista en lugar del bienestar del pueblo. La pandemia también ha puesto de manifiesto la precariedad que sufre una gran parte de la población mundial que padece desigualdades sociales y discriminación, principalmente las mujeres y las trabajadoras racializadas.

Así, las luchas que han surgido durante la pandemia, más allá de cuestiones específicas como la seguridad en las condiciones laborales, la violencia policial, el aumento de los recursos para los servicios sanitarios o el derecho al aborto, tuvieron como denominador común las reivindicaciones democráticas y antirracistas, el rechazo a los regímenes corruptos y la oposición a la limitación de los derechos sociales, como continuación de la oleada iniciada anteriormente. En esta nueva etapa, debemos señalar lo siguiente:

  • A partir de la primera ola, en marzo/abril de 2020, se desarrollaron las luchas laborales de los trabajadores esenciales, especialmente en los sectores de la sanidad y la educación, para protestar contra sus condiciones inseguras de trabajo. La precariedad de algunos sectores (en el comercio minorista y la distribución) también ha dado lugar a huelgas, como en los almacenes de Amazon.com y en muchas fábricas de alimentos en Estados Unidos.
  • A pesar de la creciente pandemia, el 8 de marzo de 2020 se produjeron movilizaciones masivas de mujeres en torno a temas que ya se habían planteado en los últimos años, entre ellos la violencia machista (femicidios, abusos y acosos de todo tipo), incrementada por la experiencia del confinamiento. Los colectivos feministas se han movilizado en apoyo de las luchas de los sectores fuertemente feminizados de trabajadores esenciales, y en solidaridad con los movimientos antirracistas y contra la violencia policial, en los que las mujeres también han desempeñado un papel destacado. El movimiento en Polonia contra las restricciones al derecho al aborto se ha convertido en un desafío al sistema político basado en el compromiso entre los partidarios del gobierno y la Iglesia católica, y a favor de régimen democrático. A finales de año, el movimiento en Argentina se movilizó de nuevo para apoyar las medidas parlamentarias de legalización del aborto. En Namibia, las protestas contra la violencia de género y el feminicidio tomaron las calles en octubre.
  • A medida que se empezaron a levantar las restricciones impuestas durante la «primera ola», el estallido del movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos tuvo su eco en las protestas contra el racismo y la violencia policial en todo el mundo. El movimiento por los derechos de los migrantes, contra la violencia policial y más tarde contra las nuevas leyes represivas tuvieron su auge en Francia.
  • En el tercer trimestre, surgió un amplio movimiento democrático en Tailandia para desafiar a la monarquía. En Bielorrusia se desarrolló un movimiento de masas que desafió la reelección antidemocrática del autoritario presidente Lukashenko.
  • Diferentes olas de movilización recorrieron la India: contra las políticas neoliberales y racistas del gobierno de Modi, especialmente en torno a la modificación de la Ley de Ciudadanía, una huelga general el 26 de noviembre y una enorme movilización campesina que sacudió el norte de la India y Delhi, la capital nacional. El movimiento se prolongó durante meses y culminó con una victoria parcial en febrero de 2021.
  • En Grecia, la izquierda logró organizar una gran manifestación antifascista el 7 de octubre de 2020, que culminó con la condena del partido neonazi «Amanecer Dorado» como organización criminal. En febrero-marzo de 2021 también se produjeron grandes movilizaciones unitarias con una fuerte participación de la juventud contra la represión.
  • En Mauricio se produjo una movilización popular contra la contaminación y para proteger la biodiversidad tras el hundimiento de un petrolero frente a la costa.
  • A pesar de la represión, el movimiento prodemocrático en Hong Kong se mantuvo a lo largo de 2020, al igual que el movimiento en Líbano contra las políticas del gobierno. En julio, las movilizaciones masivas en Malí consiguieron derrocar al presidente neoliberal. En Tanzania, Guinea y Costa de Marfil hubo movilizaciones populares contra el fraude electoral.
  • En Nigeria se produjo una gran movilización popular contra la violencia policial en octubre a través el movimiento #Stop SARS, liderado principalmente por jóvenes; protestas juveniles en Angola contra el desempleo, la corrupción y las injusticias sociales, y el movimiento en Iraq donde, desde principios de octubre de 2019, un movimiento juvenil interurbano no confesional, independiente de afiliaciones partidistas y milicianas, viene planteando reivindicaciones de carácter político (denuncia de la corrupción de la clase dirigente) y reformas sociales (por la justicia social y contra la pobreza) y contra la presencia de fuerzas extranjeras (Irán y Estados Unidos). En Hungría, hubo una movilización estudiantil contra la privatización de la enseñanza superior.
  • En América Latina, las grandes luchas vividas en 2019 y 2020 se tradujeron en importantes victorias electorales. En Chile, el movimiento antirreforma de octubre-noviembre de 2019, liderado por mujeres organizadas, obtuvo una victoria histórica en el plebiscito para una nueva constitución un año después. Los campesinos y trabajadores bolivianos resistieron duramente, con muchos muertos, las maniobras represivas del gobierno golpista de Añez y devolvieron el poder al MAS, en las elecciones de octubre de 2020, tras un profundo levantamiento popular tres meses antes para evitar nuevas postergaciones de la consulta electoral. En Puerto Rico, un nuevo movimiento político, el Movimiento para la Victoria de los Ciudadanos (MVC), surgido de las protestas democráticas de 2019, se afirmó con fuerza en las elecciones de octubre. En Perú, en noviembre, grandes movilizaciones juveniles contra el actual sistema político exigieron la salida de un líder golpista y reclamaron cambios en la constitución neoliberal. En Guatemala, una revuelta popular rechazó el proyecto de presupuesto para 2021 y exigió la dimisión del presidente. Incluso en los países menos avanzados en el proceso, como Colombia, se han producido movilizaciones (una huelga general con el apoyo de los campesinos) y victorias (como la cárcel para Uribe), con posibilidades de recomposición de la izquierda y la oposición al uribismo.
  • En Myanmar, el pueblo en resistencia se enfrenta con extraordinario valor a la sangrienta represión organizada por el ejército desde principios de febrero de 2021. Sectores de la clase obrera industrial participan activamente, sobre todo en las empresas chinas, mientras el gobierno chino apoya a los militares golpistas.
  1. Los grandes retos de los nuevos movimientos obreros y populares

Muchos gobiernos han tenido que abandonar temporalmente los dogmas del neoliberalismo, y las intervenciones estatales han eclipsado parcialmente a la «mano invisible del mercado» en la gestión de la emergencia sanitaria. Se ha puesto de manifiesto el papel indispensable en la sociedad de las trabajadores, especialmente las de «primera línea», en los servicios sanitarios y sociales, el transporte, la logística, la alimentación y la educación. Este reconocimiento de lo que está en juego a nivel económico y social, pero también de la solidaridad colectiva expresada en los barrios obreros, refuerza la idea de que el mundo después de la COVID-19 no debe parecerse al anterior. Que la vida, la salud, la vivienda, las necesidades básicas de la población deben guiar la vida en sociedad y organizar la economía, al contrario de un sistema en el que los intereses de los capitalistas priman sobre todo lo demás.

También se han dado fuertes reivindicaciones democráticas, y la voluntad por parte de las clases trabajadoras de no someterse a la pandemia y su gestión estatal, sino que organizarse para gestionar la situación en los centros de trabajo, los barrios y las localidades. También es frecuente el rechazo a la violencia policial, a la censura de la prensa, a la discriminación racial y xenófoba, y a la violencia de género, multiplicada por el encierro.

Así, objetivamente, la pandemia ha creado un denominador común de movilizaciones sociales: el capitalismo y todas las consecuencias de este sistema cuando el mundo se enfrenta a una crisis sanitaria. Sin embargo, los cambios políticos en la mayoría de los países no reflejan una mayor disposición de los gobiernos a desafiar los dogmas neoliberales.

Las revolucionarias debemos redoblar nuestros esfuerzos para tomar iniciativas que apunten a la convergencia de las luchas (en todo tipo de unidad de acción e incluso frentes amplios con fines específicos); fomentar la autoorganización por la base – obrera, popular, feminista, antirracista, ecologista, comunitaria – y de todas las formas de coordinación posibles; convencer a los movimientos de la importancia de la solidaridad y la organización internacional para ser más fuertes; fomentar la más amplia unidad programática de las fuerzas antisistémicas; elaborar con los movimientos que llevan adelante las luchas democráticas, ecológicas, sociales y sectoriales que se enfrentan al capitalismo y sus gobiernos, con el objetivo de convencer de la necesidad de una ruptura radical con el sistema capitalista racista, patriarcal y depredador.

Hay dos grandes peligros para los movimientos populares: (1) el avance de las teorías de la conspiración, que promueve la pasividad social, desvía las demandas anticapitalistas y abre el camino a la extrema derecha; (2) la aplicación por parte de los gobiernos y los capitalistas de la “doctrina del shock” aprovechando la COVID-19, no sólo con la aplicación sostenida de soluciones autoritarias y la supresión de las libertades democráticas, sino también con reformas ultraliberales.

Todo esto refuerza la necesidad de tomar la ofensiva, aprovechando los movimientos sociales de los últimos meses, para coordinar a los actores y dirigentes de estos movimientos, con el fin de avanzar en las respuestas anticapitalistas de emergencia que abarcan todas las luchas sociales, democráticas, feministas, ambientales, antirracistas y antidiscriminatorias. Este contexto refuerza además la necesidad de que las fuerzas sociales y políticas que luchan por la transformación revolucionaria de la sociedad construyan frentes comunes, convergencias que promuevan claramente una alternativa socialista y revolucionaria.

El nivel extremo de la crisis multidimensional del capitalismo justifica más que nunca la necesidad de la expropiación de los capitalistas, comenzando por los siguientes sectores: sanidad (incluyendo a las farmacéuticas), energía, finanzas y agricultura. La crisis vuelve a poner en la agenda la necesidad de una planificación socialista controlada por los ciudadanos. La crisis de legitimidad de la gobernanza también hace necesario subrayar la necesidad de procesos constituyentes para cambiar radicalmente la estructura política y jurídica de la sociedad.

  1. Frente a la crisis multidimensional del sistema capitalista globalizado, reconstruir una izquierda revolucionaria internacionalista, feminista y ecosocialista

Las protestas sociales de los dos últimos años han demostrado, por su nivel de radicalización y politización, la voluntad de desafiar el orden establecido. La fuerte participación de los jóvenes, de las poblaciones racializadas, la marcada presencia de mujeres jóvenes que ejercen un papel de liderazgo en las movilizaciones demuestran que las nuevas generaciones aportan una fuente considerable de radicalidad, diversidad, dinamismo y renovación de las estructuras de los movimientos.

Sin embargo, cuanto más grandes y extensas son las luchas, mayor es la brecha entre el dinamismo de estas movilizaciones y la debilidad de las respuestas políticas alternativas. Las múltiples luchas de masas de los últimos años no han visto el surgimiento o la consolidación a gran escala de nuevas fuerzas anticapitalistas organizadas, ni han dado lugar a la creación de nuevas herramientas políticas capaces de fortalecer estos movimientos.

El elemento que falta hoy en día es la aparición de una alternativa que encarne un auténtico radicalismo y que desempeñe un papel político similar al que surgió a finales del siglo XIX y principios del XX, enriquecido por las experiencias acumuladas y por las grandes luchas por la emancipación y la justicia medioambiental que se libran en la actualidad.

Para ello, se necesitan iniciativas que hagan avanzar la conciencia de clase y que construyan frentes políticos basados en todas las luchas sociales contra todas las formas de explotación y opresión, capaces de derrotar las políticas neoliberales, de combatir a la extrema derecha y de superar a la izquierda institucional.

Como elemento positivo para avanzar en esta dirección, es necesario destacar el alto nivel de conflictividad social que se está acumulando en la olla a presión de las múltiples restricciones de movimientos y libertades aplicadas a la pandemia del coronavirus por los gobiernos de un gran número de países. La acción política debe adaptarse al nuevo escenario.

La contribución de nuestra Internacional al surgimiento de esa alternativa radical se hará de manera pluralista, democrática y en inserción en las luchas articuladas en los diferentes niveles territoriales. Se tratará de llevar a cabo una «dinámica de transición» basada en movilizaciones sobre cuestiones fundamentales desde el nivel local hasta el planetario, pasando por el nacional. Se trata de fomentar la autoorganización de las masas para defender las conquistas conseguidas y conquistar nuevos derechos sociales y medioambientales contra todas las relaciones de dominación y las instituciones que las perpetúan. Cada lucha parcial, si no se desvía hacia una aceptación “pragmática” de las injusticias, podrá dar confianza, estimular la imaginación y contribuir a la transformación de las relaciones de poder a todos los niveles.

Como Cuarta Internacional, estamos tomando iniciativas para debatir y elaborar respuestas programáticas a los desafíos de la fase actual de la crisis sistémica del sistema capitalista con todos los protagonistas activos en estas luchas. Esto debería permitirnos tanto reforzar nuestras propias propuestas como fomentar las confluencias necesarias para avanzar en una perspectiva revolucionaria.

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