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Via Global Dialogue

Las manifestaciones bolsonaristas del 7 de septiembre colocaron de forma concreta el golpe contra las instituciones establecidas del Estado brasileño y las elecciones de 2022 como un proceso en marcha. Esto fue inmediatamente advertido por la oposición liberal, que hasta entonces se había negado a asumir la destitución y ahora se mueve en esa dirección. Las primeras reacciones de la izquierda reflejan los impases estratégicos que debemos discutir y superar, en particular el posicionamiento del ex presidente Lula sobre el impeachment y la unidad de la izquierda con la derecha anti-Bolsonaro para este fin. Si no se cortan estos dos nudos gordianos, la campaña de Fora Bolsonaro nunca podrá convertirse en un amplio movimiento cívico necesario para la defensa de la débil democracia brasileña, como lo fue el movimiento por la «Direta Já» en el desenlace de la lucha contra la dictadura militar en 1984.

1. El golpe como proceso. Las manifestaciones bolsonaristas del 7 de septiembre en Brasilia, São Paulo y Río y en pequeñas ciudades agrícolas demostraron que el ex capitán del ejército y actual presidente tiene capacidad para movilizar a un sector militante de extrema derecha, neofascista, minoritario pero importante en la sociedad brasileña. El gobierno de Bolsonaro aún cuenta con la aprobación del 24% de la población, y una parte de ella está dispuesta a movilizarse por las banderas antidemocráticas y reaccionarias del presidente, sus hijos y partidarios. Es la expresión de un movimiento conservador más amplio, arraigado en sectores del agronegocio, en el aparato de seguridad, en el fundamentalismo religioso (especialmente las iglesias neopentecostales, pero no apenas) y que cuenta con el apoyo mayoritario o la connivencia de la Cámara de Diputados (de la que el Centrão tiene el control).

2. La exasperación de las élites. La política de los sectores hegemónicos de las clases dominantes y de los partidos liberales vinculados al gran capital financiero globalizado, fue, hasta ahora, dejar que la crisis desangrara a Bolsonaro, mientras lo sometían a un creciente asedio político institucional -por parte de porciones del empresariado (el «mercado»), de la Corte Suprema y del Superior Tribunal Electoral, de los medios de comunicación, de porciones del legislativo (especialmente en el Senado) y de la mayoría de los gobernadores. Pero la sociedad brasileña entró, en 2020, en una fase de recesión, anomia y desgobierno muy desfavorable para el entorno empresarial de la gran burguesía. La crisis pandémica, que se aproxima a los 600.000 muertos oficiales, ha evolucionado hacia una crisis multiforme (más allá de la pandemia, sin resolver, la estanflación, el hambre, la desesperación y el ataque a los derechos de los más pobres y vulnerables, la crisis del agua y de la energía, el impacto en el país de la desorganización de las cadenas de producción mundiales…). Bolsonaro no es capaz de cumplir lo que prometió a su electorado más amplio y a la comunidad empresarial; Paulo Guedes se ha convertido en una figura patética. La amplia coalición burguesa que llevó a Bolsonaro al poder está destrozada y su popularidad se ha ido apagando poco a poco. Y, con la victoria de Biden, la política medioambiental de Bolsonaro y los militares, especialmente para la Amazonia, ha pasado a representar un riesgo importante para los mega exportadores brasileños que operan en los mercados de Estados Unidos y Europa.

3. La operación de rescate de emergencia. Cuando el proceso de tensión de Bolsonaro con el Poder Judicial, los medios de comunicación y las grandes empresas llegó a un punto de no retorno, el ex presidente Michel Temer, figura central del golpe contra Dilma, intervino el 8 de septiembre y orquestó una carta de retirada y disculpa de Bolsonaro, reconociendo la autoridad del STF. Por supuesto, esto no representa un retroceso en la estrategia golpista en curso, sino sólo la constatación de que la operación del 7 de septiembre había ido más allá de lo que era aceptable para los «mercados», los grandes medios de comunicación y el STF, operación de la que formaba parte la huelga de camioneros, que también tuvo que retroceder. Por ahora, se ha evitado un enfrentamiento definitivo, aunque sigue en el horizonte.

4. La oposición liberal sale a la calle. Los movimientos de derecha liberal Movimento Brasil Livre y Vem para a Rua convocaron este 12 de septiembre manifestaciones por Fora Bolsonaro en 18 capitales y en Brasilia -con tensiones entre ellos, con Vem para a Rua insistiendo en rechazar simultáneamente a Bolsonaro y a Lula. Atrajeron a sectores de la derecha no bolsonarista, del centro del espectro político e incluso de la izquierda, pero no rivalizaron ni con las manifestaciones convocadas por Bolsonaro ni con las que la izquierda convocó después de mayo; numéricamente fueron pequeñas. Sin embargo, su relevancia no está en la movilización callejera, sino en el peso que estos sectores pueden ofrecer en el terreno institucional. Nada menos que seis candidatos presidenciales asistieron a los actos: Ciro Gomes (PDT), João Dória (PSDB), Henrique Mandetta (DEM), Simone Tebet (MDB), Alessandro Vieira (Cidadania) y, en Porto Alegre, Eduardo Leite (PSDB). Este giro, sumado al peso institucional de la izquierda, empieza a hacer viable la disputa por el impeachment (que necesita 342 votos de 513 miembros de la Cámara Federal para aprobarlo -siendo que la izquierda tiene poco más de cien diputados).

5. La necesidad de un amplio movimiento cívico por el Fora Bolsonaro. Pero el impeachment o la inhabilitación de Bolsonaro, si cruza los límites trazados por el STF (lo que no se descarta -pero con la asesoría de Temer, puede ser más cauteloso), no se resuelve sólo en el Legislativo o en el Judicial. La campaña Fora Bolsonaro necesita transformarse en un amplio movimiento cívico en defensa de la débil democracia brasileña en las calles y en todos los ámbitos de la sociedad, como lo fue el movimiento «Direta Já» al final de la lucha contra la dictadura en 1984 (que, recordemos, fue derrotado, pero llevó a la transición a la Nueva República con la elección indirecta de la candidatura Tancredo-Sarney y el acuerdo para promover la Asamblea Constituyente).

Los dos nudos gordianos de la coyuntura

6. La izquierda no está unida en Fora Bolsonaro. Casi todo el activismo de la izquierda, el progresismo y la centroizquierda brasileña está convencido de la necesidad del impeachment de Bolsonaro. Pero hay un actor decisivo que no parece compartir esta convicción, el ex presidente petista. Lula parece preferir que Bolsonaro «se desangre» hasta las elecciones de octubre de 2022. A diferencia de gran parte de la izquierda, da muestras de no compartir la idea de que es un enorme riesgo incluso que las elecciones dejen a Bolsonaro operando en el gobierno. Si esta es realmente la política de Lula, significa que el conjunto del PT como máquina política, con sus gobernadores, alcaldes y miles de diputados y concejales, no se pondrá en marcha, así como los movimientos del campo petista, que tienen -de lejos- la mayor estructura material y capilaridad en toda la izquierda, tendrán una presencia protocolaria en el proceso. Sin que esta estructura se comprometa decididamente en una campaña más amplia de destitución, no será viable.

Este probable cálculo electoral de Lula no es asumido oficialmente por la bancada del PT, que firmó varios de los más de 130 pedidos de impeachment presentados en el Congreso y detenidos en los cajones de Arthur Lira, presidente de la Cámara y exponente del Centrão. Y no se expresó, al menos hasta el 7 de septiembre, en la acción decisiva de los movimientos populares del campo del PT, que codirigieron los actos antigubernamentales de julio y agosto. Ahora, después del 7 de septiembre, y con el llamado a las calles de los movimientos de derecha (que fueron golpistas), Lula y el PT se aprovechan de la desconfianza de la vanguardia en esta derecha liberal, para impedir que se materialice una unidad más amplia, un verdadero frente democrático para el impeachment.

7. ¿Quo vadis Lula? Quo vadis? significa «A dónde vas» en latín. Hace referencia a un pasaje del evangelio apócrifo «Hechos de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo», en el que Pedro, huyendo de Roma por la Vía Apia, se encuentra con Jesús cargando una cruz y le pregunta: ¿Quo vadis? Jesús responde: Romam vado iterum crucifigi («Voy a Roma para ser crucificado de nuevo»). Pedro encuentra entonces el valor de volver a Roma para continuar su ministerio, pero es crucificado. Tal vez sean dudas como las que hicieron que Pedro huyera de Roma las que están en la mente de Lula. Pero sean cuales sean sus preguntas sobre el impeachment, esta bandera central para la sociedad brasileña no avanzará si no la asume. Y eso hay que cobrárselo a él. ¿Permitirá que las elecciones del 2 de octubre de 2022 sean una repetición, esta vez quizás exitosa, de lo que Trump intentó en Estados Unidos el 6 de enero de 2021? Desempeñará un papel de estadista o dejará que Brasil se desmorone durante otros 16 meses -suponiendo que haya elecciones, Bolsonaro sea derrotado y el vencedor asuma el poder en enero de 2023?

8. Frente único como disputa. La Campaña Fora Bolsonaro está estructurada en torno al Frente Povo Sem Medo, liderado por el MTST, el Frente Brasil Popular, liderado por las organizaciones del campo petista, y la Coalición Negra por los Derechos. Representaría un gran frente único de la izquierda en su objetivo de llamar a la movilización callejera por el impeachment de Bolsonaro. Su polémica sería aparentemente con izquierdistas divisionistas. De hecho, está fuertemente estructurado -y a nivel nacional, en un país federal- en torno a movimientos organizados y, en la última década, estos movimientos han perdido fuerza, capacidad de incidencia y capilaridad.

Sin embargo, una campaña destinada a influir en el ánimo y la conciencia de gran parte de la población para derrocar al presidente elegido en 2018 debería estar fuertemente descentralizada, capilarizada y organizada desde la base (como lo fue la Campaña contra el ALCA en 2001 y 2002). Pero esta jerarquización refleja el gran retroceso en la comprensión de la democracia de masas de la izquierda brasileña en las últimas décadas, y es ingenuo pensar que estos liderazgos se volverán más democráticos, dialogantes y transparentes sin una explosión popular en el país.

Por otro lado, y aquí está la espada capaz de cortar el primer nudo gordiano, ¿por qué los movimientos y las calles no exigen el compromiso efectivo de Lula y de la estructura más amplia del PT en la lucha por el impeachment? Recordemos que el concepto de frente único fue formulado por la Tercera Internacional, entre 1921 y 1922, como una táctica de disputa por la dirección del movimiento contra las direcciones conciliadoras. Reducir la idea de un frente unido a acuerdos entre direcciones para una acción unitaria es vaciarla del 90% de su significado. Es necesario exigir que la izquierda institucional salga a la calle y ponga la unidad para derrotar a Bolsonaro por encima de cualquier diferencia entre Lula y otros líderes y candidatos. Es necesario sacar al PT y a los petistas de la cómoda posición de afirmar que están a favor del impeachment, cuando lo que vienen haciendo últimamente es surfear electoralmente sobre el desgaste del gobierno. Es necesario que los que se niegan a avanzar para ampliar el movimiento por el impeachment paguen un alto precio frente a la vanguardia de los trabajadores y el pueblo.

9. Unidad de acción con el centro y la derecha liberal. El segundo nudo a desatar es constituir un amplio frente democrático capaz de incorporar a todos los sectores que puedan comprometerse en presiones y movilizaciones para expulsar a Bolsonaro, sin más consideraciones que el apoyo al voto del impeachment. En las polarizaciones políticas de la última década se perdió la idea de que un movimiento cívico esencial para el país puede (y debe) poner en la misma plataforma a fuerzas políticas con proyectos muy enfrentados. El mejor ejemplo de ello es la Campaña por “Diretas Já”. Para que un acto de un millón de personas se realizara en la Candelária, en Río de Janeiro, el 10 de abril de 1984, y otro de un millón y medio se realizara en Anhangabaú, en São Paulo, el 16 de abril de 1984, un proceso unitario fue deflagrado por el acto inicial de 15 mil personas en São Paulo, en la plaza Charles Miller, el 27 de noviembre de 1983. Decenas de actos, conciertos y protestas, grandes y pequeños, se celebraron en diferentes fechas en las principales ciudades del país, creando la sensación de un proceso de bola de nieve, en el que participaron desde gobernantes hasta artistas, pasando por líderes sindicales y futbolistas. A ningún dirigente político de la oposición se le ocurrió quedarse fuera del proceso y nadie fue capaz de decir que no se subiría a la plataforma con fulano o mengano. El proceso de Fora Bolsonaro sólo tendrá éxito si abarca a Lula, Doria, Ciro Gomes y Kim Kataguiri.

10. Tiempo y contagio electoral. El tiempo es la clave para capitalizar la ventana abierta en la coyuntura, en cualquiera de las formas posibles: impugnación -en el mejor de los casos-, anulación de la candidatura, inhabilitación. Si el proceso de movilización no cobra impulso en las próximas semanas, para culminar este año, simplemente no despegará. Los movimientos ya están contaminados por las disputas electorales (como muestran las acciones de Vem para a Rua, contra Lula, el 12 de septiembre) y esto ya es un problema esencial para involucrar al PT y a Lula. Pero sin esto, la elección de 2022 será una montaña rusa de posibilidades y aventuras al borde del abismo – para las fuerzas políticas democráticas y para la sociedad brasileña.

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