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Via Contrahegemonía

Un 19 de Julio como hoy la toma de Managua por les combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ponía fin a una de las dictaduras más sanguinarias que conoció Nuestra América: la del clan Somoza.

Gestada por Somoza padre tras el asesinato de Sandino en la primera mitad de la  década del 30, aliada privilegiada de Estados Unidos – “Somoza es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta” decía con crudo cinismo Franklin Delano Roosevelt- le sucedieron dos hijos del dictador, el último de ellos “Tachito” Somoza. Una insurrección popular, masacrada hasta con bombardeos de la aviación del régimen en diversas ciudades, obligaba a la unidad entre las tres tendencias en las que se hallaba fracturado el sandinismo de los 70’. Combinando insurrección en las ciudades con una guerrilla que pronto mutaba en ejército la victoria del nuevo sandinismo represento una bocanada de aire fresco en especial para una Latinoamérica arrasada por dictaduras formadas en las concepciones de la Doctrina de Seguridad nacional.

Esa renovación incluía un peso determinante de las corrientes cristianas revolucionarias, un protagonismo de las compañeras en las barriadas y en el propio  FSLN, donde muchas alcanzaban roles dirigentes en la lucha armada; una preocupación inédita por la dimensión cultural en la formación de las subjetividades, “la revolución de los poetas” se la denominaba. Representaba una parábola increíble de la historia donde el sandinismo heredero de aquel “ejército loco” de campesinos e indígenas conducido por ese líder mítico que había vencido a la ocupación yanqui en los años 20’, reaparecía transmutado en identidad popular y nuevo ejército de les de abajo que vencía a los herederos de Somoza padre. Surgían enormes manifestaciones de solidaridad gritando el “no Pasaran” vociferado en Nicaragua y aquí, como en decenas de países, frente a la embajada yanqui. Se buscaba frenar a la contra instalada en la vecina Honduras, entrenada y financiada por el Estados Unidos de Ronald Reagan para derribar y desgastar el gobierno revolucionario.

Cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), con su candidato Daniel Ortega, era derrotado por una coalición opositora liderada por Violeta Chamorro en las elecciones de 1990 y entregaba el gobierno la desazón y amargura fue, para nosotres, muchísimo más fuerte en su impacto devastador que el derrumbe de una Unión Soviética que nunca habíamos sentido como propia.

La posterior descomposición brutal del orteguismo, transformado en un régimen que es la negación total y absoluta de aquella Nicaragua revolucionaria; su persecución a toda oposición desde abajo, con especial saña hacia muchos de sus viejos compañeres que no abandonaron las banderas ni los sueños de aquella época; su alianza con distintas fracciones de la clase dominante, incluida la iglesia y la persecución feroz al aborto; su acuerdo con una de las figuras más repulsivas del viejo régimen, como Arnoldo Alemán y el descaro de atreverse a llevar en un momento de compañero de fórmula presidencial a un ex miembro de la contra, Jaime Morales Carazo; la brutal represión y asesinato por decenas de les participantes de las manifestaciones del 2018; la violación y abuso sexual de su hijastra, Zoilamérica por parte de Ortega con el obligado exilio de la victima por atreverse a denunciar, sólo son algunos de los jalones de esa mutación feroz que ningún enfrentamiento con los Estados Unidos –por real que sea- puede ocultar.

No hay a esta altura ninguna relación genuina entre el orteguismo y los procesos revolucionarios en resistencia de Cuba y Venezuela, aún con todos los matices que queramos señalar de esas experiencias. Esa transformación que nos apesadumbra y nos conmueve, en especial a una generación que fue defensora entusiasta de aquella revolución, no debería hacernos olvidar sino revisitar y resignificar aquella gesta emancipadora. Y una vez más, mientras los combatientes ingresan a Managua, saludar con el puño y los dedos en V alzados el sombrero en alto de Sandino.

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