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Via El Espectador

Como defensores y defensoras de la vida y el territorio, la Guardia Indígena del Putumayo se organizó desde que llegó la pandemia a Colombia para frenar el paso del coronavirus a sus comunidades. Durante meses cuidaron de sus territorios, resguardos, mayoras y mayores, guardianes de las costumbres y conocimientos ancestrales, para prevenir las amenazas de una enfermedad que podría acabar con ellos.

Hace algunas semanas estuve recorriendo los resguardos de varias comunidades indígenas del Putumayo con un grupo de personas de Bogotá. En los siete días de caminata, una de las cosas que más me impresionó fue la organización y el trabajo de la Guardia Indígena. Eran los primeros en llegar y los últimos en irse. Se encargaban de todo. De cuidar a los foráneos, proteger a las comunidades y al territorio.

Segundos antes de caer al piso por cualquier mala pisada -a causa de la poca experiencia para caminar entre montañas y selva- aparecía el brazo de alguno de ellos para sostenernos. Iban adelante arreglando el camino en los lugares difíciles, y de últimos previniendo que alguien se perdiera. Repartían agua y alimentos, se encargaban de los protocolos de desinfección, se aseguraban de que todos estuviéramos bien, nos ayudaban con el equipaje extra y, en algún paso de un río, cargaron a más de uno que no quiso mojarse las medias. Caminaban rápido, pero con firmeza, conocían sus tierras.

Contaban que, desde la avalancha de Mocoa, causada por las fuertes lluvias y el desbordamiento de varios ríos entre la noche del 31 de marzo y la madrugada del 1 de abril de 2017, no habían tenido que convocar masivamente a sus integrantes a una reunión de urgencia. “En ese momento brindamos primeros auxilios, nos encargamos del rescate de cuerpos y de la reubicación de quienes quedaron en riesgo. Nuestra sede se convirtió en un albergue temporal, donde llegamos a atender hasta a 800 personas damnificadas. También en bodega para recibir ayudas y donaciones, y en cocina comunitaria”, recuerda Luis Jansasoy, coordinador de los Cuidadores de la Madre Tierra, Guardia Indígena del departamento del Putumayo.

El 6 de marzo de 2020, cuando se confirmó el primer caso de coronavirus en el país, el llamado de emergencia para convocarlos llegó una vez más, pero ahora ante una enfermedad completamente desconocida. Recurrieron a sus tradiciones, organización, disciplina, resistencia y medicina tradicional para hacerle frente a uno de los virus más extraños que ha afectado al planeta. Con su bastón, su pañoleta y nuevos accesorios de bioseguridad como el tapabocas, sin esperar a que llegara la ayuda prometida por el Gobierno nacional (que nunca vieron), decidieron tomar sus propias medias para protegerse. “Además de la prevención de desastres, pasamos a ayudar en la prevención de contagios COVID-19. Trabajamos para que el virus no entrara tan pronto a nuestro departamento y nuestras comunidades”, explica Jansasoy.

“Nos organizamos para proteger al departamento. No solo a los pueblos indígenas, sino a todas las personas del pueblo y campesinos, porque habíamos mirado siempre en el noticiero que la pandemia era un asunto muy delicado”, dice Jaime Jojoa, gobernador del resguardo Inga Calentura, en Puerto Guzmán, quien estuvo apoyando el proceso desde el municipio de Villagarzón. Como ellos, miles de guardias indígenas de todo el país, desde la Guajira hasta el Amazonas, se pusieron en primera fila para proteger sus territorios durante día y noche.

Entre la cordillera de los Andes y el comienzo de la selva amazónica se encuentra el Valle de Sibundoy, la capital cultural del Putumayo, cuna de los indígenas Inga y Kamëntsa, y uno de los territorios fronterizos entre el Amazonas y el interior del país. Llegar hasta allí puede ser una de las hazañas más difíciles, incluso, para los conductores más experimentados. El único camino posible es a través del “trampolín de la muerte”, una de las carreteras más peligrosas de Colombia. Kilómetros de curvas en una trocha de solo tres metros de ancho, con rocas, abismos y niebla densa, constantes deslizamientos y lluvias, por la que pasan vehículos, buses y camiones en ambos sentidos.

Se trata de la única vía que comunica a Nariño y el Putumayo, y es necesaria para el abastecimiento de los dos departamentos. Aunque es un territorio de difícil acceso, hasta allí llegó el coronavirus, mejor conocido como bacna tsoca por los Kamëntsa e Inga que, milenariamente, habitan este territorio.

“El bacna tsoca ha sido un reto grandísimo. No solamente para nuestras comunidades, sino para todo el mundo”, señala Sirley Jacanamejoy, mujer Kamëntsa, y Guardia indígena. “Habernos encontrado con ella, una enfermedad tan grande y tan peligrosa, hizo que nos sentáramos a pensar qué íbamos a hacer para mitigar, defender y cuidarnos”. Al inicio de la pandemia, el departamento del Putumayo tenía solo 10 camas UCI para más de 340 mil habitantes.

“Cuando inició la pandemia aparecía en todos los noticieros que había llegado un virus mortal que iba a acabar con todas las comunidades. Y, hacia el bajo Putumayo, llegaba gente de Bogotá, de Pitalito, de Neiva, de todos lados”, cuenta Luisa Chindoy, también Kamëntsa. “Lo miramos como algo aterrador para dentro del territorio, una amenaza que de repente se disparó y fue tan letal que empezamos a preguntarnos, ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a trabajar desde lo físico y lo espiritual para enfrentarlo?”.

Uno de los primeros pasos fue recordar el camino andado por sus ancestros. “Gracias a todo el proceso histórico organizativo que han hecho nuestros mayores Ingas y Kamentsá es que nos hemos podido organizar aquí en el Valle de Sibundoy”, asegura Sirley. “Nuestros mayores lucharon por defender este territorio, resistieron a la evangelización y a la colonización, y todo eso hace que nosotros queramos ahora seguir esas semillas que han dejado para defender la tierra, la vida y la existencia de este territorio”, señala. “Con varios jóvenes, en su mayoría mujeres, decidimos continuar con este proceso bonito de resguardar, porque entendimos su importancia. Y al ver la amenaza que de repente se disparó y que podía ser tan letal para la comunidad decidimos empezar a trabajar desde la parte espiritual y en las calles”, agrega Luisa Chindoy.

El siguiente paso fue controlar el ingreso a sus comunidades. Cargados de leña, eucaliptos, plantas medicinales, y acompañados de su vestuario, su bastón y su pañoleta, además de algunos elementos de autocuidado y bioseguridad, las y los Inyenëng Wasikamas (guardias indígenas Kamëntsa e Inga) se ubicaron desde el 25 de marzo de 2020 en varios puestos del control de su territorio. El objetivo era hacer cordones de protección que les permitieran salvaguardar la vida de quienes vivían en el departamento del Putumayo.

Se convirtieron en voluntarios durante día y noche, por más de dos meses, en varios puntos de control como el Cascajo (vía nacional del alto Putumayo), Chorlaví, puente del río Caquetá, Santiago, Puente Internacional en Santana y Puerto Asís. Vigilaron la entrada y la salida de vehículos, se encargaron de la desinfección y combinaron las limpiezas físicas con unas que practican desde antes: las limpiezas espirituales tradicionales con sahumerio. Permitieron el ingreso únicamente para vehículos que transportaran alimentos, productos de primera necesidad y ambulancias. Se enfrentaron a los gobiernos locales, departamentales y nacionales porque entendieron que la lucha contra el COVID-19 en un contexto como este solo podía depender de ellos mismos.

“Tomar la decisión de ir a la vía nacional fue una experiencia bien importante, tanto para mí como para todas las mujeres y los compañeros que estuvieron ahí trasnochándose, mojándose, aprendiendo. Fue algo que dijimos ‘salgamos y hagámoslo’ porque estábamos muy preocupados con la situación”, dice Sirley Jacanamejoy. “Era gran cantidad de camiones los que estaban entrando. Entraba mucha gente, porque el territorio era como un refugio. Así que dijimos: paremos esto, hasta aquí nadie va a pasar”, agrega Luisa Chindoy.

Una de las jóvenes wasikama (guardia indígena en su lengua materna) que apoyó durante dos meses en estos puestos de control fue Sandra Tiandoy, del pueblo Inga. “Al principio teníamos muchos nervios de saber que nos podíamos contagiar, y no sabíamos cómo iban a reaccionar las personas al vernos ahí. Fue una experiencia dura, pero el cuidar a nuestros abuelos, sus historias, nuestras comunidades y territorio era lo que nos motivaba”, cuenta. “Con otra compañera doblábamos a veces turnos, estábamos de día y en la noche, y aguantábamos a veces frío, el sol, la lluvia… pero siempre estuvimos ahí apoyando el proceso”.

La alimentación, dice, fue una de las cosas más difíciles durante las cuarentenas, no solo para su comunidad, sino también para quienes vivían en el pueblo. Por eso, como guardias, idearon un “trueque por la vida” para que nadie en la ciudad ni en el campo pasara hambre. Tomaron lo que producían en las chagras de su comunidad y lo llevaron hasta el pueblo, donde lo intercambiaron por alimentos de la canasta familiar como sal, panela, aceite o arroz. Se repartieron en varios grupos y, mientras unos eran los encargados de recorrer el territorio para recoger alimentos y medicina, otros iban haciendo pedagogía y dando información, y otros más permanecían en los puestos de control.

“Nuestra inspiración es la madre tierra”, señala Luisa Chindoy. “Ella nos cobija todos los días. Nos da agua, oxígeno, viento, calor, lluvia, alimento, todo. Así mismo somos las mujeres, dadoras de vida. Ese dar vida está también en el compartir”, insiste.

A la resistencia física se le sumó el fortalecimiento espiritual, ese que les ha permitido superar históricamente diversas amenazas. Los taitas, sabedores y médicos tradicionales realizaron armonizaciones espirituales y acompañamientos en los puntos de control “como una manera de armonizar el espíritu para resistir y existir milenariamente”, señalan. Todo esto les permitió resistir mucho más de lo que tenían planeado en las calles. Fueron por una semana y permanecieron más de dos meses.

“Yo sí creo que con el trabajo que nosotros hicimos no se contagió tan rápido el departamento del Putumayo. Pero cuando ya salimos de los puestos de control, y cada uno volvió a su resguardo porque no recibimos ese apoyo que necesitábamos de las autoridades no indígenas, ahí fue cuando llegó la pandemia a la capital del Putumayo”, asegura Jaime Jojoy.

La estigmatización, la falta de reconocimiento y el incumplimiento por parte del Gobierno con los implementos de seguridad llevaron al grupo de jóvenes guardianes a cambiar la estrategia de cuidado: la minga de protección se haría ahora desde casa, desde las comunidades, y los controles fronterizos serían levantados. Sin embargo, dejan algo claro: “No queremos que esta pandemia permita que avancen otras amenazas históricas mientras que a los mayores y a la comunidad nos dicen: quédese en casa, no salga, cuídese. Queremos saber qué está pasando con el territorio”, asegura Sirley. “Aquí todavía hay racismo, aquí todavía hay que fortalecer y unir a nuestra comunidad, y en esos retos a nivel organizativo, y defendiendo nuestra autonomía como pueblos indígenas, es que seguiremos trabajando de ahora en adelante”.

La Guardia Indígena, que ha cuidado con dignidad los territorios de este país abandonados por la institucionalidad, se ha convertido en un sistema de protección que cada vez está más organizado y al que se suman más pueblos, mujeres y hombres, jóvenes y mayores, respetuosos de su tradición milenaria, que buscan promover la justicia propia y el respeto por su territorio.

“Poco a poco nos hemos venido multiplicando”, señala el coordinador de la guardia del Putumayo, Luis Jansasoy. “Hoy, como cuidadores de la madre tierra, ya tenemos una formación, un símbolo, cargamos un bastón que es símbolo de vida y de resistencia milenaria”. “Esta guardia que ha nacido y que ha empezado a hacer presencia en el territorio es muy completa. Porque sabemos de primeros auxilios, rescate en selva, rescate acuático, justicia y gobierno propio, y a su vez hace acompañamiento a los cabildos, resguardos y todas las comunidades”, dice el guardia Rusbel Falla.

Para Vanessa Torres, subdirectora de la ONG Ambiente y Sociedad, “la guardia indígena ha asumido el rol de protección de los pueblos éticos y también de quienes visitamos sus territorios, nos han acogido con todo el cariño y la dignidad que su bastón de mando les otorga. Tener la oportunidad de compartir con un hombre o mujer de la guardia es sinónimo de aprendizaje y seguridad”, señala.

De igual forma, asegura que quienes habitamos las ciudades tenemos el compromiso de acercarnos más a estas formas de lucha, que si bien se consolidaron como mecanismo de defensa en el marco del conflicto armado, representan la lucha de los pueblos indígenas de Colombia. “Es nuestra responsabilidad informarnos y respaldar a estos defensores del ambiente y de la vida quienes recorren el territorio nacional con la sabiduría que sus pueblos les otorgan”, concluye.

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