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Via Jacobin América Latina

Los acontecimientos que rodearon la instalación de la Convención Constitucional, órgano electo el pasado 15 y 16 de mayo para redactar la nueva constitución chilena, son buena expresión del proceso destituyente y constituyente en curso desde octubre de 2019. Son expresivos de la crisis de representaciones políticas, sociales y culturales por la cual transcurren las transformaciones que vivimos, marcadas por la irrupción plebeya en espacios hasta ahora reservados para quienes pueden y suelen hacer de la representación un sitio para su propia reproducción material y simbólica. En este terreno se libra hoy una de las batallas relevantes para el futuro del neoliberalismo en América Latina.

Y es que aún cuando a ratos parece que el poder instituido ha logrado controlar el proceso y conducirlo desde sus intereses (apariencia derivada de sus capacidades, hasta ahora monopólicas, de representación electoral, institucional y mediática), la potencia constituyente no ha dejado de disputar la iniciativa política en ningún momento. Por medio de puestas en escena cargadas de alta intensidad popular, la ofensiva del proceso ha sido asumida y ratificada una y otra vez: primero en la presión por ampliar los marcos del acuerdo político del 15 de noviembre de 2019 e incluir la paridad de género, los escaños reservados a pueblos originarios y la participación de independientes en igualdad de condiciones a las de los partidos políticos (todo lo cual hace del chileno un proceso único en su tipo). Luego, en el sorpresivo 80% del «Apruebo». Más tarde, en la elección de un altísimo número de convencionales de listas independientes; y ahora en la instalación y las definiciones del funcionamiento de la Convención.

Después de una mañana de domingo en que diversas manifestaciones seculares y espirituales dieron origen a varias marchas multitudinarias, miles acompañamos a nuestras convencionales a las puertas del lugar designado para el acto de instalación de la Convención, en el ex Congreso Nacional, a pasos de la Plaza de Armas de Santiago. Buena parte del país siguió en vivo las transmisiones por televisión, donde se sobreponían imágenes de represión policial a manifestantes y convencionales con otras que parecían obcecadas con los protocolos oficiales, hasta que la presión de algunas convencionales tanto en la calle como hacia la conducción de la actividad logró la suspensión momentánea de la misma. 

Esta entrada marcó un importante punto simbólico que se repetiría en la jornada que comenzó cerca del mediodía. Desde entonces, vimos a la derecha buscando representar su propia ruina (un poco al modo en que han defendido la estatua del general Baquedano en Plaza Dignidad). Con la obstinación de quien entiende que sus batallas decisivas se libran en otros frentes, la derecha entregó una imagen compacta aunque reducida (un 23% de la Convención), y mostró una actitud que oscila entre un rechazo natural al poder constituyente que emerge y una participación distante en el mismo, cuidando siempre de no dejar de representar en ningún momento la monumentalidad neoliberal hoy en ruinas. 

Y fue esa misma lógica monumental la que se vio tambalear (me atrevo a decir, para todas y todos los espectadores del momento) con la elección de Elisa Loncón Antileo para la presidencia de la Convención. Acompañada por la machi Francisca Linconao (líder espiritual mapuche que ha sido víctima del mismo Estado que hoy intenta transformar), Elisa Loncón ofreció las primeras palabras oficiales desde el poder constituyente en mapuzungún («Feley, ¡mari mari pu lamngen! ¡mari mari kom pu che! ¡mari mari chile mapu!…»). Un discurso emotivo, dominado por la promesa fundacional de «una manera de ser plurales, democráticos, participativos» y que bajo ese imaginario reunió a diversos sectores hasta hoy excluidos, como mujeres, pueblos originarios, diversidades sexuales, cuidadoras y niñeces. Notoria sigue siendo la ausencia del pueblo afrodescendiente en estos recuentos.

En la memoria del país sigue fresco el recuerdo de las huelgas de hambre de la machi Linconao a raíz de su encarcelamiento arbitrario y de la negación de sus derechos como autoridad espiritual mapuche. La negativa sistemática del Estado chileno al reconocimiento de los derechos humanos, culturales y territoriales de las naciones originarias hace que la presencia de Linconao ofrezca continuidad a la apuesta de larga data de un sector del mundo mapuche por participar de los espacios políticos convocados desde el estado chileno. Su presencia como guía espiritual de la presidenta de la Convención, agitando un ramo de canelo, dotó de dignidad a la instalación del órgano constituyente, pero desde un lugar que claramente desestabiliza los imaginarios acerca de lo chileno.

La irrupción plebeya desestabiliza imaginarios y sentidos comunes acerca de lo republicano, como aquel de comenzar todo con el Himno Nacional. Esos mundos también han provocado importantes mutaciones en las formas de representación política y sus vías de articulación. Así, mientras la derecha busca proyectar una posición de trinchera y la ex Concertación difumina sus pocos convencionales entre los convencionales más moderados, un nuevo centro político se comienza a perfilar con la alianza entre el mundo que gira en torno al Partido Socialista y el Frente Amplio, poniendo a este último bloque, junto al Partido Comunista, como bisagras para la articulación de mayorías en temas claves.

Por su parte, aún sin ser un bloque homogéneo, la izquierda independiente ha venido proponiendo y ejercitando el dejar de reproducir la distancia tradicional entre representantes y representadas, abriendo posibilidades reales de democracia participativa en el proceso para así transformar la Convención en una verdadera Asamblea Constituyente. En particular, los convencionales de la Lista del Pueblo, pueblos originarios no mapuches y otros independientes de regiones no han operado desde la habitual realpolitik, proponiendo en cambio una sintonía popular basada en vínculos históricos y emotivos: un pathos plebeyo, amorfo y persistente (como el propio ciclo del que emerge) que pone en el centro los conceptos de solidaridad y de territorialidad. Este sector sostuvo por lo mismo la candidatura a la vicepresidencia de la Convención hasta el final, sin negociación con sector alguno del poder instituido. 

Ni el mundo independiente ni los pueblos originarios son sectores completamente alineados; y aunque las constituyentes Mapuche alcanzaron una cohesión importante (aunque no unánime) para proponer la presidencia de Loncón, las primeras naciones del norte de Chile han mostrado autonomía en sus posiciones y articulaciones. Es de esperar que la ausencia simbólica y material del pueblo afrodescendiente tenga en ellos un ascendiente mayor que lo que se ha visto hasta ahora.

Como corolario, la presencia constante y sonora de la demanda por liberar a los presos políticos de la revuelta y del Wallmapu acompañó la manifestación de buena parte de las y los convencionales por garantizar condiciones de justicia y reparación para las violaciones del estado de Chile a los derechos humanos, un aspecto ineludible si se quiere dotar de legitimidad al proceso constituyente.

Las primeras horas de instalación de la Convención Constitucional han vuelto a poner de manifiesto que el poder destituyente ha traspasado canales oficiales y dinámicas inerciales, endogámicas, elitarias y elitistas de ejercer soberanía.  En su potestad soberana, acaso refleja o refracta las estructuras materiales que sostienen nuestras representaciones habituales del poder, la «nación», la «familia», el «desarrollo», las comunidades y la convivencia. Entre las muchas batallas antineoliberales que se están librando en Nuestramérica, la potencia plebeya ha logrado irrumpir sostenidamente y con iniciativa autónoma en el proceso chileno, fisurando con esto los hasta ayer firmes cimientos del sistema político que ha servido de sostén del régimen neoliberal.

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