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Via Viento Sur

Apenas alguna elección parlamentaria federal ha alterado y conmocionado el sistema de partidos tanto como esta. El electorado ha seguido fragmentándose: nunca había pasado que la formación más votada alcanzara justo un quinto del censo electoral. Hablar de partidos de masas, en estas condiciones, es confundir los deseos con la realidad; el Partido Socialdemócrata (SPD) y la Unión Cristianodemócrata (CDU) van camino de convertirse en partidos clientelares, como lo es el Partido Liberal (FDP). Está visto que ya no tienen ninguna oferta política que hacer para la población en general.

El SPD, por mucho que se las dé de vencedor en estas elecciones, sigue estancado  en el agujero electoral en que se hundió tras el periodo de Schröder [y la reforma laboral de tintes neoliberales que implantó]. La CDU, a su vez, es un montón de cascotes tras la retirada de la canciller que ha gobernado durante 16 años: todo un balance de esta señora a la que ahora tanto ensalzan.

Diversas crisis –financiera y del euro, debate sobre la acogida de personas refugiadas, turbulencias en la Unión Europea, desastre en Afganistán, crisis sanitaria, cambio climático y, por supuesto, la persistente desigualdad social– han quebrado la confianza en la clase política y mostrado que esta apenas tiene la capacidad de ofrecer respuestas perdurables a cuestiones existenciales. Perdurable quiere decir: que piense en las generaciones venideras, que haga de la justicia social el criterio decisivo de la política en el plano nacional y global.

Es muy posible que ahora se constituya una coalición tripartita, lo que también sería una novedad a escala federal, si bien tales coaliciones ya existen desde hace tiempo en varios Estados federados. Claro que está por ver si el SPD decidirá correr el riesgo absurdo de volver a gobernar una vez más en coalición con la CDU.

De todos modos, y por mucho que insista la propaganda interesada, el resultado de estas elecciones no representa un giro a la izquierda. En el decepcionado Partido Verde no hay mucha política de izquierda, y el SPD mantiene las puertas abiertas a diestro y siniestro. La formación situada más a la izquierda entre los partidos relevantes se halla en el bando perdedor; Die Linke ha obtenido el peor resultado de sus quince años de historia y se sitúa en niveles en los cuales se hallaba en su día su predecesor, el Partido del Socialismo Democrático (PDS), con mucho peso en la parte oriental de Alemania.

El hecho de que un SPD con uno de los protagonistas de la reforma laboral a la cabeza haya logrado marginar a Die Linke obliga a este partido a preguntarse cosas muy serias. Si basta con que la socialdemocracia entre un poquito en el carril de la izquierda para poner en peligro la existencia parlamentaria de Die Linke, es preciso hablar de ello: de la utilidad política propia que tiene este partido para el electorado, más allá de sus simpatizantes más cercanos y de si es algo más que un mero guardaflancos del SPD.

“Convertir el programa para las masas en un movimiento de masas es una tarea muy difícil en las semanas que quedan hasta las elecciones parlamentarias federales”, comentó nd tras el congreso de Die Linke en junio. Así ha sido, y ahora es necesario emprender un debate sobre los problemas que existen y sobre la relación del partido con su electorado. Porque con un resultado del 5 % se puede hablar de una graves crisis de relaciones. Die Linke necesita un chaparrón que limpie la atmósfera, un debate sobre contenidos, sobre su atractivo entre la gente joven y sobre el modo de tratar las discrepancias internas. Respuestas simples no habrá.

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