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Via Viento Sur

La Revolución de Octubre creó las condiciones necesarias para que la clase obrera tomara el poder en lo que se convirtió en la Rusia soviética. Sin embargo, antes de que pudiera consolidar el poder que había alcanzado, la clase obrera fue perdiendo el poder. El hecho de que la primera revolución obrera victoriosa del mundo tuviera lugar en un país menos desarrollado y permaneciera aislada -es decir, en contra de las expectativas de sus dirigentes y participantes, no fue seguida por revoluciones victoriosas en los países altamente desarrollados que podrían haber «tomado el relevo» de la Rusia soviética- fue un factor determinante. La gravísima crisis socioeconómica que condujo a la revolución, provocada por la guerra mundial, se vio muy agravada por la guerra civil.

La clase obrera era reducida en Rusia, y el proletariado industrial era minoritario dentro de ella, pero estaba muy concentrado. Sus filas se duplicaron temporalmente durante la Guerra Mundial; después, a partir de mediados de 1918, se redujeron, volviendo al nivel de antes de la guerra, y durante los cuatro años siguientes continuaron reduciéndose. Durante la guerra civil, muchos obreros industriales se alistaron en el Ejército Rojo y murieron, muchos fueron a trabajar en el aparato del partido y del Estado, y muchos otros se dispersaron en una búsqueda desesperada por sobrevivir, principalmente en el campo, pero también en el mercado negro.

En una discusión entre historiadores, Sheila Fitzpatrick escribió que al final de la guerra civil el número de trabajadores industriales se había dividido por tres, alcanzando sólo un millón. «En el transcurso de la guerra civil, tal vez un millón de obreros se transformaron en campesinos, refutando la noción de madurez de la clase obrera planteada por los bolcheviques». Ronald Suny respondió: «¿Debe entenderse tan categóricamente ese movimiento de la ciudad al campo, de la fábrica a la granja, como el paso de una clase a otra, sin tener en cuenta la experiencia que esos hombres y mujeres proletarizados se llevaron consigo?» [1]Ambos plantearon mal la cuestión. En su mayoría, los que se fueron al campo sólo llegaron a trabajar en la industria durante la Guerra Mundial.

Yuri Larin, uno de los principales administradores de la economía del comunismo de guerra, escribió, basñandose en los datos de principios de 1920: la modificación general del proletariado industrial «se debe a que su número se ha reducido a una cuarta parte en comparación con el período de paz, principalmente por la reducción de la industria textil y de los trabajadores no cualificados en otras ramas, si bien el núcleo del proletariado cualificado no sufrió grandes variaciones. En lo que respecta al elemento esencial de la producción -la fuerza humana cualitativamente preparada- estamos ante un organismo que se redujo, pero que no se destruyó» [2]. Continuó disminuyendo hasta finales de 1921 y, finalmente, en comparación con el período de preguerra -es este período el que hay que tener en cuenta para las comparaciones, no el período de guerra- el número de trabajadores industriales se redujo a más de la mitad.

Una fractura irreversible del Estado obrero

Fue entonces cuando estalló una crisis abierta en la relación entre el partido bolchevique y el poder soviético, por un lado, y la clase obrera -la que sobrevivía como clase-, por otro. Sus causas y, sobre todo, su impulso, su carácter dramático y sus graves consecuencias sólo pueden comprenderse plenamente hoy en día, a la luz de las fuentes no disponibles antes del colapso de la URSS y del trabajo de los historiadores que se basan en ellas.

Sergei Pavliushenkov señala: «La historia de la guerra civil muestra que, tras enfrentarse brevemente a la contrarrevolución burguesa-latifundista, los campesinos tomaron una decisión totalmente inequívoca a favor del Estado soviético. Esto ocurrió finalmente a finales de 1919. «Millones de campesinos aseguraron la victoria de los bolcheviques en la guerra civil, pero pronto quedó claro que los bolcheviques habían sobrestimado el grado de su apoyo. La alianza militar no se convirtió en una alianza económica, y la culpa no fue del campesinado» [3]. La alianza económica era imposible sin que el Estado abandonara la dura dictadura del abastecimiento ejercida sobre el campesinado, sin sustituir la requisición de cereales, que era una de las bases del comunismo de guerra [4], por un impuesto en especie mucho menor y el restablecimiento del intercambio de mercado. Ya en marzo de 1920, León Trotsky abogó por un cambio de este tipo, pero en ese momento Lenin reaccionó con hostilidad, acusándolo, nada menos, que de abogar por el libre comercio [5].

El retraso en el abandono del comunismo de guerra -un año entero- tuvo consecuencias desastrosas porque, agotadas por las requisas, las masas campesinas se volvieron contra su aliado. Además, había una fuerte división entre la base y la cúpula en el propio partido. Ya en el verano de 1920, Yevgeny Preobrazhensky, entonces secretario del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia (PC(b)R), alertó a Lenin y a la dirección del partido sobre la insurrección antibolchevique que una división de caballería del Ejército Rojo dirigida por Alexander Sapojkov había desatado en la provincia [gubernia] de Samara. «La abrumadora mayoría de los líderes del levantamiento son comunistas», escribió. «Aparte de las consignas kulak y antisemitas, el levantamiento de Sapojkov plantea las mismas reivindicaciones que unen a las llamadas bases de nuestro partido en la lucha contra las cúpulas en innumerables conferencias y en casi todas las organizaciones del PC(b)R («abajo los pseudocomunistas aburguesados -generales, esbirros, burócratas del partido-«, «abajo la casta privilegiada de la cúpula comunista»). Se puede decir que estas consignas gozan de la simpatía de una gran parte de los miembros de base de nuestro partido y que la división en nuestras filas en este sentido crece cada día. En el mismo Moscú, entre los comunistas que trabajan sobre el terreno, el término Kremliners se pronuncia con hostilidad y desprecio» [6].

Esta opinión era exagerada. El líder menchevique Yuli Martov emigró de Rusia en otoño de 1920. Escribió a su camarada Pavel Axelrod que el apoyo a los bolcheviques entre el proletariado seguía siendo mucho mayor de lo que pensaban los mencheviques emigrados: «Apenas puedes imaginar cómo recientemente (antes de mi partida) entre la considerable masa de trabajadoras moscovitas de las fábricas y talleres artesanales había un verdadero fanatismo bolchevique combinado con la adoración de Lenin y Trotsky y un odio terrorista hacia nosotros. (…) Por lo tanto, las palabras que se encuentran a menudo en las cartas de estos trabajadores publicadas en Pravda no son un tópico: «Sólo después de la Revolución de Octubre pudimos los trabajadores ver el mundo». A pesar de las decepciones posteriores, estas mujeres siguen teniendo la fuerte impresión de la luna de miel bolchevique. Por la misma razón, la juventud obrera principiante está con los bolcheviques» [7].

En muchas regiones, los campesinos declararon la guerra a los dirigentes bolcheviques [8] a la que no se podía hacer frente con medios militares, sobre todo porque el Ejército Rojo estaba compuesto principalmente por campesinos. «A principios de 1921, los ánimos en el ejército se fundieron con los de la población rural de Rusia. Durante un tiempo, los bolcheviques habían perdido el ejército» [9], aunque contaban con un aliado importante, pero en gran medida subestimado, en el campo: la juventud hostil al patriarcado que se unió al Komsomol [10]. Con el cuchillo literalmente en la garganta, sofocaron la guerra de los campesinos con un giro brusco y desesperado del comunismo de guerra a la Nueva Política Económica (NEP). Pero antes de que esto ocurriera, el 10º Congreso del PC(b)R, que adoptó el cambio a la NEP en marzo de 1921, coincidió con el motín antibolchevique de los marineros de la Flota del Báltico en la estratégicamente importante fortaleza de Kronstadt, que defendía el acceso por mar a la cercana Petrogrado.

Esta revuelta estaba vinculada a un acontecimiento desconocido pero políticamente muy importante, que fue revelado por Pavliushenkov como resultado de su investigación en los archivos postsoviéticos. Durante una acalorada discusión sobre los sindicatos que tuvo lugar antes del X Congreso en la cúpula del partido, Lenin, que junto con Grigori Zinóviev encabezaba la llamada facción de los Diez, atacó duramente a Trotsky. El prestigio de Trotsky tras la victoria del Ejército Rojo en la guerra civil fue tan grande que en la sociedad y en el propio partido, que éste empezó a llamarse el partido de Lenin y Trotsky. En el curso de su conflicto con Lenin sobre el papel y las tareas de los sindicatos, Trotsky «comenzó a apoyar activamente la idea de la democracia obrera» [11], señala Pavliushenkov. La táctica de la lucha fraccional de Lenin contra Trotsky fue apartar a los militantes cercanos a él de los puestos de dirección del partido y del Estado. Esto es lo que se hizo en Kronstadt [12].

Gobernando en Petrogrado, «los zinovievistas, con el pleno apoyo de las células comunistas de la Flota del Báltico, aplastaron literalmente los órganos de mando y políticos de la flota» y, en particular, destituyeron de sus puestos de dirección a Fiódor Raskólnikov y a Ernest Batis, que se habían puesto puesto «del lado de Trotsky, lo que tuvo como efecto la intensificación de los sentimientos de oposición y anarquía entre los marineros y acabó provocando el famoso motín». Los partidarios de Trotsky acusaron a los partidarios de los Diez de revivir el «comiterismo» en la flota. La comisión investigadora de la Cheka constató que «un papel importante en el desarrollo de los acontecimientos», es decir, en lo que condujo al motín, «lo desempeñó la increíble confusión» que, tras la eliminación del mando anterior, reinaba «entre los dirigentes de la organización [del partido] de Kronstadt y los comisarios de la Flota del Báltico y de la fortaleza de Kronstadt». Según Pavliushenkov, «no será exagerado decir que Zinóviev manipuló Kronstadt con sus propias manos» [13].

Al mismo tiempo, «la crisis de los carburantes, que se desarrolló con una fuerza increíble, echó por tierra los programas de reconstrucción de las industrias metalúrgica y textil». La causa es sobre todo la «estructura organizativa defectuosa» del sistema de gestión, que «era un residuo» de la economía del comunismo de guerra [14]. En Petrogrado se cerraron decenas y quizás hasta un centenar de fábricas, entre ellas gigantes como Pulev, y estallaron huelgas obreras, pero no se unieron a la revuelta de Kronstadt. Una amplia y minuciosa investigación llevada a cabo tras la apertura de los archivos por Sergei Yarov muestra que la revuelta tuvo poco apoyo entre los trabajadores de Petrogrado y que prevalecieron sentimientos que iban desde la indiferencia hasta la hostilidad, mientras que su aplastamiento fue abrumadoramente acogido por los trabajadores [15].

El poder en la ciudad ya estaba en manos de la burocracia obrera que se estaba formando rápidamente. La mitad de los miembros de la organización municipal del partido bolchevique eran de origen obrero, pero menos de una sexta parte seguía trabajando como obreros, y entre los delegados al consejo de Petrogrado los primeros constituían la mayoría, mientras que los segundos eran menos de una décima parte. Moisei Kharitonov, miembro del comité municipal del PC(b)R, dijo que los trabajadores originales «se convirtieron en malos funcionarios y burócratas soviéticos, a menudo abusando de su poder y posición no menos (o no mejor) de lo que lo hicieron los antiguos funcionarios y burócratas zaristas» [16]. Aunque Lenin admitió que «nuestro Estado es un Estado obrero con una deformación burocrática» [17], no desarrolló ni reforzó esta tesis, que obviamente fue formulada ad hoc en su polémica con Trotsky.

Alexander Shliapnikov, activista bolchevique con 20 años de experiencia en el partido, líder de los bolcheviques de Petrogrado durante la Revolución de Febrero y presidente del Sindicato de Metalúrgicos, que desempeñó un papel importante en la revolución y la creación del Estado soviético, tenía años de experiencia trabajando en fábricas de Europa Occidental y en organizaciones sindicales de varios países. Impulsó la reconstrucción del movimiento sindical ruso siguiendo el modelo del sindicato metalúrgico, sustituyendo los tradicionales sindicatos artesanales por modernos sindicatos industriales, llamados en Rusia sindicatos de producción. Su pensamiento, muy independiente y al mismo tiempo teóricamente bien fundamentado, se articuló entonces obstinadamente en torno a cuatro ideas entrelazadas.

En primer lugar, estaba convencido de que para que el poder fuera obrero, debía ser ejercido por la clase obrera y no por el partido bolchevique en su lugar; debía ser una democracia obrera y no una dictadura del partido. En segundo lugar, que esta clase no ejercería el poder político, o lo conservaría, si no se hacía con el poder económico en la industria nacionalizada, si este poder recaía, por tanto, en «aparatos soviéticos, desvinculados de la actividad económica y productiva inmediata y viva y, además, mixtos desde el punto de vista de su composición social» y no en «órganos de clase desde el punto de vista de su composición, vinculados a la producción directamente, de forma viva, es decir, a los sindicatos» [18]. En tercer lugar, que los «especialistas burgueses» en la industria -donde los trabajadores tienen un conocimiento considerable de los procesos de producción eran indispensables, pero no en la misma medida que los «especialistas burgueses» en el ejército, donde las masas de soldados conscriptos no tienen ninguna idea del arte de la guerra. En cuarto lugar, que sólo la autoorganización de los trabajadores permitiría a los productores inmediatos subyugar los procesos de trabajo y las fuerzas productivas heredadas del capitalismo y, mediante la autoactividad y la autoiniciativa colectivas, transformarlos y desarrollar otros nuevos para que se conviertan en la base material de la construcción de una sociedad sin clases [19].

En marzo de 1919, Lenin aseguró en el VIII Congreso del PC(b)R que «hemos pasado del control obrero a la gestión obrera de la industria, o al menos estamos muy cerca de ello» [20]. Esto podía ser evidente, ya que «durante todos los años del comunismo de guerra, el poder real en las empresas pertenecía a los sindicatos y a los comités de fábrica» y «las empresas eran gestionadas por colegios con mayoría obrera o por directores obreros, designados por los sindicatos y nombrados obligatoriamente a partir de estas indicaciones por los consejos regionales de la economía nacional» [21]. El VIII Congreso adoptó un programa del partido que decía: «Los sindicatos deben lograr la concentración efectiva en sus manos de la gestión de toda la economía nacional como un único organismo económico» [22]. Esta idea proviene del propio Lenin, pero no se sabe de dónde la sacó, ya que su origen se encuentra en el sindicalismo revolucionario, que le era ajeno [23]. No suscitó ninguna oposición en el Congreso [24].

A Shliapnikov le cayó del cielo, por lo que comenzó a difundirla y desarrollarla intensamente. Lo expresaba así: el partido bolchevique debía ser «la dirección política de las masas obreras y campesinas en la lucha revolucionaria y en la construcción» de la nueva sociedad, los consejos debían ser la única forma de poder político y los sindicatos el único organizador responsable de la economía nacional y una escuela de gestión económica para los trabajadores [25]. Muy pronto, la dirección del partido empezó a acusarle de ceder a las «tendencias sindicalistas».

En el siguiente congreso, el 9 de marzo de 1920, el miembro del Politburó Lev Kámenev, hablando de Shliapnikov, declaró sin rodeos que «si el movimiento sindical manifiesta tendencias sindicalistas, los camaradas que las cumplen deben ser expulsados del movimiento sindical» [26]. Era obvio que lo que se había escrito en el programa un año antes sobre el papel de los sindicatos en la gestión de la economía estaba ahora avergonzando a los dirigentes del partido. Al no saber cómo salir del paso, cubrieron su vergüenza con ataques a las tendencias sindicalistas y a Shliapnikov. Le acusaron de olvidar que «vamos en la dirección de la estatalización de los sindicatos» [27], aunque esto no se decía en el programa. Shliapnikov no pudo defenderse, porque no participó en el congreso -había sido enviado a una misión en el extranjero, lo que Lenin explicó al congreso [28].

Antes del 10º Congreso, durante el debate sobre los sindicatos, Shliapnikov y el metalúrgico Sergei Medvedev, a los que se unió la feminista Alexandra Kollontai, formaron una facción con los principales líderes de los sindicatos de rama de los metalúrgicos, los trabajadores textiles y los mineros, llamada Oposición Obrera. Gozaba de un amplio apoyo entre los obreros bolcheviques, que estaban cada vez más convencidos de que las prácticas militaristas que se habían generalizado durante la guerra civil estaban ahogando la democracia obrera en el partido y el Estado y que el partido, abrumado por elementos pequeñoburgueses, se estaba convirtiendo en un organismo ajeno a su clase. En varios centros industriales provinciales, la Oposición Obrera asumió la dirección de las organizaciones del partido o luchó por ella. Incluso en Moscú, donde contaba con el apoyo de más del 20% de los delegados a la conferencia provincial del partido, hacía una crítica tan abierta que Lenin veía en ella una dinámica de escisión [29].

Alejándose del comunismo de guerra, la Oposición Obrera pretendía, escribe Tatiana Sandou, «fortalecer la democracia dentro del partido, debilitar los métodos de trabajo administrativos y autoritarios y organizar la economía sobre la base de la autogestión de los trabajadores bajo la dirección de los sindicatos» [30]. Basándose en los principios de la economía planificada y del centralismo obrero, y actuando en la perspectiva inherente a la industrialización, elaboró un proyecto de sistema de autogestión obrera, desde el nivel de la fábrica -donde la empresa debía ser dirigida por un comité obrero elegido democráticamente-, pasando por el sector, hasta el nivel nacional. Este sistema debía integrarse en el sistema de organizaciones sindicales, de ahí su vertiente sindicalista, de ahí también sus incoherencias y contradicciones internas [31]. Esta claro que los sindicatos debían desempeñar un papel fundamental en la construcción de un sistema de autogestión de los trabajadores. Pero pretender que los sindicatos se fusionen con este sistema era otra cosa. Sin embargo, no era un proyecto cerrado e inmutable.

Lenin acusó a Shliapnikov y a la Oposición Obrera de «desviación evidente del partido, del comunismo» y proclamó: «La desviación sindicalista debe ser curada, y lo será» [32]. Si, como en Marx, la dictadura del proletariado no es más que un sinónimo de poder obrero [33], entonces sólo en las visiones metafísicas se puede curar de las desviaciones sindicalistas y otras tendencias históricas del movimiento obrero. Lenin actuó como si todavía no viera que él mismo había instalado tal desviación en el programa de su partido.

Antes y durante el X Congreso, Shliapnikov emprendió una lucha cuya agudeza refleja la profundidad de la crisis sociopolítica. Escribió que «el partido, como colectivo dirigente y creativo, se ha transformado en una pesada máquina burocrática» y que «el Estado soviético, en lugar de tender a una forma de organización obrera global y completa, se está transformando en un Estado gestionado por la burocracia y, de hecho, excluye la participación masiva de las organizaciones obreras en su gestión» [34]. No dudó en entrar en conflictos cada vez más agudos con Lenin. «La esencia del conflicto», explicaba, «consiste en saber de qué manera nuestro Partido Comunista conducirá su política económica en el período de transición en el que nos encontramos: por medio de las masas trabajadoras organizadas en sindicatos o por encima de ellas, por la vía burocrática, a través de funcionarios y especialistas canonizados» [35].

El principal enfrentamiento tuvo lugar en el congreso. El representante de la Oposición Obrera, Yuri Milonov, criticó la «casta» que estava en la dirección del partido con Lenin, profesando «la primacía de los métodos autoritarios de la dirección central sobre el método de la autoactividad de las masas» y sugiriendo que no se podía confiar en la clase obrera. A los ojos de Lenin y de esta «casta», dijo Milonov, «estamos en el precipicio: entre la clase obrera, infectada de prejuicios pequeñoburgueses, y el campesinado, que es por naturaleza pequeñoburgués». Milonov se preguntó retóricamente si los dirigentes a los que criticaba no pensaban que «debíamos confiar únicamente en la capa de funcionarios del Soviet y del partido» (Soviet significa Estado). Dijo: «Nuestro partido deja de ser un partido obrero» [36]. En su vehemente contraataque, Lenin asoció a la Oposición Obrera con elementos que se alzaban «sobre la ola de la contrarrevolución pequeñoburguesa», la cual rta «más peligrosa que Denikin». Con ello se refería a los levantamientos campesinos y a la rebelión de Kronstadt. «Existe una relación», afirmó, «entre las ideas, las consignas de esta contrarrevolución pequeñoburguesa y anarquista y las consignas de la oposición obrera”. «Una oposición obrera que se esconde a espaldas del proletariado es un elemento pequeñoburgués y anarquista» [37] dentro del propio partido.

Por lo tanto, sugirió que a través de esta oposición, la «contrarrevolución pequeñoburguesa» se estaba infiltrando en el partido bolchevique. Al panfleto de Kollontai, que presenta el punto de vista de la Oposición Obrera, le atribuyó un contenido abiertamente contrarrevolucionario. Su quintaesencia era, según él, la exigencia formulada anteriormente por Shliapnikov y recogida en el panfleto, de que un «congreso de los productores de Rusia, agrupados en sindicatos de producción» elija «un órgano central que dirija toda la economía nacional de la República» [38]. Tal exigencia, según el, estaba en radical contradicción con un punto del programa del partido aprobado dos años antes, el que precisamente afirmaba que los sindicatos debían lograr la concentración en sus manos de toda la gestión de la economía nacional. La Oposición Obrera exigía, precisamente, que este punto del programa no se quedara en papel mojado.

La polémica entre la Oposición Obrera y Lenin en el X Congreso fue tan acalorada que Shliapnikov dijo de la resolución que presentó Lenin «sobre la desviación sindicalista y anarquista» -que estaba dirigida a la oposición- así como de la resolución «sobre la unidad del partido» que también presentó Lenin al Congreso (ambas fueron aprobadas): «Habiendo estado en el partido durante 20 años, nunca he visto ni oído nada más demagógico y calumnioso que esta resolución. Los delegados de la Oposición Obrera declararon conjuntamente: la resolución «introduce una división en el sector obrero de nuestro partido y excita a los elementos pequeñoburgueses y burocráticos del partido contra el sector obrero» [39]. A petición de Lenin, el congreso votó la prohibición de las actividades de las fracciones, algo sin precedentes en la historia del bolchevismo. El propio Lenin no respetó esta prohibición. Su fracción Diez seguía activa en el siguiente congreso [40].

Trotsky escribiría años después (en un artículo que decidió no publicar): «A la luz de los acontecimientos posteriores, una cosa está absolutamente clara: la prohibición de las fracciones marcó el final de la historia heroica del bolchevismo y abrió el camino a su degeneración burocrática» [41]. Pero el final de esta historia también marcó la derrota de la Oposición Obrera -la única corriente del partido que advirtió que la clase obrera estaba perdiendo el poder-, una derrota sellada por el estigma con el que el congreso del partido marcó a esta corriente en las mencionadas resoluciones. La coincidencia del momento de su campaña política en el partido con el hundimiento cuantitativo y cualitativo de la clase obrera y con el levantamiento de Kronstadt le cortó las alas [42]. La resolución sobre los sindicatos, apoyada por Lenin con toda su autoridad y adoptada en el X Congreso, por un lado contra la Oposición Obrera y por otro contra Trotsky, «sirvió en la práctica para devolver la gestión obrera» de la industria y la economía nacionalizada «a las calendas griegas» y «para consolidar y hacer autónomo el aparato de gestión administrativa de la economía, cuya degeneración burocrática iba a manifestarse rápidamente». Aquí es donde reside realmente la tragedia del X Congreso» [43].

La importancia de la cuestión de la Oposición Obrera sólo comenzó a emerger recientemente en la historiografía. Era un desafío muy serio, casi sistémico, al poder bolchevique y a la «concepción leninista del partido», ya que la Oposición exigía «un sistema alternativo de organización del poder en el país, basado en el papel dirigente de los sindicatos como organización de los productores inmediatos, los trabajadores» [44], es decir, reivindicaba la primacía del movimiento obrero sobre el partido y el aparato estatal. «Lenin tenía todas las razones para creer que la realización práctica de la idea de la oposición obrera amenazaba con crear una alternativa a la dictadura del partido bolchevique» [45]. Se enfrentó a esto con operaciones para expulsar a los líderes y partidarios de esta oposición ya derrotada de los puestos de dirección no sólo en el partido, sino también en los sindicatos, que al mismo tiempo se vieron obligados a someterse totalmente a las autoridades del partido. También intentó, fracasando literalmente por los pelos, expulsar a Shliapnikov del partido [46].

Dos ideas radicalmente nuevas aparecieron entonces en Lenin. La primera no la expresó públicamente, formulándola así en sus notas sobre la NEP: «¿Termidor? Fríamente quizás, ¿sí? ¿Sucederá? Ya veremos. No presumir antes de ir a la batalla» [47]. Al mismo, le confió a Jacques Sadoul, un antiguo oficial de la misión militar francesa que se había unido a los bolcheviques y era cofundador de la Comintern: «Los jacobinos obreros son más perspicaces, más firmes que los jacobinos burgueses y tuvieron el valor y la sabiduría de termidorizarse» [48]. Inmediatamente después de la muerte de Lenin, Sadoul hizo pública esta idea en Moscú, pero fue ignorada. Jean-Jacques Marie comenta: «¿Qué significa? ¿Que la NEP es un Thermidor económico y por tanto social, ya que abre la puerta a la propiedad privada y al libre comercio, pero que no lo es políticamente, ya que el poder sigue en manos de los jacobinos obreros?» [49]. Sin embargo, al menos según el relato de Sadoul -que, si bien es plausible, puede no ser exacto-, Lenin no le dijo que establecieron un Thermidor socioeconómico permaneciendo jacobinos, sino que dijo que ellos mismos se convirtieron en Thermidorianos.

La segunda idea, que parece estar intrínsecamente ligada a la primera, fue aún más lejos. Lenin lo formuló así: el proletariado ha desaparecido, pero el Estado sigue siendo proletario. Esto podría sugerir que la relación de uno con el otro no es necesaria cuando el poder en el Estado es ejercido por jacobinos obreros, incluso autotherminorizados, sea cual sea el significado de este término. Lenin decía que en las condiciones de la NEP «el poder estatal proletario, apoyándose en el campesinado», por un lado «mantendrá a raya a los capitalistas para dirigir el capitalismo hacia el cauce del Estado y crear un capitalismo subordinado al Estado y puesto a su servicio». Por otra parte, «los capitalistas», dijo, «darán vida al proletariado industrial que, en nuestro país, a causa de la guerra, la ruina desesperada y la devastación, se ha degradado, es decir, se ha desviado de su camino de clase y ha dejado de existir como proletariado. La clase ocupada en la producción de bienes materiales en las empresas de la gran industria capitalista se llama proletariado» [50].

Esta definición, por un lado, reducía enormemente la clase: excluía a la mayoría de los trabajadores que trabajaban en pequeñas empresas, en el ámbito del transporte, etc., y, por otro lado, era completamente ajena a la noción de clase como relación social. «Si se restablece el capitalismo, será también, por tanto, el restablecimiento de la clase proletaria, ocupada en producir bienes materiales útiles a la sociedad en grandes fábricas mecanizadas, en lugar de dedicarse a la especulación, a la fabricación de mecheros para vender» [51], que es en lo que se ocupan los actuales trabajadores desclasados, entre los que se extiende la «ideología de pequeños propietarios». Lenin consideraba entonces que «la producción a gran escala y las máquinas», y por tanto las fuerzas productivas específicas más que las relaciones de producción, constituyen la «base material y psicológica del proletariado», sin la cual se daba un «desclasamiento» [52].

Si el «proletariado hubiera desaparecido», como sugirió Lenin, Rusia habría retrocedido a la era precapitalista. En 1922 esta tendencia se invirtió: sólo el proletariado industrial empezó a crecer en un 10% a escala anual y a finales de año era inferior al de antes de la guerra, no ya en un 50% como en 1921, sino en un 44% [53]. El discurso de que «el proletariado ha declinado y desaparecido» atestigua una crisis muy grave en el pensamiento político y teórico de Lenin. Fitzpatrick tiene una opinión diferente. Cree que se trató simplemente de una «efímera crisis de fe» en la que muchos dirigentes bolcheviques, incluido Lenin, no estaban convencidos tanto de la «desaparición del proletariado» como «a punto de ser decepcionados por la clase obrera rusa» [54].

En marzo de 1922, en el XI Congreso del PC(b)R, el último al que asistió Lenin, declaró que «el Estado somos nosotros, es el proletariado, es la vanguardia de la clase obrera», pero lo que realmente quería decir era que «el Estado… somos nosotros, la vanguardia», porque, como afirmaba, «el proletariado había desaparecido». «Muy a menudo, cuando decimos «trabajadores», pensamos que significa proletariado de la fábrica. En absoluto». Hizo una pregunta retórica: «Y hoy, ¿son las condiciones sociales y económicas de nuestro país tales como para empujar a los verdaderos proletarios a las fábricas y plantas? No. Eso no es cierto. Así es, según Marx. Pero Marx no hablaba de Rusia; hablaba del capitalismo en su conjunto, desde el siglo XV en adelante. Eso estuvo bien durante seiscientos años, pero está mal para la Rusia de hoy. Muy a menudo, los que acuden a las fábricas no son proletarios, sino un cualquier otra cosa» [55].

¿Por qué milagro, a pesar de todo lo que ocurre a su alrededor, sólo los que están en el poder no corren el peligro de desclasarse y dejar de ser jacobinos obreros? Al responder a Lenin, Shliapnikov dio en el clavo: «Permítame felicitarle por ser la vanguardia de una clase inexistente. Se dice que en nuestro país el proletariado está en decadencia, que se queda muy atrás, y cuando se escuchan los melosos discursos del camarada Kámenev, uno se da cuenta de que hasta el obrero avanzado de Moscú expresa los intereses de los campesinos, (…) que hasta los metalúrgicos avanzados de Moscú hablan el lenguaje de los intereses campesinos en nuestro país”. Otros dirigentes del partido afirman que la NEP «da lugar a los instintos de los trabajadores como propietarios». Por otra parte, lo que «el Comité Central difunde sobre la clase obrera en sus boletines de información» son calumnias que afirman que las huelgas son obra de los monárquicos, mientras que después de la investigación resultó que son causadas por la escasez de alimentos y el impago de los salarios. Según Shliapnikov, todo esto fue el resultado, con la transición a la NEP, de la «búsqueda» por parte del poder soviético «de una nueva base, de un nuevo apoyo, fuera del proletariado», así como de estados de ánimo parecidos a los que reinaban en el partido bolchevique tras la derrota de la revolución de 1905. «Recordamos el estado de ánimo de la intelectualidad y de los elementos no proletarios cercanos a ella en aquella época; ¡y cuántas cosas nos recuerdan hoy a esa época! El terreno para tales estados de ánimo lo crean nuestros dirigentes, especialmente el camarada Lenin, el camarada Kámenev y otros. «Las reflexiones que a menudo escuchamos, sobre el hecho de que nuestro proletariado ha decaído», dan testimonio «de una fractura en la relación igualmente ideológica entre el proletariado y su principal destacamento: nuestro partido». Sus dirigentes deberían, según Shliapnikov, «recordar de una vez por todas que no tendremos otra clase obrera mejor y que tenemos que conformarnos con lo que tenemos» [56].

Una vez más, este congreso tuvo lugar en el ambiente de una nueva y fuerte tensión en torno a la cuestión de la antigua Oposición Obrera, concretamente en torno al «caso de los 22». Veintidós  militantes -entre ellos Shliapnikov, Kollontai y Medvedev- habían recurrido a la Comintern. «Mientras las fuerzas de la burguesía nos presionan por todos lados, mientras se infiltran en nuestro partido» en el que los obreros son minoría, afirmaban en su llamamiento, «nuestros centros dirigentes luchan implacablemente contra ellos, y especialmente contra los proletarios, que se permiten tener sus opiniones, aplicando todo tipo de medidas represivas contra la expresión de estas opiniones en el partido», suprimiendo en el movimiento sindical «la iniciativa y la espontaneidad de los trabajadores» e «ignorando los mandatos de nuestro congreso para construir las bases de la democracia obrera». «La aspiración de acercar a las masas proletarias al Estado», escribieron, «es calificada de anarcosindicalismo, y sus partidarios son perseguidos y desacreditados» [57].

Según Richard Day, Kollontai y sus camaradas «vieron más claramente que la mayoría de los bolcheviques» (pero valdría la pena examinar si no lo vieron incluso el más claro de todos los bolcheviques) «que en el campo de la NEP el partido podía buscar un compromiso entre las clases rivales, sentando así las bases de una nueva política burocrática» [58], e incluso, podríamos añadir, las bases para la formación de una nueva burocracia, esta vez termidoriana por excelencia.

En el contexto del «asunto de los 22», se presentó una moción para expulsar del partido a Shliapnikov, Kollontai y Medvedev. Lenin no habló durante la discusión de esta moción, pero los delegados del congreso habían sido informados por él de que ocho meses antes él mismo había intentado sin éxito expulsar a Shliapnikov. Para gran sorpresa de la dirección del partido, en una sesión a puerta cerrada, el XI Congreso se dividió sobre el «asunto de los 22» en dos partes casi iguales: una ligera mayoría apoyó la resolución que condenaba sin apelación y expulsaba a los tres mencionados, mientras que los demás votaron a favor de una resolución conciliadora que los criticaba pero no los expulsaba. Como resultado, bajo la fuerte impresión de dicha votación, se añadieron enmiendas a la resolución mayoritaria ya aprobada y se eliminó la expulsión de los tres opositores. El hecho de que el congreso estuviera dividido en este tema se ocultó: las actas de la sesión a puerta cerrada del congreso nunca se publicaron [59].

En opinión de Jean-Jacques Marie, «esta votación ilustra la magnitud del descontento de los delegados con toda la dirección, incluido Lenin» [60]. En opinión de Oleg Nazarov, ante el “asunto de los 22″, «el XIº Congreso del Partido estuvo en el umbral de una escisión», lo que parece una gran exageración. Sin embargo, Nazarov planteó una tesis importante en este contexto, a saber, que «hubo una conexión muy estrecha entre el asunto de los 22 y la elección, inmediatamente después de la votación sobre el mismo, de José Stalin como Secretario General» del Comité Central del PC(b)R. Cuando los delegados del congreso eligieron a los miembros del Comité Central, en sus papeletas, junto al nombre de Stalin, por iniciativa de Lenin o al menos con su consentimiento, aparecía su futuro cargo: ¡el de Secretario General, aunque sólo podía ser elegido por el CC! Esta era una práctica sin precedentes entre los bolcheviques. Por tanto, fue elegido para este puesto por el congreso, lo que le aseguró una posición aparte, mucho más fuerte que la que le daba la elección por el Comité Central por sí sola. Ante las amenazas, como la negativa de casi la mitad de los delegados del congreso a expulsar a importantes militantes del partido, la cúpula del partido, según Nazarov, necesitaba un hombre como Stalin en ese puesto, con un poder extraordinario [61]. Menos de nueve meses después, Lenin señaló con consternación que «Stalin, al convertirse en Secretario General, ha concentrado en sus manos un inmenso poder» [62].

La ruptura entre el partido bolchevique y la clase obrera resultó irreversible. Lo que ocurrió fue quizás lo más sucinto y al mismo tiempo lo más claro que expresó Moshe Lewin. En junio de 1941, los soldados soviéticos que se retiraban la ciudad de Vilna llevaron en secreto, en contra de sus oficiales, a este joven activista del sionismo proletario, huyendo del ejército alemán. Trabajó en los koljoses y en los altos hornos de la acería y sirvió en el ejército soviético. Entre los investigadores, pocos le igualan en cuanto a la profundidad de su conocimiento del Estado y la sociedad soviéticos, especialmente del régimen estalinista y el «absolutismo burocrático» post-estalinista [63].

Lewin describió así lo que ocurrió en las altas esferas del partido bolchevique después de la Guerra Civil: «Ya no era una clase social -ni el proletariado- la que actuaba como encarnación y soporte del socialismo a través del Estado, sino que era el Estado el que, imperceptiblemente, para algunos ideólogos, venía a sustituir a la clase y a convertirse en encarnación y soporte del principio superior con, o sin, la ayuda del proletariado. Esto era, en su estado embrionario, una orientación e ideología totalmente nuevas, que ciertamente no estaban presentes en lo que era antes el leninismo. Aunque faltaba el apoyo social deseable, sobre todo por la disolución de la clase obrera, el partido no actuaba en el vacío, ni podía hacerlo: al tener que apoyarse cada vez más en el Estado, y menos en las masas inconstantes, el aparato estatal, sea cual sea el origen social de sus servidores, se fue convirtiendo en el principal instrumento de acción para conseguir los objetivos deseados. En el proceso, el bolchevismo adquirió una base social que no quería y que no reconoció inmediatamente: la burocracia. La burocracia no tardó en imponerse como un factor crucial en la formación del sistema, pero se necesitó cierta evolución y algunas dramáticas luchas internas para que este hecho fuera plenamente aceptado y luego celebrado. En cualquier caso, insuficientemente preparados para comprender el Estado que estaban construyendo, los bolcheviques juzgaron mal el curso de estos acontecimientos. La teoría disponible era muy inadecuada en este tema. Ahora era importante estudiar no sólo el potencial social del proletariado, o del campesinado, sino también el potencial, los intereses y las aspiraciones de un aparato estatal soviético cambiante y creciente» [64].

De la burocracia obrera a la burocracia termidoriana

En 1928, en el umbral de la «revolución desde arriba» de Stalin, Christian Rakovsky, principal dirigente de la Oposición de Izquierda junto a Trotsky [65], fue uno de los primeros en la URSS en comenzar a estudiar, todavía a ciegas, el fenómeno de la formación del poder burocrático. Reprimido, escribió desde el exilio que «cuando una clase toma el poder, es una parte de sí misma la que se convierte en agente de ese poder. Así aparece la burocracia», en este caso la burocracia obrera. Esta «diferenciación comienza siendo funcional y luego se convierte en social. No digo de clase, sino social», dice Rakovsky [66]. Con el tiempo, en el Estado soviético, «la función ha modificado el propio órgano», porque tanto la posición social y material como «la psicología de los encargados de las diversas tareas de dirección en la administración y la economía del Estado, [han] cambiado hasta el punto de que, no sólo objetivamente, sino subjetivamente, no sólo materialmente sino moralmente, han dejado de formar parte de esa misma clase obrera» [67].

En la URSS, la burocracia debía ser considerada como una «nueva categoría sociológica», porque era, como señaló Rakovsky, «un fenómeno sociológico de la mayor importancia» y desempeñaba un papel decisivo «en la descomposición del partido y del Estado soviético». Refiriéndose a los métodos y consecuencias de la usurpación del poder por esta «nueva categoría», describió la «espantosa desintegración del partido y del aparato soviético, la asfixia de todo control de las masas, la opresión espantosa, las persecuciones, el terror que juega con la vida y la existencia de los militantes y de los trabajadores». Al mismo tiempo, observó un «espantoso [también] declive de la actividad de las masas trabajadoras y su creciente indiferencia por el destino de la dictadura del proletariado y del Estado soviético». Subrayó con fuerza que el terreno en el que se desarrolló este proceso, y lo que presentaba el mayor peligro, era «precisamente esta pasividad de las masas (incluso mayor pasividad en la masa comunista que entre los sin partido) hacia las manifestaciones de arbitrariedad inaudita que se producían: aunque las presenciaban, los trabajadores pasaban por encima de ellas sin protestar o simplemente refunfuñando, por miedo a los que estaban en el poder o simplemente por indiferencia política» [68]. Rakovsky omitió un aspecto muy importante de esta cuestión: la nueva categoría social se formó, entre otras cosas, como una amalgama de la burocracia de origen obrero con un enorme funcionariado heredado del zarismo, así como con una capa mucho más pequeña de los llamados especialistas burgueses.

Por una cierta analogía con la revolución francesa, esta burocrcia puede calificarse de termidoriana [69]. En la Revolución Rusa, el Thermidor se prolongó en el tiempo, pero no es la única razón por la que durante mucho tiempo la Oposición de Izquierda no se dio cuenta de que ya había tenido lugar y de que las discusiones sobre su peligro, que todavía se desarrollaban en sus filas a principios de los años 30, eran anacrónicas. Sólo en 1935 Trotsky decidió: «1924 es el año del comienzo del Termidor soviético» [70] (en otros escritos lo databa en 1923-25). Lo hizo tan tarde porque hasta entonces entendía Thermidor como una victoria de la reacción burguesa, que conduciría a la restauración del capitalismo. Así que tuvo que entender que en la URSS fue una victoria de la reacción burocrática, de ninguna manera restaurando el capitalismo, pero consolidándose ideológica y políticamente bajo el lema nacionalista de que era posible construir el socialismo en un solo país desconectado de la economía internacional.

Cuando, tras la crisis del comunismo de guerra, llegó una nueva crisis socioeconómica y política -la crisis de la NEP, que tuvo lugar a finales de los años 20-, la dirección de la burocracia termidoriana fue asumida en su totalidad por su segmento estalinista. Rompió la alianza con el ala derecha de esta burocracia -construida contra la ya derrotada Oposición de Izquierda- y se dio cuenta de que para mantener su poder político tenía que asegurarse todo el poder económico. Era imposible que lo hiciera «si no era mediante la apropiación de todo el proceso económico», lo que –»debido a la relativa debilidad de su base económica», limitada durante la NEP al sector estatal de la economía, poco desarrollado industrialmente- sólo podía lograrse «mediante la expropiación militar de las clases medias», en particular del campesinado [71]. Militar no significa aquí llevado a cabo por el ejército; significa, llevado a cabo empleando métodos militares.

El segmento estalinista de la burocracia termidoriana, a partir de entonces en la dirección, se embarcó en una industrialización brutal e intentó extraer los fondos necesarios del campesinado utilizando la violencia del Estado para forzar la colectivización del campo. «Para llevar a cabo semejante trastorno, nunca emprendido en la historia, habría sido necesario todo un período de transformación revolucionaria, 10 o 15 años según las concepciones de los bolcheviques más audaces. Pero la dirección estalinista decidió repentinamente lo contrario», queriendo hacerlo primero en tres años, luego en un año y finalmente en unos meses [72]. Aplicadas mediante el terror desenfrenado y las deportaciones masivas -que se dirigían cada vez más no sólo a la «clase explotadora por excelencia», sino también a los campesinos medianos y pequeños-, la «dekulakización» y la colectivización forzosa encontraron la resistencia de las masas campesinas desarrollándose a toda velocidad y a gran escala.

«Los acontecimientos del invierno de 1930 adquirieron el carácter de una explosión de violencia masiva de dimensiones inéditas desde los horrores de la guerra civil» [73]. Los informes de varias regiones «indicaban dolorosamente la extensión de una verdadera guerra campesina, dirigida no sólo contra la colectivización y la dekulakización, sino también contra el poder soviético» [74]. El 45% de las revueltas tuvieron lugar en Ucrania. Sergo Ordjonikidze, enviado por Stalin para inspeccionar las regiones fronterizas con Polonia, especialmente sensibles, informó de que «las verdaderas insurrecciones campesinas allí» fueron aplastadas por las fuerzas armadas, utilizando ametralladoras pesadas y, en algunos lugares, cañones» [75]. Pero el uso a gran escala del Ejército Rojo, mayoritariamente campesino, para luchar contra los insurgentes campesinos habría sido muy arriesgado, ya que podría conducir a «una explosión similar a la revuelta de Kronstadt, y quizás incluso más fuerte» [76]. Stalin no tuvo más remedio que ordenar que se redujera el ritmo de la colectivización. Sin embargo, Ordzhonikidze y otros hombres de Stalin aseguraron que la colectivización se lograría al 100%, «aunque la logremos quizás no en tres meses, sino en tres años» [77].

Expulsado del país, Trotsky explicó que la colectivización del campo no tenía ninguna base técnica en la URSS. “No surgió de la ventaja de la economía colectiva sobre la individual, demostrada por la vasta experiencia de todo el campesinado». El campesinado no experimentó esta ventaja y, en el contexto del subdesarrollo de la economía soviética, no podía experimentarla. Además, la colectivización, llevada a cabo bajo la coacción del Estado, amenazaba con «socavar a largo plazo la ya extremadamente débil fuerza productiva de la agricultura» [78]. En la URSS, Rakovsky y otros activistas de la oposición de izquierda advirtieron que la colectivización estalinista era «una desviación muy grave de los principios del socialismo» y no un paso adelante en el camino hacia él. «Somos marxistas y sabemos que sólo se pueden crear nuevas formas de propiedad sobre la base de nuevas relaciones de producción. Estas nuevas relaciones de producción todavía no existen» y los tractores, por no hablar de otras máquinas, «no son capaces de procesar ni el 5% de la superficie cultivada». Por eso, la industrialización y la colectivización, conducidas de forma brutal, irracional, aventurera y caótica, «conducen, bajo una gestión burocrática -es decir, cuando la clase es sustituida por funcionarios que se han convertido en un estado gobernante separado- no a la construcción del socialismo, sino a su derrumbe». Sin embargo, la burocracia no lo tiene en cuenta, ya que se mueve por intereses y aspiraciones completamente diferentes. «No es difícil adivinar la tentación que supone para la burocracia la colectivización total y la mayor tasa de industrialización. Ampliarían el ejército de burócratas, aumentarían su participación en la renta nacional y reforzarían su poder sobre las masas» [79].

Hasta entonces, Rakovsky consideraba que la diferenciación funcional dentro de la clase obrera dominante se había convertido en una diferenciación social entre esa clase y la burocracia dominante, pero no en una diferenciación de clase. Pero en ese momento presentó la cuestión de manera diferente, diciendo: «De un Estado proletario con deformaciones burocráticas -como Lenin caracterizó nuestra forma de gobierno- estamos pasando a un Estado burocrático con supervivencias proletarias comunistas. Ante nuestros ojos se ha formado y se sigue formando una gran clase de gobernantes», y «lo que une a esta clase social original es una forma original de propiedad privada, a saber, la posesión del poder estatal. La burocracia, como dijo Marx, «posee el Estado como su propiedad privada» [80].

Sin embargo, las conclusiones políticas que sacó Rakovsky no fueron coherentes con este análisis, porque, de acuerdo con Trotsky, seguía asociando Thermidor con la restauración del capitalismo y no veía que no sólo se había producido ya, sino que se estaba consolidando. En 1932-33, los activistas de la Oposición de Izquierda encarcelados en el políticamente alejada ciudad de Verkhneuralsk hicieron lo mismo. «Al conducir todas las contradicciones de la aldea actual a los koljoses, donde se reproducen sobre una nueva base, al negar la diferenciación en los koljoses y al declarar que los koljoses son empresas socialistas a priori», escribieron, el régimen estalinista estaba «ocultando en los koljoses las tendencias capitalistas de los agricultores y sacrificando a los campesinos pobres y a los trabajadores agrícolas al someterlos a la explotación de los koljoses prósperos» [81]. De hecho, los estaba sometiendo, junto con todo el campesinado y la clase obrera, a la explotación de la burocracia estatal, algo que la oposición de izquierdas seguía sin entender.

Más tarde, a lo que ocurrió a partir de finales de los años 20, Stalin lo definió  como la «revolución desde arriba». Robert Tucker, uno de sus biógrafos más serios antes de la apertura de los archivos en Rusia, señaló que no sólo este concepto, sino también la práctica estalinista de la «revolución desde arriba», le daba un «fuerte sello contrarrevolucionario». Además, era inherente a su promotor, al que Tucker caracterizó como un «bolchevique de la derecha radical» [82]. Los dirigentes estalinistas de la burocracia termidoriana, al instigar esta «revolución desde arriba», «reorientaron el sistema hacia objetivos muy diferentes» de los que se habían fijado los bolcheviques, escribió Lewin. «Ya no se trataba de construir una sociedad en la que desaparecieran las clases y el Estado, pasando por una fase socialista, en el sentido en que Marx, Engels, Lenin y muchos otros socialistas occidentales entendían este término. Ahora se trata de estatismo, es decir, de poner un Estado dictatorial todopoderoso por encima de todo para preservar el sistema de clases y los privilegios tal y como se habían establecido durante el periodo de industrialización forzosa. Por lo tanto, podemos hablar aquí de una ruptura, no sólo con el período prerrevolucionario del leninismo, sino también con su versión posrevolucionaria muy modificada» [83].

Los resultados sociales de la «revolución desde arriba» pueden verse a la luz de las investigaciones de Grigori Khanin sobre la dinámica de la economía soviética. En 1928-1941, es decir, durante la aplicación de los tres planes quinquenales de desarrollo antes de la guerra, la tasa anual de crecimiento económico era varias veces inferior a la que afirmaban las autoridades estatales. No fue del 14%, sino sólo del 3,2% (ligeramente inferior a la media de los años 1928-1987, que fue de hecho, en contra de los datos oficiales, del 3,8%). Para cada quinquenio, la situación era la siguiente. En el primer periodo (1928-1932), la renta nacional cayó entre un 15 y un 20%. Esto se debió a un fuerte descenso de la producción agrícola, que proporcionaba la mayor parte de los ingresos de la época, y a la colectivización forzosa del campo, que provocó una terrible hambruna. En el segundo período (1933-1937), la renta nacional aumentó rápidamente debido al rapidísimo desarrollo de todas las ramas de la producción material. Sin embargo, en el tercer periodo (1938-1941), que comenzó durante el Gran Terror de Stalin, su ritmo de crecimiento se redujo drásticamente. Dentro de las fronteras anteriores de la URSS, el crecimiento fue insignificante y resultó principalmente de la expansión territorial bajo el Pacto Molotov-Ribbentrop [84]. Andrea Graziosi afirma que justo antes de la guerra «los signos de estancamiento eran evidentes incluso en los sectores favorecidos por el régimen, a los que alimentaba con los recursos de que disponía». La Unión Soviética «se sumió en una crisis moral, política y económica de la que, paradójicamente, la guerra la salvó» [85].

Al iniciar el primer quinquenio, el régimen prometió que, tras su finalización, el salario medio real aumentaría un 70% en comparación con el periodo de preguerra. El economista soviético Nikolai Valentinov había roto con el régimen y emigó. Comprobó lo que ocurría realmente en 1937, es decir, después del espectacular aumento de la renta nacional durante el segundo quinquenio. Se comprobó que mientras que en 1925 el salario medio real (medido al tipo de cambio fijo del rublo) era de 48,25 rublos y en 1929 de 75 rublos, en 1937 sólo era de 28,25 rublos, es decir, el 63,6% del salario medio anterior a la Primera Guerra Mundial. En una familia obrera de cuatro miembros, el gasto en alimentos básicos pasó del 51% en 1929 al 87% del salario en 1937. Para la misma cesta de alimentos, para la que había que trabajar 112 horas antes de la guerra y 87 horas en 1929, había que trabajar 151 horas en 1937. Como resultado, Valentinov señaló que «para adquirir tantos bienes materiales como lo hacía un trabajador que ganaba ligeramente (15%) por encima del salario medio en 1929, ahora es necesario que trabajen dos trabajadores con un salario medio como mínimo» [86]. Por ello, el empleo de las mujeres en la industria aumentó considerablemente en esa época.

Treinta años más tarde, Alexander Barsov reveló en la prensa científica soviética que, en contra de la creencia generalizada, los medios de acumulación durante la industrialización procedían sólo en pequeña medida de la agricultura, y por tanto «sólo podían ser un sobreproducto de la esfera no agrícola de la economía: la industria, la construcción, el transporte». Para que las revelaciones de que el peso de la industrialización recaía en gran medida sobre los hombros de los trabajadores se publicaran, Barsov se vio obligado a añadir un comentario hipócrita. Por eso escribió que «ésta fue una de las manifestaciones más claras del papel de vanguardia de la clase obrera soviética» [87].

Siguiendo las investigaciones de Barsov, Michael Ellman estableció que la principal fuente de la tasa de acumulación excepcionalmente alta de aquella época era la explotación absoluta de los trabajadores: el producto extra obtenido por la expansión cuantitativa de su fuerza de trabajo y la colosal reducción de sus salarios reales [88]. Arvind Vyas, siguiendo también los pasos de Barsov, calculó que «los salarios reales urbanos cayeron drásticamente durante el primer plan quinquenal, y si se considera incluso un período más largo, incluyendo el segundo plan quinquenal, cayeron un 43% entre 1929 y 1937» [89]. Esto fue confirmado por R.W. Davies: «entre 1928 y 1940, la renta real por asalariado fuera de la agricultura puede haber caído hasta un 50%» [90].

Construir la burocracia estalinista y consolidar el modo de explotación

Aprovechando la revolución de los archivos en la Rusia postsoviética, Jeffrey Rossman ha reconstruido la historia de la gran oleada de huelgas, protestas y otras formas de resistencia de masas con las que los trabajadores del sector textil -y principalmente las trabajadoras- de la región industrial de Ivanovo reaccionaron en la primavera de 1932 a las desastrosas consecuencias sociales de una industrialización increíblemente forzada. En 1917, la concentración de la clase obrera allí era la más alta de toda Rusia y era un importante bastión del bolchevismo. «Incluso entre los obreros metalúrgicos cualificados de la Vyborg Roja de Petrogrado, los bolcheviques no disfrutaban de una hegemonía tan inquebrantable» [91]. En la región, el poder había pasado a manos de los consejos de delegados obreros mucho antes que en Petrogrado.

Sin embargo, en abril de 1932, la región «se convirtió en el epicentro a escala de la Unión Soviética de la resistencia obrera a la revolución estalinista desde arriba«. En las fábricas de Ivanovo trabajaban «obreros con su propia experiencia y su propia interpretación de la Revolución de Octubre que reivindicaban. De este sentimiento surgió la convicción de que era su deber juzgar a quienes pilotaban la revolución en su nombre. La valoración fue dura. Esperaban al menos que el partido les ofreciera un mejor nivel de vida, menos cargas dentro y fuera del lugar de trabajo, y cierto nivel de democracia en la fábrica. La escasez crónica de pan, el aumento de los atrasos salariales, el incremento brutal del trabajo, la (des)organización taylorista de la producción, la persecución de los que plantean reivindicaciones legítimas… no era lo que esperaban. Tampoco les entusiasmaba la idea de construir nuevas fábricas -incluso aquellas en las que ellos mismos podrían trabajar algún día, o en las que podrían trabajar sus hijos- si se iban a construir a un coste tan elevado» [92].

En ninguna otra región industrial el nivel de afiliación de los trabajadores al partido era tan bajo como aquí, y al mismo tiempo, probablemente, en ningún otro lugar los trabajadores opusieron tan masiva y vigorosamente la exigencia del poder de los consejos frente a la dictadura del partido y de la policía. Durante la mayor y más violenta huelga de la región, que se convirtió en una insurrección en la ciudad de Vichuga, 17.500 trabajadores lo demostraron inequívocamente, saqueando la sede del Partido Comunista, la milicia y el Guepeu (policía política), pero sin tocar la sede del soviet, porque a sus ojos bien podía servir de sede del nuevo poder, esta vez elegido democráticamente [93]. Además de la drástica reducción de las raciones de alimentos, la revolución desde arriba significó para ellos un fuerte aumento de la explotación absoluta de su fuerza de trabajo y su drástico empobrecimiento.

Rossman ha documentado que en esa época el término explotación era habitual en la expresión de los trabajadores. Sin embargo, los aparatos ideológicos del Estado soviético difundieron e inculcaron a la fuerza la afirmación, atribuida a Marx y Engels, de que la explotación quedaba inevitablemente abolida con la supresión de la propiedad privada de los medios de producción. La revolución desde arriba estaba destruyendo precisamente lo que quedaba de esta propiedad. En la región, sin embargo, este «marxismo transgénico» [94] fue rechazado por los trabajadores. Hay muchas razones para creer que los dirigentes obreros locales, que por regla general ya habían actuado en 1917, y que ahora denunciaban el aumento de la explotación absoluta, comprendían muy bien lo que esto significaba: esta explotación agotaba el trabajo y, por lo tanto, era fundamentalmente diferente de la explotación relativa, que se basa en el aumento de la productividad del trabajo mediante la mejora de su equipamiento técnico.

Rossman concluye que la historia de la lucha llevada a cabo por los trabajadores de la Región Industrial de Ivanovo en abril de 1932 fue tan importante que tuvo que ser erradicada de la memoria humana de forma tan exhaustiva por el Estado porque «atestigua el hecho de que los trabajadores percibieron la revolución estalinista desde arriba como una traición a la Revolución de Octubre» y que «aunque el partido pretendía gestionar todos los recursos humanos y materiales de la sociedad, no logró monopolizar el lenguaje de la clase, y mucho menos los procesos de construcción de la identidad. Este fiasco debe añadirse a la lista de causas del colapso del comunismo», al igual que debe «añadirse a la paradoja de que la legitimidad del comunismo se debió a una ideología que, apropiada (de nuevo) por los propios trabajadores, derrocó las intenciones y la autoridad del partido que gobernaba en su nombre» [95].

Fue entonces, durante la revolución desde arriba estalinista y el primer quinquenio, cuando se establecieron firmemente las relaciones de explotación entre la burocracia estatal gobernante y la clase obrera, y se consolidaron aún más durante los dos quinquenios siguientes. Relaciones de explotación que se convirtieron simultáneamente en las relaciones de producción dominantes. Al mismo tiempo, el régimen estalinista introdujo también otros dos modos de explotación relacionados: el modo de explotación del trabajo del campesinado de los koljoses y el modo de explotación del trabajo forzado en el sistema de los campos subordinado desde 1934 a la Administración General de Campos de Trabajo Correctivo (GOuLag). Los dramáticos acontecimientos de la región industrial de Ivanovo mostraron a la burocracia la enormidad de la amenaza que suponía la clase obrera para su poder.

«Incluso si los acontecimientos no llegaran tan lejos, la acción industrial, las huelgas y las manifestaciones callejeras podrían neutralizar el deseo del régimen de consolidar su poder mediante la industrialización forzosa. Por tanto, el régimen tenía que derrotar a la clase obrera mientras enmascaraba su ataque con la retórica de la construcción del socialismo», escribe Donald Filtzer. «En su política intentaba sobre todo romper a la clase obrera, socavar su cohesión y su solidaridad, cortarla de una vez por todas de sus tradiciones militantes y destruir su capacidad de acción colectiva como fuerza histórica autoconsciente» [96].

En el transcurso de su investigación, Filtzer identificó los medios por los que el régimen estalinista logró esto. Éstos, «operaron simultáneamente y se reforzaron mutuamente: la represión física; el engrosamiento de las filas de la clase obrera con campesinos sin tradición en la vida industrial y, por lo tanto, sin experiencia en la huelga y en la acción colectiva en general; la eliminación de muchos trabajadores de edad avanzada de la producción; el debilitamiento de la cohesión del proletariado al ofrecer a una minoría considerable de éste oportunidades de ascenso a las filas de la burocracia y la élite». La llamada emulación socialista y el trabajo de choque sirvieron para desintegrar la unidad de la clase obrera. «La pobreza y el endurecimiento de las condiciones de trabajo hicieron que la lucha por la supervivencia individual primara sobre las protestas colectivas, incluso de carácter puramente defensivo”. Por un lado, «la fuerte diferenciación en el seno de la clase obrera erosionó aún más su cohesión interna, separando a los obreros modelo -los estajanovistas, los privilegiados- de las bases. De este modo, el régimen consiguió finalmente romper la clase obrera como fuerza colectiva. La otra cara de este proceso fue el reclutamiento efectivo desde la clase obrera de muchos miembros del régimen que, una vez en el aparato, se comportaron no como trabajadores sino como quienes ejercían el poder sobre los trabajadores. La paradoja es que «las divisiones de clase cada vez más agudas se produjeron al mismo tiempo que la clase explotadora era más proletaria en su origen» [97].

Sin embargo, todo esto no fue suficiente para sofocar a la clase obrera. Era necesario transformar radicalmente la propia burocracia. La dominación de la burocracia termidoriana se desarrolló sobre el terreno, excepcionalmente fértil para ella, de las sucesivas derrotas de las revoluciones en todo el mundo, a las que ella misma había contribuido, en particular la derrota de la revolución china en 1927. En su libro sobre la evolución de la Internacional Comunista, publicado en 1930, Trotsky calificó a la Internacional Comunista de «gran organizadora de derrotas» [98]. Sin embargo, a escala internacional, nada consolidó mejor la dominación de la burocracia soviética que la victoria del nazismo en Alemania en 1933, a la que contribuyó especialmente. Efectivamente, con su campaña de asociar la corriente socialdemócrata del movimiento obrero con el fascismo («socialfascismo»), saboteó el frente único obrero en Alemania, sin el cual no era posible ninguna lucha eficaz contra el movimiento nazi. A su vez, obligó a los comunistas alemanes a rivalizar con los nazis en el terreno nacionalista, una revalidad que conducía al abismo. El reverso de la terrible derrota del movimiento obrero alemán -hasta entonces el más poderoso del mundo- fue la solidificación del régimen burocrático en la Unión Soviética, del mismo modo que, a su vez, el estallido de la revolución obrera en España en julio de 1936, justo después de la masiva ola de ocupaciones de fábricas por parte de los trabajadores en Francia, dio lugar al estallido del Gran Terror en la URSS.

El mismo día en que el Politburó de Moscú aprobó formalmente la decisión de conceder ayuda militar a la República Española, también adoptó una resolución sobre la represión del trotskismo, es decir, sobre el exterminio físico de todos los estigmatizados en el Kremlin como trotskistas, aunque inmensa mayoría no lo fueran. Esta tarea fue confiada a Nikolai Yezhov, que había sido nombrado tres días antes Comisario del Pueblo para el Interior. De hecho, la resolución también afectaba a España, ya que el Kremlin había quedado muy impresionado por el informe de un funcionario de la Comintern. En Europa Occidental, informaba, los trotskistas afirmaban haber previsto la rebelión de los generales fascistas contra la república y aseguraban que, frente al ejército de los fascistas, «España no se salvará con una república burguesa, sino con una revolución proletaria» [99].

Lo importante para Stalin en España no era la influencia política de los trotskistas, que no eran más que un puñado, mientras que entre los obreros revolucionarios los socialistas y anarcosindicalistas eran, con mucho, la mayoría. Lo importante fue que tras el estallido de la revolución en España, en el Kremlin «se tenía la impresión de que España era un terreno fértil para la aplicación con éxito de las tesis y predicciones trotskistas. Esto no es algo que se pueda observar con tranquilidad en Moscú», dice Ángel Viñas. Señala que «ningún aspecto significativo de la política comunista o soviética de la época», incluida la intervención de la URSS en España, «puede entenderse sin vincularlo a las acciones dirigidas contra el trotskismo» [100] y, de hecho, contra la amenaza real o potencial de la revolución, en la URSS y en otros lugares.

En mayo de 1937, la policía republicana dirigida por los estalinistas atacó la central telefónica de Barcelona, controlada por los anarcosindicalistas. Esto provocó una huelga general en la ciudad y combates armados entre las fuerzas gubernamentales y las milicias obreras. Estas acciones fueron llevadas a cabo por militantes anarquistas radicales opuestos al ministerialismo practicado por la dirección de su propio movimiento [101]. El emisario de Stalin, Stoyan Minev, informó inicialmente de que se trataba de un «golpe anarquista», señalando además que las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) se unieron al levantamiento, como fuerza secundaria o complementaria. Calificó al POUM de trotskista, mientras que el propio Trotsky no consideraba al POUM como un partido revolucionario y lo criticaba duramente.

Unos días más tarde, presumiblemente por orden de Moscú, Minev corrigió sustancialmente su informe: ahora afirmaba que se trataba principalmente de un golpe trotskista, no anarquista. Escribió: «Los inspiradores, organizadores y dirigentes del golpe fueron los trotskistas (poumistas), la juventud anarquista libertaria (entre la que hay muchos trotskistas) y la fracción extremista de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), actuando con la ayuda de algunos grupos y dirigentes de la CNT» (Confederación Nacional del Trabajo). Esta vez Minev calificó al POUM de «destacamento organizado de la quinta columna de Franco», mientras que elogió a los dirigentes de la CNT, incluidos los ministros anarcosindicalistas, que «hicieron grandes esfuerzos para impedir la participación de las masas trabajadoras en el golpe» [102]. En Moscú, tras la recepción de la nueva versión del informe de Minev, incluso en los documentos secretos, era obligatorio describir estos acontecimientos como «un intento de golpe contrarrevolucionario, emprendido por trotskistas y elementos extremistas entre los anarquistas» [103].

El Kremlin necesitó la versión revisada de Minev sobre los sucesos de Barcelona para acusar al mariscal Mijail Tukhachevsky y a gran parte de los cuadros del Ejército Rojo de participar en la URSS en una «conspiración militar-fascista antisoviética». Tukhachevsky fue detenido 10 días después de que el segundo informe corregido de Minev sobre el «golpe de Estado en Cataluña» llegara al Kremlin. Stalin, tratando de relacionar este «golpe» con una «conspiración» dentro del ejército soviético, anunció: los conspiradores «quieren hacer de la URSS una segunda España» [104]. Se suponía que el «golpe» y la «conspiración» estaban vinculados por el hecho de que una de las dos organizaciones políticas que formaban el POUM había pertenecido anteriormente, sólo durante un tiempo, a la Oposición de Izquierda Internacional dirigida por Trotsky, y que los comandantes militares soviéticos «conspiradores» habían pertenecido a la dirección del Ejército Rojo en la época en que Trotsky estaba a la cabeza.

El naciente régimen estalinista se enfrentaba entonces a dos tareas interrelacionadas. La primera, fue aplastar la revolución en España, aun a costa de condenar a la república a la derrota y allanar el camino para la victoria de las tropas fascistas. La derrota de la sublevación en Cataluña y la prohibición del POUM permitieron a las tropas republicanas en Aragón, comandadas por el estalinista Enrique Lister, emplear abiertamente el terror contrarrevolucionario para derrocar el poder revolucionario, ejercido de facto en esa región por los anarcosindicalistas, y liquidar las granjas colectivas creadas por su iniciativa [105]. Esto se logró «por la fuerza militar de los comunistas, socialistas de derecha y otros elementos antirrevolucionarios». La caída del Consejo de Aragón “fue un gran paso en el camino de la derrota de la revolución española» [106]. La represión de la policía secreta republicana, dirigida por oficiales soviéticos, hizo el resto. Las autoridades soviéticas pronto comenzaron a retirarse de su participación en España. Preventivamente, el personal retirado de España fue reprimido a su regreso a casa bajo la sospecha de estar infectado por la revolución. Sólo los emisarios de Stalin, como menciona Minev, no fueron reprimidos porque Stalin estaba seguro de que no estaban amenazados por la «plaga» revolucionaria.

La segunda, fue desencadenar el Gran Terror. Se trataba de aplastar, mediante asesinatos en masa y otras represiones, a todas las fuerzas sociales reales o potenciales, incluida en particular la clase obrera, que había crecido con la industrialización, y todas las tendencias colectivas e incluso individuales a la disidencia. Pero este terror también tenía una finalidad muy particular: asesinar, enviar a campos de trabajo forzado y, en general, desarticular de diversas maneras la propia burocracia termidoriana. El primer paso en esta dirección fue la liquidación de los cuadros del ejército. Ciertamente, por su carácter termidoriano, la burocracia soviética tenía raíces revolucionarias, pero éstas, después de todo, se habían agotado hacía tiempo. Sin embargo, a los ojos de Stalin y de la dirección estalinista, existía el peligro de que la vida volviera a brotar de esas raíces, a partir de las chispas de la revolución española o bajo la influencia de otros factores, en diversos puntos y niveles del aparato burocrático. Esta burocracia no garantizaba el mantenimiento a largo plazo de los métodos de explotación introducidos durante la «revolución desde arriba», o que algunos de sus segmentos no se apartaran de la dictadura estalinista o, incluso, que no se pronunciaran en contra de ella. Unos años antes, Rakovsky había descrito la Unión Soviética como un «Estado burocrático con supervivencias proletarias comunistas». Ahora había que erradicar sin miramientos estas supervivencias.

Trotsky escribió sobre Stalin que en la primera mitad de la década de 1920, «antes de que él mismo hubiera visto su camino, la burocracia lo había elegido» [107] como su líder. Ahora fue él quien creó su propia burocracia. Para consolidar y salvaguardar el sistema formado en la revolución desde arriba, era necesario sustituir en gran medida la burocracia termidoriana por una nueva burocracia, ya puramente estalinista, en la que predominarían nuevos elementos. Su principal ventaja: no cargarían con el defecto fatal de la burocracia existente: no tendrían raíces revolucionarias y no portarían las «supervivencias proletarias comunistas». Por el contrario, estarían arraigados en la revolución desde arriba contrarrevolucionaria, en los aparatos que colectivizaron el campo, industrializaron la economía y al mismo tiempo aseguraron a estos nuevos elementos una promoción social. Fue precisamente «gracias a ellos que comenzó a reinar el ambiente de juventud y progreso, el triunfo de la joven generación estalinista, que se produjo en el mismo momento en que se dispersaban las fuerzas de la oscuridad representadas por los viejos bolcheviques» [108].

Hoy existen serias evidencias de que el Gran Terror se había preparado durante varios años. Balazs Szalontai ha establecido que Stalin experimentó por adelantado en Mongolia, la primera «república popular», ya en 1933-1934, al menos las tácticas y técnicas, si no toda la estrategia, del Gran Terror contra la capa burocrática existente. Fue precisamente contra la élite del poder mongol que los agentes de la policía secreta soviética aplicaron por primera vez «los métodos característicos del Gran Terror soviético (purga y ejecución de altos funcionarios del partido, juicios escenificados, uso sistemático de la tortura para extraer falsas confesiones y acusaciones de espionaje)». «Es totalmente improbable que hayan inventado métodos tan sofisticados sólo para el uso de los mongoles y que no tuvieran la intención de utilizarlos en su país» [109].

La construcción desde arriba de una nueva burocracia, esta vez puramente estalinista, coronó la contrarrevolución. La relación de explotación entre la burocracia gobernante y la clase obrera ya sólo podía consolidarse como una relación de producción. Filtzer escribe: «Los contornos de la incipiente estructura de clases quedaron a menudo desdibujados durante este periodo por la enorme fluidez y movilidad social. Muchos miembros del antiguo aparato burocrático perdieron sus puestos e incluso sus vidas, mientras que al mismo tiempo decenas y eventualmente cientos de miles de antiguos trabajadores -algunos de los cuales eran a su vez recientes reclutas del diezmado campesinado- entraron en la élite como funcionarios del partido y burócratas estatales o como administradores de fábricas. Es importante darse cuenta de que bajo la apariencia de caos y fluidez social, el colapso de las estructuras tradicionales y la formación de nuevas subestructuras dentro de la clase obrera, se formó una relación de clase particular entre la nueva fuerza de trabajo, que creó el producto social excedente, y la nueva élite, que lo expropió. Independientemente de cuántos miembros de la burocracia murieron en la campaña contra los «parásitos económicos» en los primeros años de la industrialización o durante las Purgas y el Terror de 1936-1938, e independientemente de cuántos trabajadores pasaron a formar parte de la élite, esta relación de clase evolucionó en el transcurso de la década de 1930 hasta que finalmente se solidificó en una forma reproducible, aunque históricamente inestable» [110].

Con el establecimiento del dominio de la nueva burocracia estalinista, la nueva clase obrera, fundida en el crisol de las relaciones de explotación, también dejó de ser una fuerza social colectiva, es decir, capaz de autoactividad y autoorganización de masas, durante casi 60 años. La burocracia gobernante de la URSS logró hacer algo que las potencias de todo el mundo rara vez consiguen. Despojó a los trabajadores de su poder innato y potencial, pero también muy real, que a partir de la segunda mitad de la década de 1830, primero en Inglaterra y luego con la expansión del capitalismo a escala internacional, ejerció una influencia cada vez mayor en el curso de la historia. Al mismo tiempo que el régimen estalinista lograba frenar a la clase obrera, que se convertía en una fuerza grande y numerosa en el vasto territorio del Estado soviético, en Alemania el régimen nazi aplastaba con su terror al movimiento obrero.

Por otra parte, el movimiento sindical estadounidense estaba experimentando la mayor expansión de su historia desde 1934, y estaba naciendo el movimiento sindical industrial moderno. Gracias a las grandes huelgas, este movimiento llegó a derribar los muros de los bastiones más poderosos del capital, se instaló en ellos e impuso los convenios colectivos de trabajo [111]. Entonces, aprovechando la situación de pleno empleo en condiciones de economía de guerra y animados por la persistente y exitosa lucha huelguística del sindicato de mineros, los trabajadores rompieron en masa la promesa sindical de no hacer huelga durante la guerra. Los beneficios se dispararon, los precios subieron y los salarios debían estar congelados, pero la fiebre de la huelga los descongeló de hecho [112]. En los talleres de muchas grandes fábricas, el control de los trabajadores sobre los procesos de trabajo se desarrolló hasta crear situaciones de doble poder [113]. Incluso en los primeros años de la posguerra, C. Wright Mills -muy impresionado por el impulso del control obrero en las empresas y el poder social del movimiento sindical- parecía pensar que sus líderes tendrían pronto la oportunidad de hacerse con el control del Estado. Así lo expresó en su primera obra sociológica [114].

En la Unión Soviética, en los años de posguerra, la clase obrera estaba bajo la tutela del régimen estalinista y de sus leyes laborales draconianas, más que nunca antes o después: «una de las diferencias más importantes entre el proceso de acumulación de los años 30 y la posguerra fue la erosión de la distinción entre trabajo forzado y trabajo libre» [115].

En el seno del movimiento obrero internacional, por tanto, se produjo una divergencia, de gran alcance en sus efectos históricos, entre sus tres grandes y cruciales centros. Cuando el movimiento obrero arrasó en Norteamérica, fue erradicado en Alemania y Rusia. El destino de ninguna lucha social en la historia ha dependido tanto de su interacción y convergencia internacional como el destino de las luchas obreras.

La asimilación estructural estalinista de las periferias de Europa del Este

Antes de que los partidos comunistas asumieran el poder estatal en Europa del Este, que, debido al reparto del mundo entre las potencias vencedoras, se encontraba en la «esfera de interés» soviética, sufrieron la primera de una serie de mutaciones políticas sucesivas, consistentes en la ruptura de su propia continuidad política. Esto era necesario para la transformación de estos partidos obreros en partidos de la burocracia gobernante. En el caso extremo de Polonia, la ruptura se produjo muy pronto y de forma radical, incluso antes de la guerra. A finales de los años 30, la dirección de la Internacional Comunista disolvió, por orden de Stalin, el Partido Comunista Polaco (KPP), y sus numerosos cuadros exiliados en la URSS fueron exterminados casi en su totalidad. El nuevo Partido Obrero Polaco (PPR), creado a principios de 1942, supuso una profunda discontinuidad con el antiguo KPP. No fue el caso de los partidos comunistas de los demás países pertenecientes a la «esfera de intereses» soviética [116]. Los procesos de ruptura de la continuidad allí fueron escalonados, graduales y, aunque no es difícil de demostrar analíticamente, enmascarados con gran éxito.

En el periodo de entreguerras, la desigual e incompleta estalinización del movimiento comunista fuera de la URSS, combinada con su creciente subordinación al aparato estatal soviético, aún no había erradicado completamente su internacionalismo. Justo antes del estallido de la guerra germano-soviética, Stalin ordenó un nuevo rumbo para el movimiento. Georgi Dmitrov, Secretario General de la Comintern, anotó en su diario el siguiente mensaje de su jefe soviético, transmitido a él y a sus colaboradores por Andrei Zhdanov: «Será necesario desarrollar la idea de una combinación de un nacionalismo sano y bien entendido con el internacionalismo proletario. En los distintos países, el internacionalismo proletario debe arraigar en ese nacionalismo. (El camarada Stalin explicó que no puede haber contradicción entre el nacionalismo, correctamente entendido, y el internacionalismo proletario. Un cosmopolitismo desarraigado que niega el sentimiento nacional y el concepto de patria no tiene nada en común con el internacionalismo proletario. Ese cosmopolitismo abre el camino al reclutamiento de espías, de agentes enemigos)» [117].

De ese modo, durante la guerra, todos los partidos comunistas que operaban en la futura «esfera de intereses» soviética se vieron obligados a sufrir una mutación que consistía en «arraigar el internacionalismo» -que ahora significaba la subordinación absoluta a los intereses estatales de la URSS- de forma permanente en un «nacionalismo sano y bien entendido». El estalinismo, al inculcar a estos partidos un nacionalismo contrario a su naturaleza, los sometió a una «modificación genética». Después de la guerra, el derrocamiento del capitalismo en los países de Europa Central y Oriental se debió a la necesidad de un ajuste estructural y de la asimilación de los sistemas políticos y socioeconómicos de estos países al sistema soviético. Así, el derrocamiento del capitalismo no se produjo mediante revoluciones: Moscú las había descartado inexorablemente.

Los partidos comunistas no llegaron al poder por movimientos de masas. Estos partidos no pretendían hacerlo ni siquiera allí donde el sentimiento popular anticapitalista era generalizado. Si los comités de empresa establecían el control obrero en las empresas y aspiraban a gestionarlas, los comunistas estalinistas acababan rápidamente con ellos. En cambio, intentaron penetrar en el aparato estatal, empezando por el aparato de seguridad (policía política secreta). Tomaron el poder al amparo o a la sombra del ejército soviético, los servicios especiales y otros aparatos del Estado. En algunos países esto ocurrió rápidamente, en otros tardó varios años, dependiendo de muchos factores: las relaciones de poder internas y las posibles combinaciones políticas, las consideraciones internacionales en la política soviética, la importancia estratégica primaria, secundaria o terciaria de un determinado país para el Kremlin, etc. Las nuevas autoridades decretaron la expropiación del capital y de las clases poseedoras en general mediante la nacionalización generalizada de la economía y la reforma agraria [118]. Los partidos comunistas «modificados genéticamente» legitimaron su monopolio de poder gradualmente establecido a través del nacionalismo. El nacionalismo se materializó en la limpieza étnica, en la opresión de las minorías nacionales y en su asimilación forzosa, así como en la reproducción de los modelos políticos, ideológicos y culturales del Estado uninacional desarrollados en el periodo de entreguerras por los regímenes y movimientos de la derecha radical. Antes de la «modificación genética», estos partidos no tenían sus propios modelos nacionalistas, así que los tomaron prestados de los que sí los tenían [119].

El carácter satélite de estos partidos se debía también a que eran minoritarios no sólo en las sociedades sino incluso en el movimiento obrero de sus países. Sin embargo, una vez que se integraron en el aparato estatal, y especialmente cuando tomaron el poder, fueron capaces de aumentar su número de miembros de forma fenomenal y convertirse instantáneamente en partidos de masas. En los centros de trabajo, «los empleados fueron obligados a unirse al partido con la amplia participación de los departamentos de personal y otras presiones administrativas» [120]. Según la historiografía del periodo de la Polonia Popular, hasta julio de 1944, es decir, todavía bajo la ocupación alemana, el número de miembros del PPR ascendía a 20.000. En enero de 1945, las filas del partido sólo contaban oficialmente con 30.000 miembros, pero en febrero el PPR ya contaba con 176.000, y en abril con 302.000. Este crecimiento, ya sea real o sólo sobre el papel, provocó en la dirección del partido o bien ansiedad o bien un reflejo de sentido común, de modo que, tras un «control», el número de afiliados se redujo a 189.000 en julio. A mediados de 1948, según los datos del partido, las filas del PPR habían vuelto a crecer en comparación con julio de 1944, hasta 50 veces; sin embargo, la gran mayoría de los miembros formales no pagaban cuotas [121].

Las investigaciones de Jędrzej Chumiński demuestran que los trabajadores afiliados al PPR -en contraste con los trabajadores del Partido Socialista- constituían el sector menos educado e inexperto de los empleados en las fábricas [122]. Su pertenencia al PPR «fue el resultado de una importante intensificación de las actitudes conformistas-oportunistas y de un alto nivel de autoritarismo», y por tanto también el resultado de una tendencia a someterse a «un Estado no democrático en el que todas las esferas de la vida social estaban subordinadas a la burocracia centralizada del partido». La falta de cultura política entre la masa de miembros del partido era una de las principales razones de la «influencia relativamente débil del Partido Comunista en los círculos de la clase obrera» [123]. Esto fue visible durante las grandes huelgas de las trabajadoras textiles en Łódź en 1947 y en Żyrardów en 1951. En ambos casos, «si una trabajadora con experiencia [antes de la guerra] en métodos de resistencia y conocimiento de la tradición huelguística apagaba su máquina, el resto la seguía» [124], independientemente de su afiliación partidista.

En las demás sociedades del bloque emergente se formaron partidos de masas estalinistas de forma igualmente milagrosa. En proporción a la población del país, se dice que el Partido Comunista Checoslovaco se convirtió en el mayor partido comunista del mundo en los años de la posguerra. Legal, masivo y parlamentario antes de la guerra, ahora debía su enorme apoyo popular principalmente a dos factores. Por un lado, la radicalización anticapitalista del proletariado en las grandes industrias (que no se vio alterada por el hecho de que el PCT paralizara enérgicamente el movimiento de autogestión de los comités de empresa). Por otro lado, fue el papel desempeñado por este partido después de la guerra en la campaña chovinista de limpieza étnica generalizada, contra las minorías alemana y húngara. Ambas minorías fueron expulsadas con la participación dominante de los comunistas [125].

Como en otros países de Europa del Este, en Checoslovaquia la limpieza étnica fue, además de una asimilación estructural, una de las bases para la construcción de un Estado satélite, en este caso no uni, sino binacional. Los comunistas checoslovacos ya estaban firmemente establecidos en los principales aparatos del Estado, especialmente en el aparato de seguridad pública, cuando la coalición gubernamental nacionalista a la que pertenecían se derrumbó en febrero de 1948. En estas circunstancias, dieron un golpe de Estado apoyado por una huelga general muy simbólica -que sólo duró una hora- y se hicieron con todo el poder. Ellos mismos nunca lo llamaron revolución. Jon Bloomfield, utilizando el concepto desarrollado por Antonio Gramsci -o al menos el término acuñado por él- calificó el golpe de Estado en Checoslovaquia de «revolución pasiva», señalando que su impulso «vino de arriba y del extranjero, con enormes implicaciones» [126]. Si fue una «revolución pasiva», queda inmediatamente claro cuál fue la principal diferencia entre ella y una revolución activa como la yugoslava: el hecho de que, a diferencia de ésta, era estructuralmente asimilable por el régimen estalinista.

En la Europa ocupada por los alemanes, los comunistas yugoslavos fueron los únicos que no adoptaron la línea de «resistencia antifascista» impuesta por Moscú, sino que libraron una guerra revolucionaria. El poderoso Ejército Popular de Liberación que formaron liberó el país, fundamentalmente, con sus propios medios. Rechazaron el reparto de influencias acordado por Winston Churchill y Stalin en Yugoslavia: era un reparto «fifty-fifty» [127]. Después de la ruptura con Stalin en 1948, Josip Broz Tito declaró que desde el Pacto Molotov-Ribbentrop, y especialmente desde la conferencia de los «Tres Grandes» en Teherán, la Unión Soviética había estado participando en «un acuerdo sobre la división de esferas de interés, un acuerdo imperialista» y «siguiendo conscientemente el viejo camino zarista del expansionismo imperialista» [128].

Los comunistas yugoslavos entendían bien por qué el Kremlin estaba librando una guerra ideológica increíblemente agresiva contra ellos, diseñada para aplastar su revolución. «Es bien sabido que la Segunda Guerra Mundial creó unas condiciones extremadamente favorables para que cualquier partido comunista organizara una lucha revolucionaria», escribió Svetozar Vukmanović-Tempo, uno de los principales dirigentes comunistas yugoslavos, al explicar por qué Stalin condujo a la derrota de la revolución en Grecia. Estas condiciones, señaló, se perdieron porque «para llevar a cabo su política hegemónica, la dirección soviética era decididamente hostil a los movimientos y luchas revolucionarias en cualquier país sobre el que no tuviera asegurado el control (ya sea por la distancia geográfica, o por la falta de fiabilidad de la dirección local, o por cualquier otra razón) o que fuera a ser objeto de negociación con los imperialistas (llevada a cabo sobre la base de la división de esferas de interés). Por eso, cuando terminaron las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial, ordenó a los comunistas franceses e italianos que desarmaran al pueblo, que disolvieran todos los comités populares que se habían formado durante la guerra como órganos potenciales e incluso parcialmente reales de un régimen revolucionario, que participaran en coaliciones burguesas (lo que en realidad significaba liquidar todas las conquistas de la lucha revolucionaria y renunciar a la continuación de la lucha), etc.» Vukmanović-Tempo explicó que los dirigentes del Kremlin «estaban interesados en el desarrollo del movimiento sólo en aquellos países que estaban dentro de la esfera de intereses de la URSS y sobre los que estaban seguros de poder extender control del gobierno soviético». En cuanto a los movimientos revolucionarios en otros países, en la práctica el gobierno soviético trató de impedir su victoria» [129].

Al respecto ,Vsevolod Holubnytchy, entonces activista de la izquierda radical en la diáspora ucraniana, escribió en 1953: «Stalin tiene miedo a una revolución» que pueda estallar en algún lugar de Europa o del mundo, «porque una revolución real, no controlada por el ejército ruso y el MGB [Ministerio de Seguridad del Estado], tiene 99 de 100 posibilidades de tomar un camino diferente al de Stalin, y el Estado revolucionario que surja de ella será independiente de la URSS». En otras palabras, Stalin tenía miedo del titismo, sobre todo tal y como era en 1948″ [130]. Así que temía exactamente lo mismo que durante la Guerra Civil española y lo que entonces llamaba trotskismo.

Los países de Europa del Este que formaban parte del bloque soviético eran llamados por el Kremlin democracias populares. Este término engañoso, que no se basa en ningún concepto [131], se inventó en el terreno teóricamente flojo del «marxismo transgénico» soviético, sólo para indicar que los Estados periféricos del bloque oriental se encontraban en un nivel de desarrollo sistémico no especificado, pero inferior al de su centro soviético. Este último se presentaba como socialista y justificaba así su superioridad y supremacía.

La condición previa para la asimilación estructural de las democracias populares era la formación de la capa burocrática dirigente de tipo estalinista y la instalación del modo de explotación de la clase obrera inherente a su dominación. En la URSS, el proceso de formación de la burocracia estalinista duró más de diez años y tuvo un curso catastrófico: sólo cristalizó después del Gran Terror. En este caso, el proceso iba a desarrollarse mucho más rápidamente, en un periodo de pocos años, y de forma diferente, sobre todo con mucha menos agitación. El punto de partida era, en el mejor de los casos, la burocracia, que todavía estaba poco separada del movimiento obrero («unificado» en los primeros años de la posguerra), así como los intereses creados de la intelectualidad y la pequeña burguesía.

La rápida construcción de una nueva capa dirigente burocrática sobre esta base sólo fue posible trasplantando a las democracias populares los modelos estalinistas de aparatos, prácticas y doctrinas de dominación desarrollados en la URSS. Se instalaron y aplicaron bajo la supervisión de la burocracia soviética, incluso, in situ, bajo la supervisión de las ramas periféricas de sus aparatos; significativamente, no tanto de los aparatos estatales ideológicos, sino principalmente de los represivos [132]. Esto ocurrió necesariamente en el curso de dramáticas -pero no catastróficas- crisis políticas y luchas de facciones, amplias intervenciones y represiones por parte de los órganos de seguridad pública y los servicios secretos militares -que, aunque estaban por encima de la dirección del partido, estaban al mismo tiempo bajo un fuerte control soviético y cuyo papel en este proceso fue enorme- e incluso tribunales políticos dignos de los de la Santa Sede [133], juicios espectáculo y ejecuciones.

No sólo se intentó someter a los trabajadores a una tutela según el modelo estalinista, privándoles del derecho a la autoorganización, a la huelga y a cualquier forma de autoactividad, y rompiendo la resistencia a la explotación mediante una legislación laboral represiva y una fuerte presión de la «masa laboral» en forma de diversas categorías de trabajo no libre [134]. Aprovechando el hecho de que la industrialización proporcionaba en gran medida elementos de mano de obra frescos, desprovistos de raíces de clase, se utilizó también la experiencia soviética particularmente eficaz de su reclutamiento masivo en las filas de la burocracia. Al igual que en la URSS, esto fue crucial para la introducción de un modo de explotación de los trabajadores al estilo estalinista.

En ningún lugar fue posible obtener copias fieles de la burocracia soviética original y de su modo de funcionamiento, conformado bajo diferentes condiciones históricas. La muerte de Stalin, el caso Beria y la desestalinización jruschoviana sumieron a la burocracia de todo el bloque en una profunda crisis política. Esta crisis desencadenó tendencias rebeldes en algunos segmentos de la burocracia periférica. Uno de ellos adoptó una forma tímidamente revisionista, que en contacto con los movimientos sociales generó la demanda de un socialismo con rostro humano. La otra, paradójicamente en el terreno creado por el estalinismo, adoptó una forma radicalmente nacionalista: este fue el caso de Rumanía (y también, en la periferia de Extremo Oriente), de Corea del Norte.

Pero la muerte de Stalin y la rehabilitación de sus últimas víctimas -los médicos del Kremlin- bastaron para que las protestas obreras sacudieran las relaciones de explotación. El 1 de junio de 1953 estallaron disturbios obreros en la gran ciudad industrial de Pilsen, en Checoslovaquia. También estallaron huelgas en otros centros industriales del país, en al menos 129 empresas, con la participación de al menos 32.000 trabajadores [135]. El 16 de junio, una protesta de los trabajadores de la construcción de Berlín en la Stalinallee desencadenó un movimiento de huelga en más de mil empresas (participaron medio millón de trabajadores) y manifestaciones y concentraciones en más de 700 ciudades y pueblos de Alemania Oriental. Por primera vez en la periferia del bloque se utilizó el ejército, en este caso, las fuerzas de ocupación soviéticas, contra los trabajadores [136].

Tres años más tarde, el levantamiento obrero de Poznań, también pacificado por el ejército, esta vez nacional, y los sucesos del octubre polaco sacudieron tanto a la periferia de Europa del Este que la revolución húngara tuvo que ser reprimida por el ejército soviético para evitar el colapso del bloque. «Parece que, en un furioso giro de la historia, las semillas están eclosionando en forma de consejos de estudiantes, trabajadores y soldados, como soviets antisoviéticos» [137] escribió E.P. Thompson en octubre de 1956, entonces todavía miembro del Partido Comunista, impresionado por lo que ocurría en Budapest. Hoy sabemos que el papel de los destacamentos insurreccionales obreros, los consejos obreros, su coordinación a nivel de distritos y regiones y las huelgas de masas fue enorme en esta revolución [138].

En la Unión Soviética, «las huelgas, e incluso las formas más suaves de acción obrera, eran extremadamente peligrosas: se reprimían violentamente y los organizadores corrían un gran riesgo de acabar en un campo de trabajo o incluso de ser ejecutados, no sólo bajo Stalin, sino también bajo [Nikita] Jruschov y [Leonid] Brézhnev» [139]. Desde que la burocracia estalinista consolidó su dominio hasta mediados de 1989, la mayor huelga de masas, combinada con manifestaciones callejeras, estalló en junio de 1962 en la fábrica de locomotoras de Novotcherkassk e incendió esa ciudad obrera. Los trabajadores que se manifestaban en las calles llevaban pancartas rojas y retratos de Lenin. La manifestación fue reprimida por tropas de los Ministerios de Interior, Seguridad del Estado y Defensa. Todo se llevó a cabo bajo la supervisión de dos miembros del Politburó enviados al lugar. Siete participantes fueron condenados a muerte y ejecutados [140]. Esto ocurrió durante el reinado de Jruschov, el más liberal antes de la perestroika.

Tras un largo periodo de estancamiento, los trabajadores soviéticos no empezaron a recuperar su fuerza colectiva hasta julio de 1989, cuando estalló una repentina avalancha de huelgas en los principales yacimientos de carbón de Kuzbass, Donbass, Vorkuta, Ekibastuz y Karaganda [141]. Al igual que los movimientos independentistas de las naciones oprimidas, que fueron los primeros en utilizar el arma de la huelga de masas durante la perestroika, este movimiento obrero resurgente socavó de tal manera el Estado soviético que, sin guerra civil ni intervención militar extranjera, se derrumbó como un castillo de naipes. En su día resistió la prueba histórica de la Segunda Guerra Mundial. Unas décadas más tarde, se derrumbó de la noche a la mañana bajo el peso de sus contradicciones internas, dejando al descubierto la fragilidad de su naturaleza.

En su libro Marxismo e Historia, S. H. Rigby escribió que en La revolución traicionada Trotsky ofreció «un intento clásico de caracterizar a la Unión Soviética desde posiciones marxistas». Trotsky, explicó Rigby, «veía la apropiación del poder por parte de la burocracia como una forma transitoria y no duradera de organización social. O bien la Unión Soviética avanzaba hacia el verdadero socialismo, o bien hacia el capitalismo y la propiedad privada de los medios de producción”. Pero Rigby tenía sus dudas: «Por el momento parece que ni una toma revolucionaria por parte del proletariado ni la restauración del capitalismo son opciones muy probables para la Unión Soviética. Por el contrario, incluso los disidentes creen que la sociedad soviética goza de una estabilidad deprimente. Por tanto, la Unión Soviética no es una forma de sociedad de transición, sino una nueva forma de sociedad”. Rigby estaba seguro de que no era socialismo. Por lo tanto, concluyó que «la mejor manera de conceptualizarla es como una nueva forma de sociedad de clases» [142].

Rigby escribió esto en 1987, cuatro años antes de la caída de la URSS. Aunque en su trabajo como historiador suele ser infalible a la hora de distinguir entre fenómenos y procesos de larga y corta duración, en este caso le faltó perspectiva histórica. En su momento, muchos otros investigadores, académicos y teóricos de la izquierda radical cometieron errores similares. Pronto quedó claro que la supuesta permanencia y estabilidad del régimen soviético, del propio Estado y del bloque soviético en su conjunto eran puras ilusiones. Ninguna «nueva forma de sociedad de clases» que haya aparecido en la historia ha durado varias décadas. El carácter muy efímero y radicalmente inestable de esta «nueva forma» atestigua el hecho de que en la URSS, y más tarde en el bloque soviético, no apareció un nuevo modo de producción (del tipo del enigmático colectivismo burocrático), ni pudo renacer de ninguna forma un viejo modo de producción (como el quimérico capitalismo de Estado en sus diversas variantes teóricas). La Unión Soviética, escribió Filtzer, era «una formación social históricamente inestable que no era ni capitalista ni socialista y, como tal, no tenía un regulador eficaz de la economía ni de la reproducción de su estructura social» [143]. «Funcionó en un nivel de contradicción e inestabilidad interna tal que nunca pudo ser otra cosa que una formación social efímera» [144].

Durante algún tiempo después de la revolución de 1917, la sociedad soviética fue una sociedad en transición entre el capitalismo y el socialismo. «Entre” -esto no significa “tener que pasar del capitalismo al socialismo” y «construir el socialismo» (y mucho menos una sociedad que «construya el socialismo», al contrario de lo que ya había proclamado Stalin antes de la guerra). Podría avanzar en cualquiera de las dos direcciones: hacia el socialismo o hacia el capitalismo, y también podría quedarse atascado en algún lugar de este camino de dos direcciones y degenerar. No sólo por el subdesarrollo, sino sobre todo porque el socialismo en un país o incluso en un grupo de países es imposible, el destino de la sociedad soviética dependía de las revoluciones en otras partes del mundo, principalmente muy desarrolladas. La degeneración burocrática de la Revolución de Octubre, coronada por la contrarrevolución de Stalin, bloqueó finalmente la posibilidad de evolución hacia el socialismo. El retorno a una sociedad en transición del capitalismo al socialismo no era posible sin una nueva revolución obrera que derrocara el régimen burocrático y estableciera su poder. Sin ella, la sociedad soviética sólo podría ser una sociedad de transición en el sentido de estar temporalmente desconectada del sistema capitalista mundial.

El bloque soviético y el problema de los modos de producción y de explotación

Toda sociedad concreta contemporánea, y por lo tanto la sociedad de clases, es, desde un punto de vista teórico, una formación social, está formada de tal manera que articula o combina diferentes modos de explotación, que pueden ser y a veces son, pero no tienen por qué ser, modos de producción. Se trata siempre de una articulación o combinación dominante: un modo de explotación domina necesariamente sobre los demás. En casi todas las sociedades contemporáneas domina el modo de explotación capitalista, que es también un modo de producción por excelencia. Pero hasta hace unas décadas, en una serie de sociedades que cubren una gran parte del planeta, dominaba un modo de explotación que no era un modo de producción.

Marx explicó en El Capital que los modos de producción antagónicos difieren entre sí en las formas sociales que adopta el trabajo excedente en cada uno de ellos, y por tanto en los modos de explotación. «Sólo la forma en que este trabajo excedente es extorsionado del productor inmediato, el trabajador, distingue las formaciones sociales económicas, por ejemplo, la sociedad esclavista de la sociedad asalariada» [145]. En su trabajo antropológico sobre la comunidad primitiva como modo de producción, Alain Testart complementó la tesis de Marx añadiendo que en los modos de producción no antagónicos, es decir, sin clases, no hay explotación y que en esto se distinguen de los modos antagónicos, es decir, de clase. Mientras que cuando una clase o estrato de la sociedad vive del trabajo de otra clase, el trabajo se divide necesariamente en indispensable (para la reproducción de la fuerza de trabajo de los productores inmediatos) y en trabajo excedente, en las sociedades sin clases no se divide así. El trabajo excedente debe entenderse aquí, siguiendo a Testart, y de hecho siguiendo a Marx, cuyo concepto de trabajo excedente fue utilizado por Testart, exclusivamente en el contexto de las relaciones de explotación [146].

«En las sociedades no explotadoras, la relación social de producción es una relación de no explotación: esta proposición puede parecer tautológica. Sin embargo, no es más tautológico que la proposición de que en una sociedad donde existe la explotación la relación [fundamental] de producción es de explotación. Estas dos proposiciones, más allá de su aparente superficialidad, expresan dos cosas, a saber: 1° la relación de producción es la relación social fundamental que vincula a los hombres en la producción; 2° lo fundamental en una sociedad es la presencia o ausencia de explotación. Que la relación social de producción fundamental es una relación de explotación en la sociedad capitalista es lo que muestra Marx a lo largo de El Capital: la relación de producción capitalista [fundamental] no es otra que la extorsión de la plusvalía, la forma específica que adopta el trabajo excedente en el modo de producción capitalista. Hacer pasar [en el capitalismo] cualquier otra relación como la relación fundamental es no entender nada de El Capital«, explicó Testart [147]. En un modo de producción antagónico -no sólo en el capitalismo- la relación de explotación es la relación de producción fundamental. Es «vertical» y determina otras dos relaciones de producción, a las que está inseparablemente ligada: «las relaciones horizontales entre los propios explotadores y entre los propios productores inmediatos» [148].

La tesis de que en cualquier modo de producción (antagónico) la relación fundamental de producción es la de explotación, es inseparable de la tesis de la primacía de las relaciones de producción sobre las fuerzas productivas. La tesis contraria, es decir, la que afirma la primacía de las fuerzas productivas, elimina inevitablemente el concepto de relaciones de producción y lo sustituye por el de formas jurídicas de propiedad, convirtiendo al marxismo en «una especie de evolucionismo en su versión materialista teñida de determinismo tecnológico» [149]. Louis Althusser exageró al sostener que, aparte de algunas frases desafortunadas (en particular en el Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política de 1858) que la inmensa mayoría de los marxistas han tomado como una revelación, «Marx nunca defendió la primacía de las fuerzas productivas sobre las relaciones de producción» [150]. Hay muchas otras afirmaciones o sugerencias de este tipo en Marx, como ha demostrado Rigby, sometiéndolas a una crítica exhaustiva, perspicaz y convincente a la luz del conocimiento histórico contemporáneo [151].

Sin embargo, Marx se fue alejando progresivamente y cada vez más de esa forma de pensar, y por eso Althusser tenía razón al señalar que «sostenía, al mismo tiempo que la idea de la unidad de las relaciones de producción y de las fuerzas productivas, [la de] la primacía de las relaciones de producción (es decir, al mismo tiempo de las relaciones de explotación) sobre las fuerzas productivas» [152]. Está bastante claro que al escribir El Capital, Marx pensaba que las relaciones de producción no están en absoluto determinadas por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, sino que, citando a Althusser, «en la unidad específica de las Fuerzas de Producción y de las Relaciones de Producción que constituye un Modo de Producción, son, sobre la base y dentro de los límites objetivos fijados por las Fuerzas Productivas existentes, las Relaciones de Producción las que desempeñan el papel determinante» [153].

Resumamos. Tenemos tres tesis clave entrelazadas: primera, en cualquier modo de producción la relación fundamental de producción es la relación de explotación (o de no explotación); segunda, cualquier modo de producción es una unidad de relaciones de producción y fuerzas productivas; y, tercera, dentro de esta unidad la primacía la tienen las relaciones de producción: determinan el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, estas tesis exigen tres aclaraciones, desarrollos y adiciones muy importantes.

En primer lugar, incluso los historiadores que reconocen explícitamente la primacía de las relaciones de producción sobre las fuerzas productivas tienden a ignorar la tesis básica de Marx, ya invocada, de que los modos de producción antagónicos difieren entre sí en la forma en que se extorsiona el trabajo excedente, y por lo tanto en el modo de explotación, e inscriben forzosamente distintos modos de explotación en un único modo de producción. Es el caso, por ejemplo, de Chris Wickham que, distinguiendo entre la renta extorsionada a los campesinos por los señores feudales en las sociedades precapitalistas y el impuesto exigido a los campesinos por una burocracia estatal tributaria, considera que en ambos casos se trata del mismo modo de producción [154]. Wickham pensó y demostró en su día que se trataba de dos modos de producción diferentes [155] pero, bajo la influencia de la crítica de Halil Berktay y John Haldon [156], abandonó esta distinción. Ahora llama feudal a este modo de producción precapitalista supuestamente único, mientras que Haldon lo llama tributario. Sin embargo, Wickham señala que se trata de una diferencia puramente terminológica, no teórica.

En segundo lugar, en la investigación y las prácticas teóricas, se suele pasar por alto (o simplemente se olvida) que el modo de producción es una unidad de relaciones de producción y fuerzas productivas. Esta unidad no se problematiza, sino que simplemente se asume, explícita o implícitamente, como algo evidente. En consecuencia, diversos modos de explotación, que no se caracterizan por dicha unidad, se perciben como modos de producción (antagónicos), mientras que al mismo tiempo se descuida o incluso se niega la existencia de modos de explotación que no se consideran modos de producción, o que no son realmente modos de producción. Porque el hecho es que todos los modos de producción (antagónicos) son modos de explotación, mientras que no todos los modos de explotación son modos de producción, sólo algunos. Un determinado modo de explotación es también un modo de producción sólo cuando las relaciones de explotación y las fuerzas productivas correspondientes constituyen una unidad. Es decir, cuando los procesos de trabajo, y con ellos las fuerzas productivas (la capacidad productiva del trabajo social), incluyendo las fuerzas de trabajo de los productores inmediatos (sus capacidades de trabajo), están formal y realmente sometidos a las relaciones de explotación [157].

Las nuevas relaciones de explotación, al subyugar formalmente los procesos de trabajo y las fuerzas productivas existentes (es decir, heredadas de los modos de producción que las precedieron), transforman en profundidad su carácter social, dándoles una forma social específica (por ejemplo, lineal, tributaria, capitalista), pero no las transforman sustancialmente en términos materiales. En este sentido, los transforman sobre todo cuantitativamente, no cualitativamente. Si la cantidad de mano de obra necesaria se mantiene constante, la sumisión formal sólo permite obtener más excedente de mano de obra al precio de una jornada laboral más larga o de una intensificación del trabajo, lo que sólo permite una explotación absoluta. Por otro lado, al subyugar realmente los procesos de trabajo y las fuerzas productivas existentes, las relaciones de explotación los transforman sustancialmente en términos materiales. Lo hacen no sólo cuantitativamente, sino sobre todo cualitativamente. Marx llegó a escribir que, en tal caso, las relaciones de explotación revolucionan los procesos de trabajo y las fuerzas productivas, y también generan otras nuevas y se materializan en ambas. Esto permite extorsionar más la mano de obra excedente aumentando la productividad del trabajo. Lo que crea la posibilidad de producir en el mismo tiempo de trabajo un mayor número de medios de consumo indispensables para la reproducción de la fuerza de trabajo. Para obtenerlos, el productor inmediato trabaja menos tiempo, es decir, se reduce el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de su fuerza de trabajo y, por tanto, se alarga el tiempo de trabajo excedente y aumenta la explotación relativa. La sumisión formal y la sumisión real son inseparables; no hay una sin la otra. Siempre existen juntos, con el predominio de una u otra [158].

Al considerar hasta qué punto el feudalismo europeo desarrolló las fuerzas productivas, Wickham ha llamado la atención sobre un hecho histórico crucial: la «difusión del regadío en el sur de Europa, especialmente en las tierras que estaban bajo dominio árabe: el sur de España desde el siglo VIII hasta el XIII y Sicilia desde el siglo IX hasta el XI». Escribe: «Este debe haber sido el avance productivo más espectacular de toda la historia agraria de la Edad Media [europea], ya que las tierras de regadío rendían al menos el doble que las no regadas y no necesitaban dejarse periódicamente en barbecho; también podían soportar nuevos cultivos importados de Oriente, como la caña de azúcar y los cítricos; el regadío también tuvo un impacto directo en el proceso de trabajo, ya que aldeas enteras tuvieron que trabajar juntas para establecer y mantener los sistemas de riego. Me gustaría demostrar que esto fue en el contexto del establecimiento de un sistema de recaudación de impuestos”. Parece -escribe de nuevo Wickham, señalando que esto no puede confirmarse por falta de fuentes- que «el nuevo sistema de impuestos exigía la producción de un excedente adicional», «de ahí la intensificación de la producción mediante el riego» [159].

Desde mediados de los años 70 se sabe que en la España islámica (en Al-Andalus), al igual que en la Sicilia islámica, se produjo una verdadera revolución agrícola [160] en el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto condujo a un aumento múltiple de la productividad agrícola y, por lo tanto, a un aumento múltiple del producto excedente relativo adecuado. Existe una estrecha relación entre esta revolución, que desarrolló y transformó enormemente las fuerzas productivas, y el hecho de que el excedente de trabajo de los campesinos no fuera extorsionado como renta por los señores feudales, sino como impuesto por el poder estatal (la burocracia). Por ello, algunos historiadores, arqueólogos y antropólogos consideran, con razón, que el modo de producción tributario era fundamentalmente diferente del feudalismo [161]. Se diferenciaba no sólo en su modo de explotación, sino también en el hecho de que la relación de explotación que le era propia era capaz de subyugar a las fuerzas productivas, de desarrollarlas, transformarlas, revolucionarlas. Por eso podemos hablar, y hablamos, de una revolución agrícola.

Por lo tanto, no era sólo un modo de explotación, sino también un modo de producción, no de nombre, sino de fondo. Sin embargo, parece que el feudalismo, que coexistió históricamente con él, fue incapaz de someterse, desarrollar y transformar las fuerzas productivas, por lo que debemos preguntarnos si era un modo de producción o simplemente un modo de explotación. Al reducir la renta, tomada del campesinado por los señores feudales, y los impuestos, cobrados al campesinado por el Estado, a una misma forma de explotación, la colosal diferencia entre ambas se difumina por completo. Se hace evidente cuando se distinguen claramente los dos modos de explotación y se examina cómo se relaciona cada uno con las fuerzas productivas. De lo contrario, como en el caso de Wickham, la diferencia entre ellos, arrojada por la puerta, necesariamente vuelve a entrar por la ventana.

En tercer y último lugar, en un modo de producción dado, no es sólo la relación de explotación, o no necesariamente sólo ella, la que somete realmente a las fuerzas productivas, sino que con ella sus otras relaciones de producción también las someten. En el caso del modo de producción capitalista, el desarrollo continuo de sus propias fuerzas productivas no sólo es impulsado por la relación «vertical» de explotación (por la explotación y la resistencia a la explotación, y por tanto por la lucha de clases), sino también, o incluso más importante, por otra relación de producción: la relación «horizontal» de competencia entre capitales [162].

El modo de explotación introducido primero en la Unión Soviética por el régimen estalinista, y luego en los Estados periféricos del bloque soviético, no era un modo de producción. No subyugó a las fuerzas productivas, ni formalmente ni de hecho. En estos países, la revolución industrial, históricamente retrasada y, con su creciente retraso, cada vez más difícil de realizar bajo el capitalismo, sólo tuvo lugar a gran escala tras su derrocamiento, ya bajo el dominio de la burocracia. Las fuerzas productivas que se desarrollaron durante y como resultado de esta revolución, y los subsiguientes procesos de modernización y desarrollo social y económico fueron totalmente moldeados por el modo de producción capitalista. En parte se heredaron y en el proceso se multiplicaron, y en parte se obtuvieron mediante importaciones de países capitalistas, imitación o préstamos. A ello contribuyó enormemente el traslado a la URSS, tras la guerra, de los más modernos equipos, aparatos y tecnologías industriales, así como de miles de científicos y especialistas, procedentes de la zona de ocupación soviética de Alemania, altamente industrializada [163]. En todas esas fuerzas productivas, lo que se materializaba era el capital, ellas lo encarnaban, pero al mismo tiempo se despojaban de su forma social capitalista. La burocracia gobernante no las transformó materialmente, de modo que siguieron siendo permanentemente lo que eran cuando fueron tomados de los capitalistas: la materialización del capital. Y de ese modo la burocracia no se sometió realmente a ellas. Tampoco les dio una nueva forma social y, por tanto, no se sometió se formalmente a ellas. «La materialización del capital se liberó de la forma de capital que lo controlaba, pero no se puso bajo el control de otro sistema orgánico de metabolismo social que se enraizara en la base material de la economía y la transformara más o menos rápidamente, más o menos radicalmente”. En resumen, «se proclamó el socialismo sin superar radicalmente la encarnación material del capital» [164].

En las fábricas, se conservó la herencia del capitalismo: «la división jerárquica del trabajo, desde los de abajo, que ejecutan las órdenes de otros, hasta los de arriba, que participan en los procesos de los planes quinquenales. Toda la configuración humana/material de la técnica del capital fue replicada» [165]. Pero la fábrica ya no está sujeta a la ley del valor, ni tampoco al principio de la planificación. No funcionaba en una economía planificada, porque sólo los burócratas pensaban que estaban planificando y, aún más, que su planificación no sólo regulaba la economía, sino que lo hacía incomparablemente mejor que la ley del valor que rige la economía capitalista. O no entendieron, o no quisieron entender que es imposible planificar sin la participación colectiva de los productores inmediatos, más aún cuando se está en una relación antagónica de explotación con ellos. La economía y la sociedad modernas se rigen por la ley del valor o por el principio de la planificación. No hay otras posibilidades.

En una economía gestionada burocráticamente, la materialización del capital, que había perdido su forma social como capital, pero no había adquirido una nueva, quedó a la deriva. Era posible explotarlo sin ningún regulador, sustituyéndolo por un sucedáneo: la coacción burocrática extraeconómica. Pero, por supuesto, esto sólo era posible a relativamente corto plazo. «No era un modo de producción en absoluto (y a fortiori no era ni capitalismo de Estado ni colectivismo burocrático). Las directivas impuestas políticamente no podían permitir el control de las fábricas de manera que se promoviera el desarrollo de las fuerzas productivas de forma estable y permanente» [166].

Las fuerzas productivas, creadas por el modo de producción capitalista y transferidas del capitalismo a la economía dirigida, donde fueron despojadas de su forma social, perdieron su dinámica de desarrollo. En el capitalismo, la fuente de esta dinámica es la explotación relativa de la fuerza de trabajo (la producción de plusvalía relativa). Como ya sabemos, su crecimiento está ligado no sólo a la relación vertical de explotación, que tiene lugar entre el capital y el trabajo, sino también a otra relación de producción capitalista: la relación horizontal de competencia entre capitales. Es esto último lo que obliga a cada capital a acumular, a innovar, a mejorar el equipamiento técnico del trabajo y, en consecuencia, a aumentar continuamente su productividad: la base de la explotación relativa. En una economía dirigida, bajo dominación burocrática, esta relación competitiva entre los capitales ha desaparecido y nada la ha sustituido. A través de la coacción extraeconómica a la que están sometidos los productores inmediatos, es posible extorsionar de ellos casi exclusivamente el trabajo excedente absoluto, ya sea aumentando su número mientras se mantiene la misma tasa de explotación, o no aumentando su número pero sí la tasa de explotación, así como, por supuesto, aumentando ambos.

De ahí surge, bajo la dominación burocrática, la tendencia permanente a la explotación absoluta, también llamada explotación excesiva, sobreexplotación -que consume la fuerza de trabajo hasta impedir su plena reproducción- y una tendencia inherente a la resistencia a la sobreexplotación. Por supuesto, también en el capitalismo hay una tendencia permanente a la explotación absoluta, pero se da en una relación inseparable con la explotación relativa. Bajo la dominación de la burocracia, este vínculo se rompió, y debido a las limitadas y escasas posibilidades de explotación relativa, la tendencia en cuestión era mucho más fuerte, pero la tendencia que se oponía a ella -la resistencia de los trabajadores- también era más fuerte.

A la burocracia le pareció que esta contradicción se resolvería con la organización científica del trabajo taylorista, que Lenin había promovido imprudentemente poco después de la Revolución de Octubre. Pero «no podía aplicarse en la URSS» ni en ningún otro lugar del bloque soviético, «porque estaba hecho a la medida del capitalismo; no era, como parece haber imaginado Lenin, un cuerpo de conocimientos socialmente neutral». Además, “Taylor se revolvería en su tumba si alguien se atreviera a asociarlo con el enorme sobreempleo característico de la industria soviética. Fiat había construido una fábrica para la URSS: empleaba cuatro veces más trabajadores que la misma fábrica en Italia» [167]. A pesar de ello, en la fábrica italiana se extrajo más trabajo excedente de los trabajadores que de los cuatro veces más trabajadores de la fábrica de automóviles del Volga (VAZ). La razón de ambas cosas -el tamaño mucho mayor de la mano de obra soviética y la cantidad mucho menor de mano de obra excedente que podía extraerse de ella- era muy sencilla: la explotación relativa sólo era posible en la URSS en una medida reducida, si es que lo era.

A la luz de todo esto, está claro que la burocracia no era una clase dirigente histórica. No fue reproducida por ningún modo de producción histórico, sino sólo por un modo de explotación transitorio, y puesto que fue reproducida por un modo de explotación transitorio, debe ser considerada, por tanto, una clase dominante transitoria. Esto se justifica tanto más cuanto que, en el marco del trabajo teórico que Geoffrey de Ste. Croix llevó a cabo al escribir su libro La lucha de clases en el mundo griego antiguo, definió cualquier clase social de la manera más breve, y al mismo tiempo más rigurosa, que se pueda imaginar: «la clase es una relación de explotación» [168]. Esta definición se aplica por igual a una clase que se reproduce por un modo de producción y a una clase que sólo se reproduce por un modo de explotación que no es un modo de producción.

Otros estratos sociales históricamente conocidos, que dominaban sólo por medio de la coerción extraeconómica y que no imponían modos de producción sino sólo modos de explotación, se denominan comúnmente clases. Sin embargo, es importante darse cuenta de que se diferenciaban de la burocracia estalinista (y postestalinista) en un aspecto muy importante: dominaban a las clases que, como ellas, no eran históricamente autónomas, no podían establecer su propio modo de producción. En el bloque soviético, en cambio, la burocracia dominaba una clase históricamente independiente. Esta diferencia cualitativa entre la burocracia y la clase obrera significa que no se puede llamar a ambas clase a menos que se aclare explícitamente y de inmediato que una era una clase transitoria y la otra una clase histórica. Por lo tanto, para evitar cualquier malentendido, podemos referirnos a la primera como una capa dominante.

Lucha por la sobreproducción y el control de los procesos laborales

Robert Brenner es un historiador económico que estudia tanto el propio capitalismo como la transición histórica del feudalismo al capitalismo. Tres décadas después del famoso debate Dobb-Sweezy, suscitado a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta por los trabajos de Maurice Dobb sobre esta última cuestión, Brenner, continuando y ampliando el pensamiento histórico y económico de Dobb, lanzó un debate aún más vivo entre los historiadores sobre el mismo tema, denominado «debate brenneriano» [169]. Su sólido conocimiento de las diferencias fundamentales entre el capitalismo y las economías y sociedades no capitalistas, tanto antiguas como relativamente recientes, le permnmitió realizar importantes contribuciones al estudio de la naturaleza de los regímenes burocráticos del bloque soviético. Como he dicho, el derrocamiento del capitalismo rompió los grilletes que frenaban la revolución industrial en las sociedades atrasadas y, por lo tanto, subdesarrolladas, y permitió que ésta se produjera, pero no creó mecanismos para un mayor desarrollo sistemático de las fuerzas productivas comparables a su desarrollo en las sociedades capitalistas largamente industrializadas. ¿Por qué ha ocurrido esto?

Como explica Ellen Meiksins Wood, al informar sobre los logros teóricos de Brenner, «el desarrollo autopropulsivo característico del capitalismo requiere no sólo la eliminación de los obstáculos en su camino, sino también la compulsión positiva para transformar las fuerzas productivas, y esto sólo ocurre en condiciones de competencia en las que los actores económicos son libres de actuar en respuesta a estas condiciones, y al mismo tiempo se ven obligados a hacerlo. Nadie nos ha enseñado más sobre la especificidad de estas condiciones que Brenner. Tampoco nadie ha demostrado más eficazmente que él que, durante la mayor parte de la historia, no fue la necesidad de producir un excedente para las clases o los estados explotadores lo que transformó los métodos de producción de esta manera, ni siquiera la producción para el intercambio. Allí donde los explotadores -ya sean grandes terratenientes rentistas o Estados ávidos de impuestos- disponían de medios extraeconómicos para extraer más excedentes del campesinado, es decir, poderes coercitivos militares, políticos y judiciales directos, no existía una coacción sistemática para aumentar la productividad del trabajo. Los medios de extracción de excedentes bajo coacción extraeconómica no sólo carecían de estímulo para desarrollar las fuerzas productivas, sino que ellos mismos obstaculizaban su desarrollo al drenar los recursos de los productores inmediatos. El desarrollo del capitalismo requiere un modo de apropiación que obligue a extraer el máximo excedente de los productores inmediatos, pero sólo puede hacerlo si estimula u obliga a los productores a aumentar su productividad y promueve el desarrollo de las fuerzas productivas en lugar de obstaculizarlo. Este modo de apropiación es una formación rara y contradictoria, cuyas condiciones de existencia son muy específicas y estrictas» [170].

La burocracia usurpó el poder alegando que lo ejercía la clase obrera, en cuya explotación basaba su dominación. Sólo podía establecer y mantener la explotación mediante la coerción extraeconómica, porque la coerción económica sólo puede funcionar bajo el capitalismo y el capitalismo ha sido derrocado. Además, sólo la autoorganización y la cooperación de los productores inmediatos pueden estar libres de coerción económica y extraeconómica. Bajo la coacción extraeconómica, la burocracia también creó una amplia base material para su modo de explotación: logró la acumulación primitiva, la revolución industrial y la modernización social que la acompaña. Sin embargo, no fue capaz de establecer un modo de producción que permitiera el desarrollo continuo de las fuerzas productivas y el aumento constante de la productividad del trabajo a un ritmo y magnitud comparables a los del capitalismo.

Brenner lo dice muy claramente: en la propia URSS, y en el bloque soviético en general, la burocracia pudo constituirse y reproducirse como clase dominante porque logró crear los medios de coerción extraeconómicos indispensables para la extorsión del trabajo excedente en forma de producto excedente de la colectividad de productores inmediatos; de la clase obrera. En primer lugar, organizó directa y coercitivamente la división del trabajo y decidió tanto la distribución de los factores de producción -en particular la fuerza de trabajo, en los diferentes sectores, ramas y empresas- como la distribución de los productos de estos sectores, ramas y empresas. En segundo lugar, extrajo el excedente de trabajo: los trabajadores, bajo coacción extraeconómica, produjeron colectivamente un producto cuyo tamaño superaba el coste salarial de la reproducción de su propia fuerza de trabajo. La dependencia directa del gobierno de la burocracia de la eficacia de la coerción extraeconómica fue una característica fundamental del régimen que estableció [171].

Esta limitación se debía a que, a diferencia de los capitalistas, la burocracia no podía separar a los trabajadores de los medios de producción, y así obligarlos a ganarse la vida en el mercado laboral, vendiendo su fuerza de trabajo como si fuera una mercancía. Esta es la base de la coacción económica a la que están sometidos los trabajadores en el capitalismo. En una sociedad no capitalista, esto es imposible. Porque si el objetivo de todo capitalista es la maximización de su beneficio, «el objetivo de la burocracia en su conjunto es, por supuesto, la maximización de todo el excedente social», es decir, de todo el sobreproducto. «Por lo tanto, le interesa emplear a todos los trabajadores que pueda emplear, ya que cada trabajador empleado aumenta el excedente social (si tan sólo, más allá de lo que gana, puede producir individualmente algún sobreproducto)» [172]. En consecuencia, la economía gestionada burocráticamente «se desarrolla más extensivamente -aumentando el excedente mediante la contratación de nuevos trabajadores y equipándolos con máquinas- que intensivamente, es decir, transformando los medios de producción con los que está dotado cada trabajador». En consecuencia, la clase obrera en su conjunto es el mayor recurso productivo de la burocracia, y los trabajadores desempleados son un desperdicio de recursos» [173]. De ahí el pleno empleo en el bloque soviético, no por ningún principio socialista.

Las consecuencias históricas de este estado de cosas fueron considerables. Por un lado, al igual que en el capitalismo, los trabajadores no tenían ningún control colectivo sobre los medios de producción y subsistencia. Por otro lado, a diferencia del capitalismo, tenían garantizado el trabajo, ya que a la burocracia no le interesaba despedirlos. «A diferencia de los gerentes en el capitalismo, los gerentes en el sistema burocrático no tienen el mejor mecanismo para disciplinar a los trabajadores en el proceso laboral que se ha inventado en la sociedad de clases: la amenaza del despido. Su objetivo es maximizar la producción potencial de la empresa, por lo que tratan de retener a cualquier trabajador que produzca el más mínimo excedente respecto al coste de su salario» [174].

Los trabajadores que no pueden ser despedidos -que no se arriesgan a ser colocados en un mercado laboral inexistente- no están desconectados de sus medios de producción y de subsistencia, y su fuerza de trabajo no es una mercancía. Brenner sostiene incluso que en el bloque soviético «los trabajadores estaban efectivamente atados a sus medios de producción y de subsistencia». Precisamente por eso era imposible «hacer allí lo que el capital hace con éxito: utilizar la dependencia de los trabajadores del empleo para hacerlos económicamente dependientes de la burocracia» [175].

Una unidad de investigación de la Universidad de Grenoble, dirigida por Wladimir Andreff, estudió los procesos laborales del bloque soviético a la luz de los conceptos desarrollados por Marx en sus estudios sobre el trabajo y los procesos de producción capitalistas [176]. Comprobó que, paradójicamente, si bien había una escasez general de mano de obra, había un exceso de la misma en todas las empresas. Un ejemplo del alcance de este fenómeno lo encontramos en el caso de una planta química descrito en la prensa soviética, que no era nada extremo. En el momento de su construcción, la empresa capitalista extranjera planeó que emplearía a un total de 153 personas. Sin embargo, el planificador soviético consideró que debían emplearse 557 personas, pero en realidad la fábrica empleaba a 946. Para los investigadores de Grenoble, la contradicción entre la escasez global de mano de obra y el sobreempleo en las empresas era una de las contradicciones fundamentales de las economías del bloque soviético, que sólo podía explicarse a la luz de su funcionamiento global. Resultó que la dirección de las empresas -obligada a llevar a cabo planes que se les imponían desde arriba, sin conocer sus capacidades reales de producción y sin garantizarles un suministro oportuno y adecuado- aplicaba «diversas prácticas de gestión que se desviaban de la letra del plan, siendo una de las más importantes la constitución de diversas reservas o stocks, no declarados a la administración». «La mano de obra se puso así en reserva dentro de las empresas» [177].

Esto fue así porque el «verdadero talón de Aquiles» de las economías del bloque soviético era «su incapacidad para garantizar un suministro sin fallos a las empresas en el marco del plan». Este fenómeno era tan importante y cotidiano que varios autores hacían de los fallos de abastecimiento el núcleo de la lógica de funcionamiento «de estas economías» o la principal manifestación concreta de las contradicciones del sistema que reclama una «regulación» que se realiza en parte al margen del plan y de la economía oficial, incluso en contra de la letra del plan. En cualquier caso, la más mínima observación de la economía de tipo soviético muestra la realidad de este problema de abastecimiento, cuya consecuencia es, subrayémoslo, la desorganización del proceso laboral. ¿Cómo puede entonces someterse el ritmo del trabajo a la uniformidad de las máquinas, si éstas dejan de abastecerse de objetos de trabajo (materiales, etc.)?» [178].

«En enero, la industria estatal produce entre un 15 y un 25% menos que en diciembre, y esto siempre ha sido así en los últimos 20 años» [179]. Así escribía un economista húngaro en 1980 sobre un fenómeno -llamado chtourmovchtchina [literalmente la permanente disposición a la tormenta]- característico no sólo de Hungría, sino de todo el bloque soviético. En la primera mitad del periodo de aplicación de cada plan (mensual, trimestral, anual, quinquenal), las empresas trabajaron mucho más despacio y no utilizaron plenamente sus capacidades de producción, incluida la mano de obra, mientras que en la segunda mitad sobreutilizaban cada vez más estas capacidades y aumentaban los ritmos de trabajo. Precisamente por el aumento de la demanda de mano de obra durante estos periodos, se almacenaron reservas de mano de obra en las empresas. La mayor intensificación del trabajo y la mayor duración de la jornada laboral -horas extraordinarias y trabajo en días festivos, a veces incluso a costa de renunciar a las vacaciones- tuvo lugar «en la última década del mes y del trimestre, en el último mes del año y en el último trimestre del quinquenio». La Shturmovshchina estaba inextricablemente asociada al «trabajo chapucero» y a la producción de «chatarra» que, por cierto, solía ser rentable, sobre todo cuando el control de calidad se debilitaba bajo la presión de la necesidad de aplicar el plan. «Los productos de la última década del mes son de bastante mala calidad; de muy mala calidad en el último mes del quinquenio» [180].

La «mala calidad de los productos» repercute directamente en el proceso de trabajo: cuando los productos defectuosos de una fábrica son herramientas, piezas de recambio, productos semiacabados o equipos, es de esperar que se produzcan incidencias técnicas, averías, herramientas rotas, etc., en algún otro lugar del sistema de producción, lo que a su vez alterará el ritmo del proceso de trabajo. Por ello, es comprensible que las empresas asignen a algunos trabajadores a tareas (en talleres auxiliares) para retocar las piezas o equipos defectuosos que reciben de sus proveedores, para reparar herramientas rotas, equipos averiados o incluso para producir sustitutos caseros de los suministros que faltan o son inutilizables por falta de calidad. Para ello se utilizaron talleres de herramientas de fábrica. Las consecuencias fueron muy graves. En 1977, casi el 17% de los trabajadores industriales de Alemania Oriental se dedicaban a las reparaciones [181]. Hillel Ticktin ironizó con que, además del sector I de la economía, que producía los medios de producción, y del sector II, que producía los medios de consumo, los ideólogos soviéticos tendrían que introducir en su «economía política del socialismo» un sector III, que se ocuparía de la reparación de los medios de producción, porque en la URSS había más trabajadores (en el caso de las máquinas-herramienta, hasta cuatro veces más) implicados en su reparación que en su producción [182]. «La entrega tardía o de baja calidad de los componentes», señalan los sociólogos de la Academia de Ciencias de Hungría, «era una de las razones por las que las tecnologías avanzadas de los países occidentales no pueden ser adoptadas eficazmente por las economías planificadas» [183]. Por supuesto, no se trataba de economías planificadas, sino de economías gestionadas burocráticamente.

En el bloque soviético, la doctrina de la organización científica del trabajo era un componente de la ideología estatal dominante. De hecho, esta doctrina estaba enraizada en el taylorismo, pero sin embargo oscilaba entre la afirmación que justificaba este enraizamiento – «el taylorismo tiene una amplia base científica» y sólo es necesario «rechazar el carácter explotador del uso de la teoría de la organización científica del trabajo en el capitalismo» [184]– y la negación de este enraizamiento estigmatizando al propio taylorismo como «un instrumento de explotación contrario a los ideales del Estado socialista» [185]. El equipo de la Universidad de Grenoble llegó a la conclusión de que si, a pesar de su ineficacia, los procesos de trabajo y los principios de la organización científica del trabajo aplicados oficialmente en las economías del bloque soviético tenían algún parecido con el taylorismo, se trataba de un «taylorismo arrítmico». Andreff y sus colaboradores explicaron que «taylorismo y arritmia son términos contradictorios; los asociamos precisamente porque conceptualizan, en una sola imagen, los términos reales de las contradicciones reproducidas por el proceso laboral» en el bloque soviético [186].

La arritmia y la porosidad resultante de los procesos de trabajo que produce, el «taylorismo arrítmico», es el terreno que define las condiciones de la posibilidad de realizar la tendencia permanente del régimen burocrático a la explotación absoluta de la fuerza de trabajo y la tendencia igualmente permanente de los trabajadores a resistir la explotación, es decir, a minimizar la masa de trabajo excedente que se les impone. Recordemos que, suponiendo que el salario debe asegurar al menos la reproducción íntegra de la fuerza de trabajo y que la masa de fuerza de trabajo es constante, la explotación absoluta sólo es posible intensificando el trabajo y alargando la jornada laboral, y sin este supuesto, es decir, en la práctica, también bajando el salario real y aumentando la masa de fuerza de trabajo. En ambos casos, esta explotación tiene límites infranqueables (naturales y sociales). El «taylorismo arrítmico» reduce aún más estos límites, ya que «la arritmia del proceso laboral refuerza las dificultades para someter al trabajador». Por supuesto, estos límites se amplían durante los periodos de «asaltos» y «oleadas», pero el alcance de este fenómeno es limitado [187].

Durante estos periodos, «es la dirección la que necesita a los trabajadores: si el plan de la empresa no se cumple, el trabajador puede perder una bonificación, mientras que el directivo se expone a sanciones desde arriba que pueden costarle su puesto de trabajo y, en todo caso sus perspectivas de carrera [burocrática]». Este contexto conduce “a un tipo de relación de negociación entre la dirección y los ejecutivos, por un lado, y los trabajadores, por otro, en la que todo esfuerzo especial realizado por una parte va acompañado de una compensación por la otra». Por ejemplo, si la dirección no acepta dos o tres días de ausencias injustificadas durante el periodo de inactividad, si no hace la vista gorda al hecho de que durante las horas de trabajo haya colas en la tienda, impuestas por una economía de la escasez, o al hecho de que las pausas sean de hecho más largas de lo que estipula la normativa, si controla escrupulosamente las bajas por enfermedad, etc., corre el riesgo de que, durante un periodo de inactividad, los trabajadores no puedan tomarse un descanso, se corre el riesgo de que, durante un periodo de «trabajo frenético», los trabajadores se ciñan al horario legal, no quieran sudar y no se dobleguen para que la empresa cumpla el plan o simule eficazmente (es decir, con seguridad para la dirección) que lo hace [188].

Aquí llegamos al meollo de la cuestión. En el conjunto de condiciones descritas anteriormente, en el que tomó forma el modo de explotación burocrático, orgánicamente incapaz de constituirse como modo de producción, la tendencia permanente a la explotación absoluta de la fuerza de trabajo chocó inevitablemente con la tendencia permanente de los trabajadores a resistir la explotación. Pero incluso podríamos decir más: más allá de un cierto nivel infranqueable de explotación, se estrelló o colapsó ante esta tendencia contraria. Ninguna restricción burocrática extraeconómica pudo hacerle frente, ni en la segunda mitad de los años 30, cuando el terror estalinista hacía estragos en la URSS, ni en la segunda mitad de los años 40, cuando las draconianas leyes laborales de Stalin estaban en vigor. La reorganización burocrática de los procesos laborales y su gestión tampoco pudo hacerles frente.

«Lo que ocurría dentro de la empresa industrial era fundamental para el funcionamiento y el desarrollo del sistema» [189]. La burocracia, «permaneciendo con la clase obrera en una relación de explotación», tenía, sin embargo, posibilidades limitadas de extorsionar el trabajo excedente de ella. Estaban limitados no sólo por lo que en este sistema era el azote de las empresas y de toda la economía -las frecuentes ausencias o la ociosidad en el trabajo-, sino también por la rotación de los trabajadores que cambiaban masivamente de lugar de trabajo (en la URSS, en el sector estatal, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, alrededor de una quinta parte de todos los empleados cambiaba de lugar de trabajo cada año, y dicho cambio duraba una media de un mes). También estaban «limitados por la capacidad (…) de la clase obrera de ejercer el control sobre su proceso de trabajo». Bob Arnot señaló que en este sistema los trabajadores, aunque estén atomizados, «pueden controlar el ritmo de trabajo, pueden producir sin preocuparse demasiado por la calidad de lo que producen» [190]. Esto significa que «son capaces de ejercer un control negativo tanto sobre la calidad como sobre la cantidad del excedente que se les extrae» porque «mediante sus acciones controlan tanto el nivel absoluto de tiempo de trabajo empleado como su intensidad» [191]. Ticktin describió este fenómeno como «la contradicción entre la extorsión del trabajo excedente» por parte de la élite social gobernante y «su falta de control sobre el proceso de extorsión de ese trabajo» [192]. Fue él quien inició el reconocimiento de esta contradicción, y Arnot y Filtzer continuaron y desarrollaron amplios estudios teóricos e investigaciones históricas en este ámbito.

Esto no era una particularidad del bloque soviético. El hecho es, sin embargo, que «aunque el control obrero negativo existe en el capitalismo, es sin embargo incompatible con este modo de producción» y es constantemente repelido por la operación de la ley del valor. «Tomemos una empresa que opera en un mercado de escala y nivel tecnológico similares a los de sus competidores, pero sobre la que el trabajo ha podido ejercer cierto grado de control negativo», sugiere Arnot. «Resultará», explica, «que en esta empresa el tiempo de trabajo requerido para producir una determinada mercancía superará el tiempo de trabajo socialmente necesario. El trabajo gastado no se reflejará en el valor de la mercancía, y el tiempo de trabajo excedente, la plusvalía y el beneficio disminuirán. Esta disminución de la rentabilidad en comparación con la de sus competidores más agresivos desde el punto de vista de la gestión acabará provocando la retirada de la empresa del mercado, ya sea por quiebra o por absorción. Como resultado, la centralización y concentración del capital hará que los trabajadores pierdan el control que han impuesto y del que se han beneficiado. Esto ocurrirá porque sus antiguos empleados pasarán a engrosar el ejército de reserva de los parados, con todas las consecuencias que ello implica, o se verán obligados a trabajar en un entorno más agresivo que no permite el control negativo. En las economías del bloque soviético no ocurrió nada parecido. Aquí, señaló Arnot, varias «formas de control negativo se repiten constantemente como una característica de la economía política del sistema y no hay ninguna tendencia inherente en él para eliminarlos» [193].

En la sección del «marxismo transgénico» llamada «economía política del socialismo», se afirmaba que las economías del bloque soviético producían mercancías que sólo tenían valor de uso, a diferencia de las economías capitalistas, que producen mercancías que tienen tanto valor de uso como de cambio. Sin embargo, esto era una ficción, en primer lugar, porque los procesos de trabajo no estaban formalmente o realmente sujetos a las relaciones de producción, lo que provocaba su enorme arritmia, y en segundo lugar por la naturaleza antagónica de las relaciones de producción, que eran relaciones de explotación.

«El resultado», escribe Arnot, «es un producto compuesto por dos elementos: por un lado, una parte utilizable que tiene un valor de uso para el conjunto de la sociedad, ya sea como producto intermedio o como producto acabado destinado al consumo o a la inversión; por otro lado, una parte no utilizable que es un residuo y no tiene valor de uso. La determinación del valor de uso y de los residuos tiene un componente objetivo y otro subjetivo. Objetivamente, un interruptor eléctrico que no funciona es un despilfarro, pero un par de zapatos que nadie quiere por su escasa calidad de diseño, aunque objetivamente se puedan utilizar como zapatos, es un despilfarro tan grande como un interruptor que no funciona» [194].

Ticktin corrige esta formulación en parte y lo desarrolla parcialmente de la siguiente manera: mientras que en el capitalismo la mercancía encarna la contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio, en las economías del bloque soviético el valor de uso de la propia mercancía encarna la contradicción «entre el valor de uso real y el potencial». En otras palabras, una chaqueta servirá como tal aunque una de sus mangas sea más corta que la otra, pero su valor de uso es menor que el de una chaqueta con dos mangas de la misma longitud. Una máquina-herramienta con una pieza defectuosa puede mecanizar los productos utilizados en la fabricación de un coche, pero entonces el coche se parece más a una chatarra de lo que debería. En resumen, señala Ticktin, «en el capitalismo, la unidad es la mercancía con la contradicción inherente entre su valor de uso y su valor de cambio; en la URSS, la unidad es el producto, y la contradicción inherente es entre su valor de uso real y su valor de uso potencial» [195].

Había una manera de salir de este círculo vicioso

La dominación burocrática era un círculo vicioso. Para poder mantener su poder, la burocracia sólo podía ver cómo se socavaban cada vez más los fundamentos económicos de su dominación. La burocracia no podía hacer frente a la arritmia de los procesos de trabajo. Por lo tanto, no pudo superar el inherente control negativo y atomizado de estos procesos laborales por parte de los trabajadores, que limitaron así la cantidad y la calidad del sobreproducto que se extrajo de ellos.

Este control era «la fuente de innumerables disfunciones y distorsiones que afectaban a la producción y a la distribución: escasez de suministros y de piezas, frecuentes averías de los equipos, lotes de producción incompletos, entregas de maquinaria inacabada, producción de bienes y servicios defectuosos y de calidad inferior» [196], y contribuía así a la reproducción constante de la arritmia de los procesos de trabajo, el «taylorismo arrítmico».

Se podría pensar que el progreso técnico y las exigencias técnicas impondrían un carácter cada vez más cooperativo a los procesos de trabajo y los socializarían gradualmente, que el control negativo atomizado se aboliría progresivamente y que surgirían espontáneamente las condiciones para una lucha por un control colectivo, ahora positivo, de los trabajadores sobre la producción. Nada confirmó esa tendencia.

La experiencia histórica demuestra lo contrario. El control negativo atomizado sólo podía ser repelido por la resistencia colectiva a la explotación, y sobre todo por las luchas huelguísticas, cuando la tasa de explotación aumentaba bruscamente, es decir, cuando los salarios reales bajaban, ya fuera por el aumento de las normas laborales, por los recortes salariales o por la subida de los precios. La acumulación de experiencias de huelgas masivas en la memoria colectiva podría conducir a huelgas con ocupación de empresas. A su vez, éstas podrían conducir a la autoorganización y la coordinación a escala interempresarial y -tras extenderse a muchos centros industriales- imponer el derecho a tener sindicatos independientes y el derecho a la huelga, así como conducir a la construcción de un sindicato único y general de trabajadores.

Esto no sólo podría ocurrir, sino que ocurrió en Polonia en 1980. Y cuando esto ocurrió, se crearon las condiciones favorables para una transición del control negativo de los trabajadores individuales o de pequeños grupos de trabajadores sobre sus propios procesos de trabajo a una lucha por el control colectivo de los trabajadores sobre los procesos de producción, así como sobre todos los procesos económicos, sociales y políticos. Esto se llamó la lucha por la autogestión de los trabajadores. De principio a fin, la lógica y la dinámica de esta lucha condujeron al derrocamiento del poder de la burocracia y al establecimiento de un poder verdaderamente obrero.

Zbigniew Marcin Kowalewski es un autor polaco de trabajos de investigación sobre la historia de los movimientos revolucionarios y el movimiento obrero, sobre la cuestión nacional y sobre los poderes burocráticos. En 1981 fue miembro del presidium de la dirección regional del sindicato Solidarność en Łódź, delegado en el primer congreso nacional del sindicato y líder del movimiento por la autogestión de los trabajadores. Exiliado en Francia, dirigió la campaña de solidaridad Solidarność, publicó ¡Devolvednos las fábricas! Solidarnosc dans le combat pour l’autogestion ouvrière (La Brèche, París 1985) y participó en la redacción de Inprekor, una revista en lengua polaca de la Cuarta Internacional que circuló clandestinamente en Polonia durante los años ochenta. Actualmente es subdirector de la edición polaca de Le Monde diplomatique. El texto que publicamos aquí constituye el grueso de su epílogo al libro de Michał Siermiński, Pęknięta «Solidarność. Inteligencja opozycyjna a robotnicy 1964-1981 (Solidarność cracked. La intelectualidad opositora y los trabajadores 1964-1981), Książka i Prasa, Warszawa 2020. (Traducido del polaco por JM, traducción revisada por el autor).

Fuente: Inprecor 685/686 – mayo-junio 2021

Notas:

[1] Sh. Fitzpatrick, «The Bolsheviks’ Dilemma: Class, Culture, and Politics in the Early Soviet Years» y R.G. Suny, «Class and State in the Early Soviet Period: A Reply to Sheila Fitzpatrick», Slavic Review vol. II. 47 nº 4, 1988, pp. 600, 619.

[2] Ю. Ларин, Д. Крицман, Очерк хозяйственной жизни и организация народного хозяйства Cоветской России. 1 ноября 1917-1 июля 1920 г. [Y. Larin, D. Kritsman, Panorama de la vida económica y de la organización de la economía nacional de la Rusia soviética. 1 de noviembre de 1917-1 de julio de 1920], Госиздат, Москва 1920, p. 44.

[3] С.Л. Павлюченков, Крестьянский Брест, или предыстория большевистского НЭПа [S.L. Pavlyushenko, El Brest campesino o la prehistoria de la NEP bolchevique], РКТ-История, Москва 1996, pp. 105, 109.

[4] Lev Kritsman, uno de los líderes de la administración económica durante el periodo del comunismo de guerra, lo describió como un sistema económico, como «una economía natural-anárquica nacida de la revolución proletaria», no de mercado y no planificada, «transitoria» (en relación con el socialismo), pero al mismo tiempo «deformada» por el subdesarrollo y el aislamiento de Rusia y las condiciones de la guerra civil. Sólo «formalmente, de forma abstracta», dominaba la economía de mercado, principalmente pequeña y subterránea, «cuyo peso cualitativo era muy grande incluso antes de la revolución y se incrementó aún más durante ella», debido al reparto por parte del campesinado de los latifundios y las explotaciones capitalistas. Este peso «estuvo en el origen de la contradicción que desgarró la economía de la época y que finalmente hizo estallar el sistema de la economía proletaria natural». Л. Крицман, Героический период великой русской революции. Опыт анализа т.н. «военного коммунизма» [L. Kritsman, La época heroica de la gran revolución rusa. Un ensayo sobre el análisis del llamado «comunismo de guerra»], Госиздат, Москва-Ленинград 1926, p. 146. La época heroica de la Gran Revolución Rusa, de Kritsman, es hasta la fecha el estudio más interesante -y desde el punto de vista teórico, el más original- de la naturaleza, la dinámica y las contradicciones del comunismo de guerra. Silvana Malle tenía razón al afirmar que esta obra era, de hecho, una importante polémica contra la evaluación de Lenin sobre el comunismo de guerra tras el establecimiento de la NEP. S. Malle, The Economic Organization of War Communism, 1918-1921, Cambridge University Press, Cambridge-Londres-Nueva York 1985, pp. 8-9.

[5] Л. Троцкий, «Основные вопросы продовольственной и земельной политики (Предложения, внесенные в ЦК РКП(б) в феврале 1920 г.)» [L. Trotsky, «Cuestiones principales de la política alimentaria y agraria (Propuestas hechas al Comité Central del PCR(b) en febrero de 1920)»], en ídem, Сочинения [Obras] vol. XVII parte II, Госиздат, Москва-Ленинград 1926, pp. 543-544. En el giro hacia la NEP, Trotsky informó de esta actitud de Lenin al X Congreso del PC(b)R: Десятый съезд РКП(б). Март 1921 r. Протоколы [Décimo Congreso del PCR(b). Marzo de 1921 r. Actas], Партиздат, Москва 1933, pp. 349-350. Ver también С.Л. Павлюченков, Крестьянский Брест, op. cit, pp. 154-167. Pavlyushenkov descubrió en los archivos que Larin, considerado (erróneamente) uno de los más radicales defensores del comunismo de guerra, había propuesto una alternativa a éste (pero también a la futura NEP) más de dos meses antes que Trotsky. Ibidem, pp. 137-144.

[6] Е.А. Преображенский, Симптомы разложения нашей партии [E.A. Preobrajenski, Síntomas de descomposición de nuestro partido] en М.М. Горинов (ed.), Е.А. Преображенский: Архивные документы и материалы 1886-1920 г. [M.M. Gorinov, E.A. Preobrazhensky: Documentos y materiales de archivo 1886-1920], Издательство Главархива Москвы, Москва 2006, p. 364.

[7] Ю.О. Мартов, П.Б. Аксельрод, А.Н. Потресов, О революции и социализме [I.O. Martov, P.B. Axelrod, A.N. Potressov, Sobre la revolución y el socialismo], РОССПЭН, Москва 2010, pp. 590-591.

[8] П. Алешкин, Ю. Васильев, Крестьянская война в России в условиях политики военного коммунизма и е последствий (1918-1922 гг. ), [P. Alyoshkin, Y. Vasiliev, La guerra campesina en Rusia en el contexto de la política del comunismo de guerra y sus consecuencias (1918-1922)], Голос-Пресс, Москва 2010.

[9] С.Л. Павлюченков, Военный коммунизм в России. Власть и массы [S.L. Pavlyushenko, El comunismo de guerra en Rusia. El poder y las masas], РКТ-История, Москва 1997, p. 140.

[10] С.Л. Павлюченков, Крестьянский Брест, op. cit, pp. 107-108.

[11] С.Л. Павлюченков, «Орден меченосцев». Партия и власть после революции 1917-1929 гг. [S.L. Pavlyushenkov, «The Order of Glaive Bearers. El partido y el poder después de la revolución 1917-1929], Собрание, Москва 2008, p. 64. A. Rosenberg ya lo había señalado en A history of bolshevism. From Marx to the First Five Years Plan, Oxford University Press, Londres 1934, p. 153, y E. Germain [Mandel] lo demostró claramente en «La discussion sur la question syndicale dans le parti bolchevik (1920-1921)», Quatriѐme Internationale vol. 13 nº 1/3, 1955, pp. 50-59.

[12] С.Л. Павлюченков, «Орден меченосцев», op. cit. pp. 37-48, 166-171.

[13] Ibidem, pp. 65-66.

[14] Г.М. Кржижановский, Хозяйственные проблемы Р.С.Ф.С.Р. и работы государственной общеплановой комиссии (Госплана) [G. M. Krzhijanovsky, Los problemas económicos de la RSFSR y la labor de la Comisión General de Planificación del Estado (Gosplan)], Госплан, Москва 1921, p. 12.

[15] С.В. Яров, Пролетарий как политик. Политическая психология рабочих Петрограда в 1917-1923 гг. [S.V. Yarov, El proletario como político. Psicología política de los trabajadores de Petrogrado en 1917-1923], Дмитрий Буланин, Санкт-Петербург 1999, pp. 114-133.

[16] В.Ю. Черняев, «Предисловие» [«Prefacio»], en В.Ю. Черняев (ed.), Питерские рабочие «диктатура пролетариата» Октябрь 1917-1929. Сборник документов [en V.Y. Chernayev, Los trabajadores de Petrogrado y la «dictadura del proletariado». Octubre de 1917-1929. Documentos], БЛИЦ, Москва 2000, p. 18.

[17] В.И. Ленин, «О профессиональных союзах, о текущем моменте и об ошибках т. Троцкого», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 42, Политиздат, Москва 1970, p. 208 [Lenin, Obras Completas vol. 32]. Las notas a pie de página de las obras de Lenin se refieren a la última (quinta) edición soviética en 55 volúmenes – la más completa (pero todavía incompleta: véanse los 422 «documentos desconocidos», en realidad previamente censurados y publicados en 1999 en Moscú por las ediciones ROSSPEN) y relativamente la más creíble.

[18] Formulaciones de A.M. Коллонтай, «Рабочая оппозиция», en Левые коммунисты в Россиии, НПЦ «Праксис», Москва 2008, pp. 170 [en francés: A. Kollontaï, «L’Opposition ouvrière», Socialisme ou barbarie n° 35, 1964, pp. 57-120].

[19] Estas ideas fueron presentadas en 1921 por la Oposición Obrera, especialmente en las tesis «Задачи профессиональных союзов (к X съезду партии). (Тезисы «рабочей оппозиции»)» [«Las tareas de los sindicatos (para el X Congreso del Partido). (Tesis de la «Oposición Obrera»)] así como «Организация пародного хозяйства и задачи союзов (Предложение Шляпникова)» [«Organización de la economía nacional y las tareas de los sindicatos (Propuesta de Shliapnikov)»], en Десятый съезд РКП(б), op. cit, pp. 685-691, 819-823. En nombre de esta oposición también lo hizo Kollontai en su folleto: A.M. Коллонтай, op. cit. pp. 165-204, así como en su discurso en el III Congreso de la Comintern. Третий Всемирный Конгресс Коммунистического Интернационала. Стенографический отчёт, Госиздат, Петроград 1922, pp. 367-370 [en inglés: J. Riddell (ed.), To the Masses. Actas del Tercer Congreso de la Internacional Comunista, 1921, Brill, Leiden-Boston 2015, pp. 679-682].

[20] В.И.Ленин, «VIII съезд РКП(б). 18-23 марта 1919 г. Отчет Центрального. 18 марта», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 38, 1969, Политиздат, Москва 1969, p. 141 [Lenin, Obras Completas vol. 29]

[21] Ю. Ларин, Интелигенция и советы. Хозяйство, буржуазия, революция, госаппарат [Y. Larin, La inteligencia y los soviéticos. Economía, burguesía, revolución, aparato de Estado], Госиздат, Москва 1924, p. 39.

[22] Восьмой съезд РКП(б). Март 1919 года. Протоколы [Octavo Congreso del PCR(b). Marzo de 1919. Actas], Госполитиздат, Москва 1959, p. 403.

[23] Según la primera edición de las obras de Lenin, publicadas en vida, declaró en un congreso sindical en enero de 1919 que «después de la revolución política que ha dado el poder a los sindicatos, como organizaciones más amplias del proletariado, les corresponde desempeñar un papel especialmente grande y convertirse en cierto sentido en los principales órganos políticos.» Ленин (В. Ульянов), «О профессиональных союзах. Речь», en ibidem, Собрание сочинений vol. XVI, Госиздат, Москва 1922, p. 17. Así, los dirigentes sindicales, por ejemplo, el secretario general de la Internacional Sindical Roja, Salomón Losovski, citaron esta frase para justificar la idea de la «estatalidad de los sindicatos». С.А. Лозовский, «Ленин и профессиональное движение» [S. A. Losovski, «Lenin y los movimientos sindicales»], Вестник Коммунистической академии vol. I. VIII, 1924, p. 16. Unos años más tarde se publicó un texto revisado y en lugar de «la revolución política que dio el poder a los sindicatos» se leía ahora y desde entonces: «la revolución política que dio el poder al proletariado». Ленин (В. Ульянов), Собрание сочинений vol. XX-2, Госиздат, Москва-Ленинград 1926, p. 300, y В.И. Ленин, «Доклад на II Всероссийском съезде профессиональных союзов 20 января 1919», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 37, Политиздат, Москва 1969, p. 442 [Lenin, Obras Completas vol. 28, p. 439].

[24] Sólo el principal marxista del partido, David Riazanov, se opuso. Defendiendo la ortodoxia marxista exigió «la abolición obligatoria de cualquier derecho de los sindicatos a gestionar la producción». Восьмой съезд РКП(б), op. cit, p. 70.

[25] Организация пародного хозяйства и задачи союзов (Предложение Шляпникова), op. cit.

[26] Девятый съезд РКП(б). Март-апрель 1920 г. [Noveno Congreso del PCR(b). Marzo-abril de 1920], Партиздат, Москва 1934, p. 62. Kámenev aprovechó la oportunidad para ajustar viejas cuentas con Shliapnikov. En marzo de 1917, tras su regreso a Petrogrado desde el exilio, Kámenev, Matvei Muranov y José Stalin seguían una política conciliadora hacia el Gobierno Provisional y adoptaban una posición ambigua respecto a la guerra imperialista que este gobierno seguía librando. Shliapnikov era un implacable opositor a su «bolchevismo de derechas», al que Lenin, a su regreso del exilio en abril, puso fin en el partido. Shliapnikov describió este asunto, comprometiendo a Stalin, en sus memorias publicadas en 1925: А. Шляпников, Семнадцатый год [A. Shliapnikov, Año 1917] vol. II. 2, Госиздат, Москва-Ленинград 1925, pp. 170-188. En 1932, el Comité Central prohibió la circulación de sus memorias alegando que contenían «invenciones calumniosas».

[27] Informe de Nikolai Bujarin sobre los sindicatos en Девятый съезд РКП(б), op. cit, p. 233. La posición de la dirección del partido sobre esta cuestión fue claramente expresada por Bujarin y Preobrazhensky en un libro publicado antes del IX Congreso, en el que explicaban el programa del partido bolchevique adoptado un año antes. «Es necesario que los sindicatos», escribieron en él, «se desarrollen por el camino que lleva a su transformación en secciones y órganos económicos del poder estatal, es decir, a su estatalización«. Н. Бухарин, Е. Преображенский, Азбука коммунизма. Популярное объяснение программы Российской коммунистической партии большевиков, [N. Bujarin, E. Preobrazhensky, ABC del comunismo. Explicación popular del programa del PCR(b)], Госиздат, Петербург 1920, p. 220.

[28] В.И. Ленин», IX съезд РКП(б) 29 марта – 5 апреля 1920 г. Заключительное слово по докладу Центрального Комитета 30 марта», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 40, Политиздат, Москва 1974, pp. 261-262 [Lenin, Obras Completas vol. 30].

[29] L.E. Holmes, «For the revolution redeemed. The Workers Opposition in the Bolshevik Party 1919-1921», The Carl Beck Papers in Russian and East European Studies No. 802, 1990, pp. 2-9; Т. А. Санду, «Рабочая оппозиция» в РКП(б) (1919-1923 гг.) (Диссертация) [T.A. Sandou, «La oposición obrera» en el PCR(b), 1919-1923 (Tesis)], Тюменский государственный университет, Тюмень 2006, pp. 38-103; B.C. Allen, Alexander Shlyapnikov, 1885-1937. Life of an Old Bolshevik, Brill, Leiden-Boston 2015, pp. 157-179.

[30] Т. А. Санду, op. cit, p. 78.

[31] Varias contradicciones y debilidades políticas de la Oposición Obrera son señaladas y comentadas por L.H. Holmes, op. cit. pp. 11-30; fueron ampliamente explotadas por Lenin, Zinóviev y su facción «Diez». Г. Е. Зиновьев, «Неправильное во взглядах рабочей оппозиции на роль профсоюзов» [G.E. Zinoiviev; «Lo incorrecto del papel de los sindicatos en las opiniones de la oposición obrera»], en ídem, Сочинения [Obras] vol. VI, Госиздат, Москва-Ленинград 1929, pp. 458-465; В. П. Милютин, История экономического развития СССР (1917-1927) [V.P. Miliutin, Historia del desarrollo económico de la URSS 1917-1927], Госиздат, Москва-Ленинград 1929, pp. 292-296.

[32] В.И. Ленин,» Еще раз о профсоюзах, о текущем моменте и об ошибках т. Троцкого и Бухарина», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 42, Политиздат, Москва 1970, p. 304 [Lenin, Obras Completas, vol. 32].

[33] Esto ha sido demostrado exhaustivamente por H. Draper, Karl Marx’s Theory of Revolution, vol. II. III, Monthly Review Press, Nueva York 1986, pp. 175-325. También documentó la evolución del concepto de Lenin sobre la dictadura del proletariado. Idem, «Dictatorship of the Proletariat» in Marx and Lenin, Monthly Review Press, Nueva York 1987, pp. 42-105.

[34] А. Шляпников, «О наших внутрипартийных разногласиях» [A. Chliapnikov, «Sobre nuestros desacuerdos internos en el partido»], Известия ЦК КПСС nº 7 (318), 1991, pp. 213-214.

[35] Citado por Т. А. Санду, op. cit, p. 87.

[36] Десятый съезд РКП(б), pp. 85, 87.

[37] В.И. Ленин, «XI съезд РКП(б) 27 марта – 2 апреля 1922 г. Заключительное слово по политическому отчету ЦK РКП(б) 28 марта», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 43, Политиздат, Москва 1970, pp. 36, 38, 40 [Lenin, Obras Completas vol. 30, pp. 202, 204, 206].

[38] A.M. Коллонтай, op. cit, p. 184.

[39] Десятый съезд РКП(б), pp. 536-537.

[40] Ф. Чуев, Молотов: Полудержавный властелин [F. Chuiyev, Molotov: un oligarca semiestatal], Олма-Пресс, Москва 1999, p. 240.

[41] L. Trotsky, «Factions and the Fourth International (1935)» en N. Allen, G. Breitman (eds), Writings of Leon Trotsky (1935-36), Pathfinder Press, Nueva York 1977, p. 186. Allen, G. Breitman (eds), Writings of Leon Trotsky (1935-36), Pathfinder Press, Nueva York 1977, p. 186. «Lejos de preservar la pureza de la dictadura proletaria, estas medidas la sometieron a la peor influencia del enemigo de clase, transmitida a través de la burocracia. Lejos de preservar la unidad e integridad del partido de clase, lo lanzaron a una violenta lucha intestina, de la que salió arruinado como instrumento de la lucha obrera”. E. Germain [Mandel], op. cit.

[42] Т.А. Санду, op. cit, pp. 112-127; B.C. Allen, op. cit, pp. 179-190.

[43] E. Germain [Mandel], op. cit. p. 58.

[44] С.В. Цакунов, В лабиринте доктрины. Из опыта разработки экономического курса страны в 1920-е годы [S. V. Tsakunov, En el laberinto de la doctrina. Sobre la experiencia del desarrollo de la orientación económica del país en la década de 1920], Россия молодая, Москва 1994, p. 37.

[45] Д. И. Апальков, Внутрипартийная борьба в РКП(б)-ВКП(б) (1920-е-начало 1930-х гг.) (Диссертация) [D. I. Apalkov, Lucha interna en el PCR(b)-PC(b) de la URSS (1920-principios de los años 30) (Tesis)], Московский государственный университет имени М.В. Ломоносова. Исторический факультет, Москва 2017, p. 29.

[46] A petición de Lenin, en una resolución secreta del X Congreso se decidió que, como «último recurso», el Comité Central podía expulsar a un miembro de su seno e incluso del partido por una mayoría de dos tercios de los votos. En agosto de 1921, Shliapnikov fue el primer miembro del Comité Central contra el que se aplicó este procedimiento a petición de Lenin. Para expulsarlo se necesitaba un voto. Т. А. Санду, op. cit, pp. 128-160; B.C. Allen, op. cit, pp. 191-226.

[47] В.И. Ленин, «Материалы к X Всероссийской конференции» [V.I. Lenin, «Materiales para la X Conferencia Panrusa»], en ídem, Полное собрание сочинений vol. I. 43, p. 403.

[48] В. Виленский (Сибиряков) (ed.), Политики и писатели запада и востока о В.И. Ленине [V. Vilensky (Sibiriakov), Políticos y escritores occidentales y orientales sobre V.I. Lenin], Главлит, Москва 1924, p. 38.

[49] J.-J. Marie, Lenin, p. 473.

[50] В.И. Ленин, «Новая экономическая политика и задачи политпросветов», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 44, Политиздат, Москва 1970, p. 161 [Lenin, Obras Completas vol. 33]

[51] Ibidem, p. 151 [Lenin, Obras Completas, vol. 33].

[52] ”15. ¿Se está desclasificando el proletariado? ¡Sí! ¿Conclusiones? Ideología de los pequeños propietarios. 16. La producción a gran escala y las máquinas: base material y psicológica del proletariado. India [de ahí] la degradación». В.И. Ленин, «План речи на съезде профсоюзов», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 43, p. 401 [Lenin, Obras Completas vol. 42].

[53] Л. Крицман, Героический период, op. cit.

[54] S. Fitzpatrick, Tear off the masks! Identity and Imposture in Twentieth-Century Russia, Princeton University Press, Princeton-Oxford 2005, p. 53.

[55] . И. Ленин, «XI съезд РКП(б). 27 марта – 2 апреля 1922 г. Политический отчет Центрального Комитета РКП(б) 27 марта», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 45, Политиздат, Москва 1970, pp. 85, 106-107 [Lenin, Obras Completas vol. 33].

[56] Одиннадцатый съезд РКП(б). Март-апрель 1922 г. Протоколы [Undécimo Congreso del PCR(b). Marzo-abril de 1922. Actas], Партиздад ЦК ВКП(б), Москва 1936, pp. 108-110, 197.

[57] «Заявление двадцати двух», en М. Зоркий (ed.), «Рабочая опозиция. Материалы и документы 1920-1926 гг. , Госиздат, Москва-Ленинград 1926, p. 59 [Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista].

[58] R.B. Day, «Leon Trotsky and the Dialectics of Democratic Control», en P. Wiles (ed.), The Soviet Economy on the Brink of Reform. Essays in Honor of Alec Nove, Routledge, Londres-Nueva York 2013, p. 16.

[59] Т. А. Санду, op. cit, pp. 168-190; B.C. Allen, op. cit, pp. 244-251.

[60] J.-J. Marie, Lenin, p. 501.

[61] О.Г. Назаров, Сталин и борьба за лидерство в большевистской партии в условиях НЭПа [O.G. Nazarov, Stalin y la lucha por la dirección del Partido Bolchevique en las condiciones de la NEP], Институт всеобщей истории РАН, Москва 2002, pp. 48, 50, 181.

[62] В.И. Ленин, «Письмо съезду», en ídem, Полное собрание сочинений vol. 45 [Lenin, Obras Completas, vol. 36].

[63] Véase la entrevista con Lewin en MARHO (The Radical Historians Organization), Visions of History, Manchester University Press, Manchester 1983, pp. 281-308, así como R.G. Suny, «Living in the Soviet Century: Moshe Lewin, 1921-2010», History Workshop Journal vol. 74 nº 1, 2012, pp. 192-209.

[64] M. Lewin, La formation du système soviétique , Gallimard, París 1987, pp. 390-391.

[65] Véase P. Broué, Rakovsky ou la Révolution dans tous les pays, Fayard, París 1996.

[66] «Письмо Х.Г. Раковского о причинах перерождения партии и государственного аппарата», Бюллетень Опозиции (большевиков-ленинцев) nº 6, 1929, pp. 15-19 [en francés: Kh. Rakovsky, «Carta a Valentinov», Cahiers Léon Trotsky n° 18, 1984, pp. 81-95. La frase «no digo clase, sino social», presente en el original ruso, suele faltar, por razones inexplicables, en las traducciones de esta carta a lenguas extranjeras. Este es también el caso de esta publicación francesa.

[67] Ibidem, pp. 17-19.

[68] Ibidem, pp. 15-19.

[69] Bailey Stone muestra que es legítimo y puede ser heurísticamente fructífero analizar las fases finales de las revoluciones inglesa, francesa y rusa como termitores comparables: B. Stone, Rethinking Revolutionary Change in Europe. A Neostructuralist Approach, Rowman & Littlefield, Lanham-Londres 2020, pp. 155-203.

[70] L. Trotsky, «« L’État ouvrier, Thermidor et bonapartisme «, en ídem, Œuvres vol. 5, EDI, París 1979, pp. 68-89.

[71] D. Rousset, La Société éclatée, Grasset, París 1973, p. 178.

[72] M. Lewin, La Paysannerie et le pouvoir soviétique 1928-1930, Mouton, Paris-La Haye 1966, p. 423.

[73] Ibidem, p. 440.

[74] Н.А. Ивницкий, «Введение (Развертывание «сплошной коллективизации»)» [[N.A Ivnitski, «Introducción(Despliegue de la ‘colectivizacióntotal’)», en Н.А. Ивницкий (ed.), Трагедия советской деревни. Коллективизация и раскулачивание. Документы и материалы [La tragedia del campo soviético. Colectivización y dekulakización. Documentos y materiales] vol. 2, РОСПЭН, Москва 2000, p. 20.

[75] В. Васильев, Л. Виола, Колективизация и крестьянское сопротивление на Украине (ноябрь 1929-март 1930 гг.) [V. Vasiliev, L. Viola, Colectivización y resistencia campesina en Ucrania (Noviembre 1929 – Marzo 1930)], Лохос, Винница 1997, p. 233.

[76] Н.С. Тархова, Красная армия и сталинская коллективизация. 1928-1933 гг. [ N.S. Tarkhova, El Ejército Rojo y la colectivización estalinista, 1928-1933], РОССПЭН, Москва 2010, p. 156.

[77] Citado por A. A. Graziosi, «Collectivisation, peasant revolts and government policies (through the reports of the GPU of Ukraine of February-March 1930)», Cahiers du monde russe vol. 35 nº 3, 1994, p. 461.

[78] Л. Троцкий, «Открытое письмо членам ВКП(б)», Бюлетень Опозиции (большевиков-ленинцев) [L. Trotsky, «Carta abierta a los miembros del PC(b) de la URSS», Boletín de la Oposición] nº 10, 1930, p. 2.

[79] Х. Раковский, В. Коссиор, Н. Муралов, В. Каспарова [и О. Ауссем, К. Грюнштейн], «Обращение оппозиции Большевиков-Ленинцев в ЦК, ЦКК ВКП(б) и ко всем членам ВКП(б). (К предстоящей дискусии)», Бюллетень Опозиции (большевиков-леницев) nº 17/18, 1930, pp. 12, 16 [en francés: Kh. G. Rakovsky, V. V. Kossior, N. I. Muralov, V. S. Kasparowa (con O. Kh. Aussem, K. E. Grünstein), «Déclaration en vue du XVIe Congrès du PCUS (12 avril 1930) «, Cahiers Léon Trotsky nº 6, 1980, pp. 90-103].

[80] Marx escribió: «La burocracia tiene en su poder la esencia del Estado, la esencia espiritual de la sociedad: es su propiedad privada». K. Marx, «Para una crítica de la filosofía del derecho de Hegel«.

[81] Esta cita es de uno de los cuadernos políticos recopilados por activistas de la oposición de izquierdas encarcelados y encontrados en 2018 en el recinto de la antigua prisión de Verkhneouralsk. Fue publicado por А.А. Фокин, «»Кризис революции и задачи пролетариата» и особенности источниковедческого анализа документов большевиков-лениинцев 1930-х годов» [A. A. Fokin, «Crisis de la revolución y tareas del proletariado» y Peculiaridades del análisis de las fuentes de los documentos bolcheviques-leninistas de los años 30″], Вестник Пермского университета. История nº 1 (44), 2019, p. 172.

[82] R.C. Tucker, Stalin in Power. The Revolution from Above, 1928-1941, W.W. Norton, Nueva York-Londres 1990, pp. XIV-XV.

[83] M. Lewin, The Formation of the Soviet System, p. 308.

[84] Г.И. Ханин, Динамика экономического развития СССР [G.I. Khanin, Dinámica del desarrollo económico de la URSS], Наука, Новосибирск 1991, p. 175. Véase también R.W. Davies, S.G. Wheatcroft (y en volúmenes posteriores también O. Khlevniuk, M. Harrison), The Industrialisation of Soviet Russia vol. 5-7, Palgrave Macmillan, Houndmills, Basingstoke-Nueva York 2009, 2014, 2018; A. Graziosi, «The Soviet 1931-1933 Famines and the Ukrainian Holodomor: Is a New Interpretation Possible, and What Would Its Consequences Be? », Harvard Ukrainian Studies vol. 27 no. 1/4, 2004-2005, pp. 97-115.

[85] A. Graziosi, L’URSS di Lenin e Stalin. Storia dell’Unione Sovietica 1914-1945, Il Mulino, Bolonia 2007, p. 427.

[86] Е. Юрьевскій [Н. Валентинов/Вольский], «Изменения социальной структуры СССР» [E. Yuryevsky (N.C. Valentinov/Volski), «Cambios en la estructura social de la URSS»], Русские записки nº 4, 1938, pp. 142-149, 155-157.

[87] А. А. Барсов, «Сельское хозяйство и сточники социалистического накопления в годы первой пятилетки (1928-1932)» [A.A. Barsov, «La agricultura y las fuentes de acumulación socialista en los años del primer plan quinquenal (1928-1932)»], История СССР nº 3, 1968, p. 82.

[88] M. Ellman, «¿Proporcionó el excedente agrícola los recursos para el aumento de la inversión en la URSS durante el primer plan quinquenal? Ellman habló erróneamente de plusvalía -en lugar de producto excedente-, aunque ésta sólo se produce en el modo de producción capitalista, y asoció erróneamente una reducción de los salarios reales con un aumento de la plusvalía relativa, aunque dicha reducción aumenta en el capitalismo la plusvalía absoluta y en una sociedad de «tipo soviético» el producto excedente absoluto.

[89] A. Vyas, «Primary Accumulation in the USSR Revisited», Cambridge Journal of Economics vol. 3 nº 2, 1979, p. 129.

[90] R.W. Davies, Soviet Economic Development from Lenin to Khrushchev, Cambridge University Press, Cambridge-Nueva York 1998, p. 46.

[91] D. Mandel, «October in the Ivanovo-Kineshma Industrial Region», en E. Rogovin Frankel, J. Frankel, B. Knei-Paz (eds.), Revolution in Russia. Reassessments of 1917, Cambridge University Press, Cambridge-Nueva York 1992, p. 157.

[92] J. Rossman, Worker Resistance Under Stalin. Class and Revolution on the Shop Floor, Harvard University Press, Cambridge-Londres 2005, pp. 232-233.

[93] Ibidem, pp. 207-230.

[94] Claudia Korol acuñó el término cuando escribió sobre «los libros de texto soviéticos de un marxismo adulterado y transgénico». C. Korol, «Volver a Camilo», en C. Korol, K. Peña, N. Hurtado (eds.), Camilo Torres. El amor eficaz, América Libre, Buenos Aires 2010, pp. 13-14.

[95] J. Rossman, op. cit. p. 236.

[96] D. Filtzer, Soviet Workers and Stalinist Industrialization. The Formation of Modern Soviet Production Relations, 1928-1941, Pluto Press, London-Sydney-Dover-New Hampshire 1986, pp. 254-255.

[97] Ibidem, p. 255.

[98] L. Trotsky, La Internacional Comunista después de Lenin, o El gran organizador de derrotas. Ediciones IPS, 2012.

[99] Informe de P.A. Shubin (Willensky), en С.П. Пожарская, А.И. Саплин (ed.), Коминтерн и гражданская война в Испании. Документы [S.P. Pojarskaya, A.I. Saplin, La Comintern y la guerra civil española. Documentos], Наука, Москва 2001, p. 116.

[100] Á. Viñas, «La decisión de Stalin de ayudar a la República: un aspecto controvertido en la historiografía de la Guerra Civil», Historia y Política. Ideas, Procesos y Movimientos Sociales nº 16, 2006, pp. 96, 99. Véase también D. Kowalsky, «Operación X: la Rusia soviética y la guerra civil española», Boletín de Estudios Españoles: Estudios e Investigaciones Hispánicas sobre España, Portugal y América Latina vol. 91 nº 1/2, 2014, p. 175.

[101] D. Evans, Revolution and the State. Anarchism in the Spanish Civil War, Routledge, Abingdon-Nueva York 2018, pp. 89-148.

[102] Informes de I. Stiepanov (Moreno) [S. Minev] de 4-7 y 11 de mayo de 1937, en С.П. Пожарская, А.И. Саплин (ed.), op. cit, pp. 263-265, 276-279.

[103] Véase el primer estudio de la experiencia bélica en España, realizado a más tardar el 5 de junio de 1937 por la Dirección General de Inteligencia (GRU) del Ejército Rojo, en А.Р. Ефименко, Н.А. Мышов, Н.С. Тархова (ed.), РККА и Гражданская война в Испании 1936-1939 гг. Сборники информационных материалов Разведывательного управления РККА [A.R. Efimenko, N.A. Mychov, N.S. Tarkhova, El Ejército Rojo y la Guerra Civil Española. Colecciones de materiales de información del GRU] vol. 1, РОСПЭН, Москва 2019, p. 484.

[104] El discurso de Stalin en Н.С. Тархова (ed.), Военный совет при народном комиссаре обороны ССР. 1-4 июня 1937 г. Документы и материалы [N.S. Tarkhova, El Consejo Militar bajo el Comisario del Pueblo para la Defensa de la URSS. 1-4 de junio de 1937. Documentos y materiales], РОССПЭН, Москва 2008, p. 133.

[105] G. Kelsey, Anarchosyndicalism, Libertarian Communism and the State: The CNT in Zaragoza and Aragon, 1930-1937, Kluwer, Dordrecht-Boston-London 1991, pp. 148-180; R.J. Alexander, The Anarchists in the Spanish Civil War, Janus, London 2007, pp. 802-830.

[106] R.J. Alexander, op. cit. pp. 829-830.

[107] L. Trotsky, Sur la révolution, Minuit, París 1963, p. 503.

[108] R. Conquest, The Great Terror: A Reassessment. 40th Anniversary Edition, Oxford University Press, Oxford-Nueva York 2008, p. 93.

[109] B. Szalontai, «The Dynamic of Repression: The Global Impact of the Stalinist Model, 1944-1953», The Mongolian Journal of International Affairs vol. 10, 2003, p. 124. Además de la República Popular de Mongolia, el Gran Terror también abarcó otros dos protectorados soviéticos: la República Popular de Tuva (incorporada posteriormente a la URSS en 1944) y Xinjiang, una provincia de China que en aquel momento también era una «república popular» informal dirigida por el señor de la guerra disidente del Kuomintang, Sheng Shicai, que fue admitido personalmente por Stalin en el Partido Comunista Soviético.

[110] D. Filtzer, «Stalinism and the Working Class in the 1930s», en J. Channon (ed.), Politics, Society and Stalinism in the USSR, Palgrave Macmillan, Houndmills, Basingstoke-New York 1998, p. 165.

[111] I. Bernstein, Turbulent Years. A History of the American Worker, 1933-1941, Houghton Mifflin, Boston 1971; N. Lichtenstein, The most dangerous man in Detroit. Walter Reuther and the Fate of American Labor, Basic Books, Nueva York 1995, pp. 74-247.

[112] M. Dubofsky, W. Van Tine, John L. Lewis. A Biography, Quadrangle/The New York Times Book, Nueva York 1977, pp. 203-440; M. Glaberman, Wartime Strikes. The Struggle Against the No Strike Pledge in the UAW During World War II, Bewick, Detroit 1980.

[113] N. Lichtenstein, «Conflict over Workers’ Control: The Automobile Industry in World War II», en M.H. Frisch, D.J. Walkowitz (eds.), Working-Class America. Essays on Labor Community and American Society, University of Illinois Press, Urbana-Chicago-Londres 1983, pp. 284-311.

[114] C.W. Mills, The new men of PowerAmerica’s Labor Leaders, Nueva York, Harcourt Brace 1948. Véase también N. Lichtenstein, «Los nuevos hombres del poder», Dissent vol. 48 nº 4, 2001, pp.121-130.

[115] D. Filtzer, Soviet Workers and Late Stalinism. Labour and the Restoration of the Stalinist System after World War II, Cambridge University Press, Cambridge-Nueva York 2004, p. 8.

[116] Algunos historiadores creen que con el secuestro de Stefan Foris, Secretario General del Partido Comunista Rumano, por la llamada «facción de la prisión» (formada por militantes dirigidos por Gheorghe Gheorghiu-Dej que habían pasado la guerra en las cárceles rumanas, y no en la clandestinidad, como Foris, o en la URSS, como Anna Pauker) en 1944 y su asesinato dos años después, también se produjo una ruptura total en la continuidad histórica del partido. «El comunismo rumano de preguerra y el de posguerra son dos mundos completamente diferentes» y la ruptura que se produjo en 1944 «es tan completa como profunda era la brecha entre el socialismo de los seguidores de Constantin Dobrogeanu-Gherei y el comunismo leninista en 1921». A. Cioroianu, Pe umerii lui Marx. O introducere în istoria comunismului românesc, Curtea Veche, București 2005, p. 50. Véase también P. Câmpeanu, Ceauşescu, anii numărătorii inverse, Polirom, Iași 2002, pp. 106-151.

[117] I. Banac (ed.), The Diary of Georgi Dimitrov, 1933-1949, Yale University Press, New Haven-London 2003, p. 163.

[118] B. Fowkes, The Rise and Fall of Communism in Eastern Europe, Macmillan Press, Houndmills, Basingstoke-London 1995, pp. 6-71; J. Rothschild, N.M. Wingfield, Return to Diversity. A Political History of East Central Europe Since World War II, Oxford University Press, Nueva York-Oxford 2000, pp. 75-146.

[119] K. Verdery, The national ideology under socialism. Identity and Cultural Politics in Ceauşescu’s Romania, University of California Press, Berkeley-Los Angeles-Oxford 1991; M. Savova-Mahon Borden, The Politics of Nationalism Under Communism in Bulgaria. Myths, Memories, and Minorities (Disertación), Universidad de Londres. University College London. The School of Slavonic and East European Studies, Londres 2001; M. Mevius, Agents of Moscow. The Hungarian Communist Party and the Origins of Socialist Patriotism 1941-1953, Oxford University Press, Oxford-Nueva York 2005; Y. Sygkelos, Nationalism from the left. The Bulgarian Communist Party during the Second World War and the Early Post-War Years, Brill, Leiden-Boston 2011; J.C. Behrends, «The Stalinist volonté générale: Legitimizing Communist Statehood (1935-1952). A Comparative Perspective on the USSR, Poland, Czechoslovakia, and Germany», East Central Europe/L’Europe du centre-est vol. 40 nº 1/2, 2013, pp. 37-73; S. Bottoni, Stalin’s legacy in RomaniaThe Hungarian Autonomous Region, 1952-1960, Lexington Books, Lanham-Boulder-Nueva York-Londres 2018.

[120] J. Chumiński, Robotnicy polscy 1945-1956. «Stary» i «nowy» ośrodek przemysłowy na przykładzie Krakowa i Wrocławia, Wydawnictwo Uniwersytetu Ekonomicznego we Wrocławiu, Wrocław 2015, p. 155

[121] N. Kołomejczyk, M. Malinowski, Polska Partia Robotnicza 1942-1948, Książka i Wiedza, Warszawa 1986, pp. 51, 225, 262; M. Szumiło, Roman Zambrowski 1909-1977. Studium z dziejów elity komunistycznej w Polsce, Instytut Pamięci Narodowej, Warszawa 2014, pp. 165, 183-184; P. Kenney, Rebuilding Poland. Workers and Communists, 1945-1950, Cornell University Press, Ithaca-Londres 1997, p. 219.

[122] J. Chumiński, op. cit, pp. 163-168.

[123] Ibid, pp. 180, 163, 182.

[124] P. Kenney, op. cit. p. 128; M. Fidelis, Kobiety, komunizm i industrializacja w powojennej Polsce, W.A.B., Warszawa 2010, p. 110.

[125] M. Heimann, Checoslovaquia. The State That Failed, Yale University Press, New Haven-London 2011, pp. 150-176.

[126] J. Bloomfield, Passive Revolution. Politics and the Czechoslovak Working Class, 1945-1948, Allison & Busby, Londres 1979, p. 11.

[127] Churchill contó que en octubre de 1944, en las conversaciones con Stalin, «llegó el momento de los negocios» y que dijo: «Pongámonos de acuerdo sobre nuestros negocios en los Balcanes. Sus ejércitos están en Rumanía y Bulgaria. Allí tenemos intereses, misiones y agentes. Pero no nos metamos en discusiones por nimiedades. En cuanto a Gran Bretaña y Rusia, ¿les convendría tener el 90% de su influencia en Rumanía, con nuestro 90% en Grecia y un reparto al 50% en Yugoslavia?» Cuando su pregunta fue traducida a Stalin, éste la anotó en un papel. Stalin «tomó su lápiz azul, puso una gran firma en la hoja de papel y la movió en nuestra dirección. Todo se arregló en menos tiempo del que se tarda en decirlo. W.S. Churchill, The Second World War vol. VI, Houghton Mifflin, Boston 1953, p. 198. Véase también la presentación de la discusión privada de los comunistas yugoslavos Milovan Ɖjilas, Vladimir Dedijer y Jože Brilej con Churchill en 1951, en V. Dedijer, La batalla que perdió Stalin. Memorias de Yugoslavia, 1948-1953, Spokesman, Londres 1978, p. 65.

[128] J. Broz Tito, «H kritiki stalinizma», Časopis za Kritiko Znanosti, Domišljijo in Novo Antropologijo vol. VIII nº 39/40, 1980, pp. 158, 161. Véase también Z.M. Kowalewski, «Jugosławia między Stalinem a rewolucją», Le Monde diplomatique – edycja polska nº 7, 2013, pp. 30-32.

[129] S. Vukmanović [-Tempo], How and Why the People’s Liberation Struggle of Greece Met With Defeat, The Merlin Press, Londres 1950, pp. 2-3

[130] V.H. [Holubnychy], «Stalin’s Theory of Capitalist Encirclement«, Labor Action vol. 17 nº 3, 1953, p. 5

[131] Un intento serio, pero necesariamente infructuoso, de recuperar y reconstruir el concepto de democracia popular sobre la base de la «teoría soviética» fue emprendido por H.G. Skilling, «People’s Democracy» in Soviet Theory (I-II)», Soviet Studies vol. II. 3, nº 1, 1951, pp. 16-33, y nº 2, 1951, pp. 131-149.

[132] El papel desempeñado en este proceso por los aparatos del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) y, posteriormente, del Ministerio de Seguridad del Estado (MGB) de la URSS fue presentado sobre la base de una amplia investigación de archivo realizada por Н.В. Петров, По сценарию Сталина. Роль органов НКВД-МГБ ССР в советизации стран Центральной и Восточной Европы. 1945-1953 гг. [N.V. Petrov, Según el guión de Stalin. El papel de los órganos de la NKVD-MGB soviética en la sovietización de Europa Central y Oriental 1945-1953], РОССПЭН, Москва 2011.

[133] La Fehmgerichte (el término proviene de una palabra del bajo alemán que significa «castigo») o Holy Wehme fue una sociedad secreta de inspiración religiosa creada en Westfalia en el siglo XIII y activa hasta su disolución en 1811. La Sainte-Vehme impartía justicia de manera expeditiva, reuniéndose en secreto y dictando sólo dos sentencias: la absolución o la muerte. Sus jueces estaban obligados a guardar el secreto sobre el estatuto, el funcionamiento y las deliberaciones de este tribunal secreto. La institución decía actuar en nombre de la Santa Sede. (ndt)

[134] La creación y utilización de esa masa de maniobra por parte del poder burocrático en formación como medio de presión sobre la clase obrera fue una de las condiciones básicas para el establecimiento de relaciones de explotación. Véase P. Barton [J. Veltruský], A. Weil, Salariat et contrainte en Tchoslovaquie, Marcel Rivière, París 1956, pp. 204-307.

[135] J. Smula, «The Party and the Proletariat: Škoda 1948-53», Cold War History vol. 6 nº 2, 2006, pp. 153-175; K. McDermott, «Popular Resistance in Communist Czechoslovakia: The Plzeň Uprising, June 1953», Contemporary European History vol. 19 nº 4, 2010, pp. 287-307.

[136] B. Sarel [Sternberg], La classe ouvrière d’Allemagne orientale. Essai de chronique (1945-1958), Les Éditions ouvrières, París 1958, pp. 54-170; G. Dale, Popular Protest in East Germany, 1945-1989, Routledge, Londres-Nueva York 2005, pp. 9-56.

[137] E.P. Thompson, «Through the Smoke of Budapest «, en C. Winslow (ed.), E.P. Thompson and the Making of the New LeftEssays & Polemics, Monthly Review Press, Nueva York 2014, p. 37.

[138] B. Lomax (ed.), Hungarian Workers’ Councils in 1956, Social Science Monographs-Atlantic Research and Publications, Boulder-Highland Lakes 1990; J.C. Sharman, Repression and Resistance in Communist Europe, Routledge Curzon, Nueva York 2003, pp. 72-92.

[139] D. Filtzer, Soviet Workers and Late Stalinism, p. 202.

[140] S.H. Baron, Bloody Saturday in the Soviet Union. Novocherkassk, 1962, Stanford University Press, Stanford 2001; V.A. Kozlov, Mass Uprisings in the USSR. Protest and Rebellion in the Post-Stalin Years, Routledge, Abingdon-Nueva York 2015, pp. 224-287.

[141] D.R. Marples, Ukraine Under Perestroika. Ecology, Economics and the Workers’ Revolt, Palgrave Macmillan, Nueva York 1991, pp. 175-217; D. Filtzer, Soviet Workers and the Collapse of Perestroika. The Soviet Labor Process and Gorbachev’s Reforms, Cambridge University Press, Cambridge-Nueva York 1994, pp. 94-108; S. Clarke, P. Fairbrother, V. Borisov, The Workers’ Movement in Russia, Edward Elgar, Aldershot-Brookfield 1995, pp. 18-82.

[142] S.H. Rigby, Marxism and History. A Critical Introduction, Manchester University Press, Manchester 1987, pp. 242, 243-244.

[143] D. Filtzer, Soviet Workers and De-Stalinization. The Consolidation of the Modern System of Soviet Production Relations, 1953-1964, Cambridge University Press, Cambridge-Nueva York 1992, p. 122.

[144] D. Filtzer, «Labor Discipline, the Use of Work Time, and the Decline of the Soviet System, 1928-1991», International Labor and Working-Class History vol. 50, 1996, p. 24.

[145] K. Marx, Le Capital (Libro I), PUF, París 1993, p. 243.

[146] A. Testart, Le Communisme primitif vol. I, Éditions de la Maison des sciences de l’homme, París 1985, pp. 28-32, 44-48.

[147] Ibidem, pp. 53-54.

[148] R. Brenner, «Property and Progress: Where Adam Smith Went Wrong», en Ch. Wickham (ed.), Marxist History-Writing for the Twenty-First Century, Oxford University Press for the British Academy, Oxford-New York 2007, p. 58.s

[149] A. Testart, op. cit. p. 26.

[150] L. Althusser, «Marx dans ses limites (1978)», en ídem, Écrits philosophiques et politiques vol. I, STOCK/IMEC, París 1994, p. 425.

[151] S.H. Rigby, op. cit. pp. 5-142.

[152] L. Althusser, op. cit. p. 426.

[153] L. Althusser, Sur la reproduction, Presses universitaires de France, París 1995, p. 244.

[154] C. Wickham, «Productive Forces and the Economic Logic of the Feudal Mode of Production», Historical Materialism. Investigación en teoría marxista crítica vol. 16 no. 2, 2008, pp. 3-22.

[155] C. Wickham, «The Other Transition: From the Ancient World to Feudalism», Past & Present nº 103, 1984, pp. 3-36; ídem, «The Uniqueness of the East», The Journal of the Peasant Studies vol. 12 nº 2/3, 1985, pp. 166-196.

[156] H. Berktay, «El debate sobre el feudalismo: el extremo turco – ¿Es el «impuesto frente a la renta» necesariamente el producto y el signo de una diferencia modal? 14 nº 3, 1987, pp. 291-333; J. Haldon, «The Feudalism Debate Once More: The Case of Byzantium», The Journal of Peasant Studies vol. 17 nº 1, 1989, pp. 5-40; ídem, The State and the Tributary Mode of Production, Verso, Londres-Nueva York 1993, pp. 63-139; C. Wickham, Framing the Early Middle Ages. Europe and the Mediterranean, 400-800, Oxford University Press, Oxford-Nueva York 2005, pp. 56-61.

[157] Los conceptos de sumisión formal y real de las fuerzas productivas a las relaciones de producción fueron desarrollados en relación con el capitalismo (es decir, en relación con la sumisión del trabajo al capital) y sobre su ejemplo por K. Marx, Un chapitre inédit du Capital, Union générale d’éditions, París 1971, pp. 191-223. En las investigaciones sobre los modos de producción precapitalistas, en particular el modo de producción por linaje descubierto por los antropólogos -que hizo pasar a la humanidad de la recolección y la caza a la agricultura-, estos conceptos fueron aplicados por P.-Ph. Rey, «Contradictions de classe dans les sociétés lignagères», Dialectiques n° 21, 1977, pp. 116-133 En el estudio de la comunidad primitiva y el modo de producción del linaje, también lo hizo A. Testart, op. cit. pp. 157-187. Parece que en este último – era un modo de producción antagónico (de clase) primitivo – ya existía una relación de explotación, pero todavía no era la relación fundamental de producción. Véase A. Marie, «Rapports de parenté et rapports de production dans les sociétés lignagères», en F. Pouillon (ed.), L’anthropologie économique: Courants et problèmes, Maspero, París 1976, pp. 86-116.

[158] Véase P. Murray, «The Social and Material Transformation of Production by Capital: Formal and Real Subsumption in Capital, Volume I», en R. Bellofiore, N. Taylor (eds), The Constitution of Capital: Essays on Volume I of Marx’s Capital, Palgrave Macmillan, Houndmills, Basingstoke-New York 2004, pp. 243-273; C.J. Arthur, «The Possessive Spirit of Capital: Subsumption/Inversion/Contradiction», en R. Bellofiore, R. Fineschi (eds), Re-reading Marx: New Perspectives after the Critical Edition, Palgrave Macmillan, Houndmills, Basingstoke-Nueva York 2009, pp. 148-162.

[159] Ch. Wickham, «Productive Forces and the Economic Logic of the Feudal Mode of Production», pp. 15-16.

[160] A.M. Watson, «The Arab Agricultural Revolution and Its Diffusion, 700-1100», The Journal of Economic History vol. 34 nº 1, 1974, pp. 8-35.

[161] M. Barceló, H. Kirchner, C. Navarro, El agua que no duerme. Fundamentos de la arqueología hidráulica andalusí, El Legado Andalusí, Granada 1996, así como J.M. Martín Civanos, «Working in Lanscape Archaeology: The Social and Territorial Significance of the Agricultural Revolution in Al-Andalus», Early Medieval Europe vol. II. 19 no. 4, 2011, pp. 385-410. El debate entre los historiadores sobre el predominio del modo de producción tributario en la España islámica es presentado por A. García Sanjuán, «El concepto tributario y la caracterización de la sociedad andalusí: Treinta años de debate historiográfico», en A. García Sanjuán (ed.), Saber y sociedad en Al-Andalus, Universidad de Huelva, Huelva 2006, pp. 81-152. No fue el feudalismo, sino el modo de producción tributario distinto de éste, el modo de producción antagónico más extendido en el mundo en la época precapitalista. El trabajo teórico más completo hasta la fecha sobre este modo de producción ha sido realizado por Pierre Briant, que estudió la historia de los imperios aqueménida y helenístico. Ha demostrado que, bajo su gobierno, se produjo un «desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas» en estos imperios. P. Briant, Rois, Tributs et paysans. Études sur les formations tributaires du Moyen-Orient ancien, Université de Franche-Comté, Les Belles Lettres, Besançon-Paris 1982. Lo sorprendente es que otros teóricos del modo de producción tributario, concebido de forma diversa, no se enfrenten a la obra de Briant ¡porque la desconocen! Véase J. Haldon, The State and the Tributary Mode of Production; S. Amin, Eurocentrism. Modernity, Religion, and DemocracyA Critique of Eurocentrism and Culturalism, Monthly Review Press, Nueva York 2009; J. Banaji, Theory as History. Essays on Modes of Production and Exploitation, Brill, Leiden-Boston 2010; L. da Graca, A. Zingarelli (eds.), Studies on Pre-Capitalist Modes of Production, Brill, Leiden-Boston 2015; R.M. Rosenswig, J.J. Cunningham (eds.), Modes of Production and Archaeology, University Press of Florida, Gainesville 2017.

[162] Así lo explican Robert Brenner y Ellen Meiksins Wood, aunque utilizan una terminología diferente: no hablan de relaciones de producción, sino de «relaciones sociales de propiedad». Véase R. Brenner, M. Glick, «The Regulation Approach: Theory and History», New Left Review nº 188, 1991, pp. 45-119; E. Meiksins Wood, «The Politics of Capitalism», Monthly Review vol. 51 nº 4, 1999, pp. 12-26; R. Brenner, «Competition and Class: A Reply to Foster and McNally», Monthly Review vol. 51 nº 7, 1999, pp. 24-44; E. Meiksins Wood, «Horizontal Relations: A Note on Brenner’s Heresy», Historical Materialism. Research in Critical Marxist Theory vol. 4 nº 1, 1999, pp. 171-179; ídem, «La cuestión de la dependencia del mercado», Journal of Agrarian Change vol. 2 No. 1, 2002, pp. 50-87.

[163] Esta transferencia, llamada eufemísticamente «entregas correctivas», fue la razón de la enorme modernización de la economía soviética después de la guerra. Durante la aplicación del Cuarto Plan Quinquenal (1946-1950), las «entregas de reparación» garantizaban alrededor del 50% del equipamiento para la construcción de capital. En muchas ramas de la industria, la importancia de estas entregas fue aún mayor, y fue principalmente gracias a ellas que fue posible, durante el cuarto plan quinquenal, emprender la producción a un nivel varias veces superior al de antes de la guerra (óptica, radiotecnia, producción de motores diesel, equipos de comunicación, productos electrotécnicos, equipos de forja y prensado, fibras artificiales y plásticos, caucho sintético, productos petroquímicos, etc.). Las entregas correctivas permitieron eliminar o reducir considerablemente los defectos de la estructura sectorial de la industria soviética y, en particular, aumentar la capacidad de ingeniería de la maquinaria pesada, lo que, a principios del quinto quinquenio, permitió asegurar no sólo gigantescas construcciones de capital en el propio país, sino también satisfacer las necesidades de tales construcciones en los demás países socialistas de Europa y Asia y, a partir del sexto quinquenio, en los países no socialistas en desarrollo» (Г.И. Ханин, op. cit. nota 84, pp. 186-187). De Alemania Oriental «se llevaron las líneas tecnológicas más modernas e instalaciones industriales enteras, relacionadas con ramas en las que el desarrollo en la URSS difería antes de la guerra del nivel mundial o estaba en una fase inicial (óptica, radioingeniería, ingeniería eléctrica, etc.). La documentación técnica se llevó junto con el equipo. Con esta documentación fue posible organizar la producción en muchas ramas de la industria en la Unión Soviética. Se tomó mucho más de lo que la economía soviética fue capaz de «digerir». Faltaban instalaciones de almacenamiento, los equipos se guardaban en el exterior, se oxidaban y quedaban inservibles» (Е.Ю. Зубкова, «Послевоенная экономика: Основные проблемы и тенденции развития», en В.П. Дмитриенко (ed.), История Росии. ХХ век [E.Y. Zoubkova, «L’Économie de l’après guerre : principaux problèmes et tendances du développement », dans V.P. Dimitrienko, Histoire de la Russie. XXe siècle«], АСТ, Москва 2000, p. 478)

[164] C.J. Arthur, The New Dialectic and Marx’s Capital, Brill, Leiden-Boston 2004, pp. 208-209.

[165] Ibidem, p. 208.

[166] Ibidem, p. 209.

[167] Ibidem, p. 208.

[168] G.E.M. de Ste. Croix, «Class in Marx’s Conception of History, Ancient and Modern», New Left Review nº 146, 1984, p. 99. Véase también ídem, The Class Struggle in the Ancient Greek World: From the Archaic Age to the Arab Conquest, Cornell University Press, Ithaca 1981, pp. 31-69.

[169] Véase T.H. Aston, C.H.E. Philpin (eds.), The Brenner Debate. Agrarian Class Structure and Economic Development in Pre-Industrial Europe, Cambridge University Press, Cambridge-Nueva York 1985.

[170] E. Meiksins Wood, «The Question of Market Dependence», pp. 57-58.

[171] E. Meiksins Wood, «The Question of Market Dependence», pp. 57-58.

[172] Ibidem, p. 27.

[173] Ibidem, p. 27

[174] Ibidem, p. 27

[175] Ibidem, p. 27.

[176] A la luz de esta investigación, Andreff ha criticado diversas teorías, entre ellas las de A. Bordiga, G. Munis, C. Castoriadis, Ch. Bettelheim, B. Chavance, T. Cliff, G. Duchêne, D. Rousset y P.M. Sweezy, según los cuales en el bloque soviético prevalecía bien un capitalismo de Estado concebido de forma diversa o bien una nueva sociedad de clases desconocida e históricamente estable. W. Andreff, «Capitalisme d’État ou monopolisme d’État en U.R.S.S. ? Propos d’étape «, en M. Lavigne (ed.), Economie politique de la planification en système socialiste, Economica, París 1978, pp. 245-286; ídem, «¿Dónde ha ido todo el socialismo? Post-Revolutionary Society versus State Capitalism», Review of Radical Political Economics vol. 15 nº 137, 1983, pp. 137-152.

[177] URGENSE (Unidad de investigación granobloque sobre las economías y las normas del socialismo existente), «Un taylorismo aritmético en las economías planificadas del centro», Critiques de l’économie politique nº 19, 1982, pp. 110-111.

[178] Ibidem, p. 119.

[179] M. Laki, «End-Year Rush-Work in Hungarian Industry and Foreign Trade», Acta Oeconomica vol. 25 nº 1/2, 1980, p. 39.

[180] URGENSE, op. cit, pp. 121, 124.

[181] Ibidem, p. 124.

[182] H. Ticktin, «Hacia una economía política de la URSS», Critique. Journal of Socialist Theory vol. 1 nº 1, 1973, pp. 25-29.

[183] L. Héthy, Cs. Mako, «Wage Incentives and the Planned Economy», Sociologie du travail vol. 15 nº 1, 1973, p. 42.

[184] J. Boduch, «Stan i rezultaty badań nad organizacją pracy w przedsiębiorstwie», Ruch Prawniczy, Ekonomiczny i Socjologiczny vol. 23 nº 4, 1961, pp. 191, 196.

[185] A.S. Dovba, I.I. Chapiro, A.F. Zoubkova, Y.I. Chagalov, «URSS», en Les nouvelles formes d’organisation du travail Vol. 2, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra 1979, p. 91.

[186] URGENSE, op. cit, p. 119.

[187] Ibidem, pp. 126, 116-117.

[188] Ibidem, pp. 113-114.

[189] D. Filtzer, Soviet Workers and De-Stalinization, p. 201.

[190] B. Arnot, «Soviet Labour Productivity and the Failure of the Shchekino Experiment», Critiques de l’économie politique vol. 15 nº 1, 1981, pp. 41, 36.

[191] B. Arnot, Controlling Soviet Labour. Experimental Change From Brezhnev to Gorbachev, Macmillan Press, Houndsmill, Basingstoke-London, 1988, pp. 32, 79.

[192] H. Ticktin, Origins of the Crisis in the USSR. Essays on the Political Economy of a Disintegrating System, M.E. Sharpe, Armonk-London 1992, p. 86.

[193] B. Arnot, op. cit. pp. 41-42.

[194] Ibid, p. 43. Véase también H. Ticktin, «Towards a Political Economy of the USSR», pp. 27-36.

[195] H. Ticktin, Origins of the Crisis in the USSR, pp. 12-13.

[196] D. Filtzer, «Labor Discipline, the Use of Work Time», p. 12.

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