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a Marcos Paz, porque es amigo y camarada, y porque estuvo en la noche del 27 de noviembre y en el domingo de La Tángana

Este 12 de junio Fernando Martínez Heredia cumplió cuatro años de fallecido. Los actuales escenarios sociopolíticos y económicos que hoy vivimos en Cuba eran casi impensables en 2017. Tanto la noche del 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura con su correspondiente madrugada del 28, el resurgir de la censura junto al retorno de los mítines de repudio, pasando por la Tarea Ordenamiento, así como la actual grave crisis económica, solo superada por el Periodo Especial –sin mencionar esta pandemia antes solo vista en films de ciencia ficción-, son coyunturas que, cuando vivía Fernando Martínez Heredia no estaban en la lista de probables futuros cubanos. Quizá, lo más cercano, hubiera sido la Tarea Ordenamiento, pero no se habría imaginado el amplio recorte de “gratuidades” que implicó.

¿Qué hubiera hecho Fernando Martínez Heredia ante todos estos escenarios? Aunque siempre queda un margen de especulación, quienes le conocimos, tenemos la certeza de que la noche del 27 de noviembre él habría entrado al Ministerio de Cultura con Fernando Pérez para mediar en las conversaciones con Rojas, y los resultados hubieran sido diferentes. El Fernando cineasta lo supo hacer muy bien, pero dos Fernandos en el mismo equipo, logran más que uno.

Sobre el Fernando fundador de la revista Pensamiento Crítico planeaba el atractivo del intelectual revolucionario censurado –golpe que recibió de manera fuerte y en varias ocasiones-; pero también estaba presente la dignidad lúcida de quien supo separar las aguas, reconociendo dónde empezaba el estalinismo y dónde el proyecto socialista revolucionario. Fernando sabía el peso de su capital político y social y lo enfocaba en dialogar con la juventud: como uno más. Todo lo contrario al paternalismo del burócrata que durante sus tiempos libres da “consejos” a las organizaciones juveniles y termina diciendo “es un placer hablar con ustedes, pero me espera una reunión ¡Sigan siendo el ejemplo y la continuidad!”

La noche del 27 de noviembre Fernando se hubiera dirigido a viva voz a quienes estuvieron sentados frente al Ministerio de Cultura, conversado con ellos y cantado el himno nacional, con el brazo por encima del hombro de su amigo y compañero de causa, Julio César Guanche. Esta es una certeza que no solo tenemos muchos revolucionarios, sino también los censores, así como los aspirantes a censores. Ellos saben cuál sería la posición de Fernando aquella noche y lo quieren ocultar. Fernando no hubiera comulgado con muchas posturas políticas presentes en la noche del 27 de noviembre, pero habría estado con los jóvenes que tomaron por asalto la quietud ministerial.

Hoy es necesario regresar una y otra vez a la noche del 27 de noviembre y desterrar la idea repetida por los censores de que el plantón frente al Ministerio de Cultura fue el resultado de una manipulación derechista. Esto no solo falta a la verdad, sino que también es cometer un grave error político, pues es regalarle a la derecha la bella noche del 27 de noviembre.

Los últimos años de la vida de Fernando fueron de una abierta crítica a la forma en que se estaban manejando las relaciones Cuba-Estados Unidos, advirtiendo que el imperialismo seguiría siendo imperialismo y estábamos pecando de ingenuos. Fueron los tiempos en que muchos confiamos en las buenas intenciones de Obama. Pensamos incluso que, a pesar de un posible cambio de gobierno en la Casa Blanca, las relaciones entre La Habana y Washington continuarían.

No era difícil equivocarse de esa manera. Después del reinicio de las relaciones entre ambos países, la economía cubana había crecido visiblemente. El emergente sector privado –la burguesía: término al cual muchos le temen- se expandía con fuerzas, no solo en el plano económico, sino también en el cultural. Con ello, comenzaba a afianzarse en La Habana toda una forma de vida pequeñoburguesa, que con su “discreto encanto” arrasaba al aburrido mal gusto estatista, pero implantaba a su vez la admiración a la burguesía y la idealización de la Cuba anterior a 1959. Pero el principal error del momento fue la política oficial de presentar a los Estados Unidos como un nuevo amigo, cuando en realidad siempre debió ser tratado como un socio comercial. 

El único homenaje a Fernando al que he asistido fue su funeral. Es difícil ir a un lugar donde hablan de una persona cercana como si fuera un dios y ver cómo muchos, quienes tomaban distancia de él en vida, ahora se presentan como sus fieles seguidores. Ojalá se hubiesen convertido en sus seguidores, pero la práctica, desde antes y ahora, demuestra todo lo contrario. A Fernando lo han intentado purificar, usarlo como herramienta para demeritar intelectuales honestos, enclaustrarlo en discursos y limitarlo a anecdotarios de los sesenta. Se olvida a exprofeso su enfrentamiento al dogmatismo y su constante alerta de que, -como decía él- podía regresar la “mano peluda del estalinismo”.

Nunca vi en Fernando a un Comandante en Jefe y sí al amigo viejo con el cual no solo dirimía cuestiones políticas, sino también le confiaba algunos problemas personales. En una ocasión, Fernando me dijo algo que estilaba usar para dar aliento, o regañar. Esa vez la frase venía con ambas intenciones: “¡Niño, que la patria te contemple orgullosa!”. A lo que contesté: “Fernando ¿y cuándo yo contemplaré orgulloso a la patria?”. No recuerdo su respuesta, pero estoy seguro que no se quedó en silencio.

Hoy tenemos que llevar ambas ideas a la vez: lograr con nuestros actos que la patria nos contemple orgullosa y preguntarnos si en las actuales condiciones, podemos enorgullecernos de la patria; que a la vez, es enorgullecernos –o no- de nuestros actos.

Fernando no es un semidios incuestionable, ni de sus libros saldrán las respuestas a qué hacer en esta crisis única que vive Cuba. Verlo de esa manera es traicionarlo. El mejor homenaje que le pudiéramos rendir a Fernando Martínez Heredia es, desde el marxismo cuestionarlo todo. A lo que yo agregaría aquella frase del joven intelectual cubano, Verde Gil: “toda unanimidad resulta sospechosa”. 

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