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Via Viento Sur

No voy a contaros la historia del genocidio armenio, porque supongo que ya la sabéis. Incluso podéis haber leído algún libro o al menos uno o dos artículos sobre un genocidio que tuvo lugar hace 106 años. No os contaré las historias del genocidio, porque es posible que ya hayáis visto las imágenes de las «marchas de la muerte», todo un pueblo conducido al desierto sirio en el verano de 1915, con el pretexto de la «Gran Guerra», para perecer por el calor, el hambre, la sed o las puñaladas.

Quiero recordaros el exterminio de las y los armenios, pero tened la seguridad de que no tengo nada que pediros. No tengo favores que pedir. Vuestra benevolencia no puede ayudarme de ninguna manera.

No os pediré justicia, porque sé que vuestra justicia no puede hacer frente al crimen de los crímenes. ¿Cómo podría la justicia humana hacer frente al desarraigo de millones de personas, el robo de sus iglesias, escuelas, casas, huertos e incluso cementerios? ¿Qué justicia para un pueblo uno de cuyos dos miembros fue brutalmente asesinado, cientos de miles de mujeres secuestradas y violadas, cientos de miles de niñas y niños huérfanos obligados a adoptar otra religión, otro idioma y reclamar otra identidad? ¿Cuántas páginas deberíais escribir para su juicio? ¿Cuántos abogados y abogadas necesitaríais para defender a las víctimas?

¿Es posible la justicia humana después del genocidio? Vuestra justicia es impotente.

Ni siquiera os pediré reconocer la verdad histórica de un acontecimiento pasado. Si la humanidad es incapaz de reconocer un acontecimiento de la calidad del exterminio de toda una civilización durante más de un siglo, ¿cuál será el valor de vuestro reconocimiento tardío?

¿Reconocimiento? ¿Para qué? Ni siquiera repetiré el cliché hueco: «¡Nunca más!»

Sé que volverá a pasar. Volvió a suceder para mí cuando, el año pasado, el ejército turco con sus generales, sus F-16 y sus Bayraktars [Bayraktar TB2: avión no tripulado de combate] volvió a atacar a las y los armenios de Karabaj. Un siglo después del genocidio, quienes lo perpetraron volvieron para matar a sus víctimas. Lo hicieron con impunidad. El «reconocimiento» del genocidio por parte de naciones civilizadas no impidió que las víctimas fueran atacadas por los autores del genocidio, por segunda vez.

Volverá a pasar. Lo sé mirando el «parque» recién construido en Bakú, exhibiendo armenios encadenados, armenios moribundos, armenios «de nariz ganchuda y cabeza plana» [ver foto]. Este Macabro Parque de Atracciones donde, el domingo por la tarde, los padres llevan a sus hijos a jugar a «cómo matar armenios». Esto está sucediendo hoy, no en la era del «nacionalsocialismo».

Eso volverá a pasar. Cuando eso suceda, las y los «guardianes de la moralidad» de nuestro tiempo, las y los burócratas internacionales y autoproclamados defensores de los derechos humanos, estarán ocupados escribiendo informes llenos de citas como: «Según dijo…”. A los hijos e hijas de las víctimas de las nuevas guerras de exterminio, desde Siria hasta África Central, desde Myanmar hasta el monte Sinjar [masacre de las y los Yezidies], sólo les puedo decir: no tienen más remedio que luchar, gritar frente a una humanidad indiferente. Su lucha será larga y solitaria, pero no tienen otra opción.

Tampoco os recuerdo el exterminio de armenias y armenios para reclamar cualquier «superioridad moral» en un mundo donde la moralidad es escasa. Pregúntenles a las y los palestinos. Israel, el estado construido en gran medida por sobrevivientes del Holocausto, sigue manteniendo a otra gente bajo ocupación. Israel, el Estado, no reconoce el «Holocausto antes del Holocausto», niega el genocidio de los armenios. Israel no se abstuvo de enviar toneladas de sus sofisticadas armas durante la guerra de Karabaj para matar a jóvenes reclutas armenios. Israel también ha ofrecido ayuda humanitaria a Armenia.

No hay lugar para la superioridad moral después de ver las ruinas de Aghdam [ciudad azerí, fuera del límite administrativo de Karabaj, destruida por las fuerzas armenias].

Si no os importó el primer genocidio moderno, hace más de un siglo, no es porque no lo supierais. Es porque no os importaba. Porque no habéis sentido el dolor. Porque mirasteis el dolor de otras personas desde lejos, y os molestó.

Hoy, sólo quiero recordaros el genocidio que tuvo lugar hace más de un siglo.

Todo lo que tengo que deciros es un mensaje, y nada más: porque lo sé. Si me ha pasado a mí, también os puede pasar a vosotros y vosotras. Y luego sentiréis el dolor.

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