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Via Marabunta

La idea de que descendemos de los barcos, repetida hasta el cansancio y hoy dicha por el presidente Alberto Fernández, oculta el genocidio sobre el que la sociedad argentina se funda. Es un discurso que porta una matriz colonial que no son solo palabras: se expresa en una violencia específica sobre los territorios indígenas hoy avasallados por el extractivismo. Ante sus disculpas, donde señala que les inmigrantes convivieron con “nuestros” pueblos originarios, le decimos: los Pueblos Indígenas existimos, no somos “suyos” y hoy decenas de comunidades se levantan desde sus autonomías territoriales.

“Los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos. Eran barcos que venían de Europa y así construimos nuestra sociedad”. Las declaraciones de Alberto Fernández, aunque intentó unas disculpas posteriores, hace mención a una herida vieja. Durante su formación en el siglo XIX el Estado argentino llevó adelante un genocidio que buscó exterminar a las poblaciones indígenas que habitaban ancestralmente estos territorios, hoy llamados Argentina, a través de matanzas que se extendieron hasta el siglo XX. La negación de esta memoria tiene un objetivo concreto que es la negación a reparar esa deuda histórica que mantiene el Estado con los Pueblos Indígenas. 

Este es un discurso racista que supera al gobierno actual. En 2015 Cristina Fernández había señalado que “todos los que estamos sentados en esta mesa, no somos pueblos originarios de la Argentina; somos hijos, nietos, bisnietos de inmigrantes. Porque esto es la Argentina: un país de inmigrantes”. Dos años después, en el Foro de Davos, Mauricio Macri señaló que “en Sudamérica todos somos descendientes de europeos”. El colonialismo criollo no tiene grietas porque para las élites blancas lo indígena es algo casi invisible. Y si existe, es algo inferior a lo blanco. Lo que Sarmiento llamaba indios bárbaros, bajo la misma matriz de pensamiento es reactualizado con la idea de que les indígenas son flojes, o que no saben explotar sus tierras. Una fase superior de esa discriminación es la idea del “mapuche terrorista”. 

Esta matriz colonial de pensamiento no es solo una cuestión simbólica o de discriminación. Es la base que legitima el despojo de los derechos indígenas. Si no existimos, entonces nuestras tierras pueden ser despojadas. Si no hay una deuda histórica, entonces no hay necesidad de reparación. Por eso, los territorios indígenas se encuentran hoy en la primera línea de impacto del extractivismo. El fracking, la megaminería, el desmonte, las fumigaciones, han convertido los territorios indígenas en zonas de sacrificio.  

El discurso de Alberto Fernández trasluce el absoluto fracaso de la política multiculturalista neoliberal llevada adelante por los gobiernos desde la década de 1990. Las distintas políticas en materia indígena han estado subordinadas a las políticas “de desarrollo”, los derechos se han convertido en letra muerta, y los pocos reconocimientos se han basado en la folclorización de los pueblos, utilizándonos como un adorno.

Debemos avanzar en una política en materia indígena que se base en el respeto efectivo de derechos. El derecho a la salud intercultural, a la consulta previa, libre e informada; a educación intercultural bilingüe; al desarrollo de comunicación indígena; justicia indígena; y una serie de demandas que los pueblos hemos levantado durante las últimas décadas. Estas se condensan en la necesidad de que se respeten los derechos territoriales y se avance en el relevamiento dispuesto por la Ley 26.160 que cristalice en la reparación de la propiedad comunitaria indígena. 

Es urgente dar la disputa por la defensa de las identidades y su historia frente a un sistema capitalista y heteropatriarcal que todo lo simplifica, escondiendo, vulnerando las diferencias para avanzar en la expoliación de los pueblos y sus culturas. Desde Marabunta luchamos porque desde la articulación  de esas autonomías territoriales podamos proyectar la plurinacionalidad desde una perspectiva ecosocialista y feminista. Porque el Poder Popular también se construye desde las comunidades indígenas con nuestras voces que retumban resistencia.

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